Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 5 — Antonia
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Capítulo 5 — Antonia

Los días siguientes transcurrieron con una normalidad engañosa.

Escribía por las mañanas, con más disciplina que inspiración, avanzando párrafos que al día siguiente casi siempre tachaba, aunque noté que la proporción de lo que sobrevivía a mis propias revisiones empezaba, lentamente, a crecer.

Por las tardes, caminaba sin rumbo fijo, aunque noté, con una honestidad que me costó admitir incluso a mí misma, que mis paseos empezaban a orientarse, casi sin decidirlo conscientemente, hacia las calles donde era más probable cruzarme con Tomás.

No volví a verlo hasta el sábado siguiente, cuando Priya propuso que los tres residentes bajáramos juntos hasta la playa de Reñaca, a las afueras de Valparaíso, para "airearnos un poco de tanto cerro y tanta escalera".

Habíamos pasado la semana entera encerrados cada uno en su propio proceso creativo, y la idea de un día completo lejos de los escritorios nos pareció, a los tres, una tentación irresistible.

El plan cambió cuando, de camino al paradero de colectivos, pasamos junto a la plaza donde Tomás enseñaba música los sábados por la mañana a un grupo pequeño de niños del barrio.

Se escuchaban, desde media cuadra de distancia, las notas desafinadas de varias guitarras infantiles intentando seguir un mismo ritmo, entremezcladas con risas y alguna que otra protesta aguda de algún alumno frustrado.

Nos detuvimos a mirar, y Tomás, al vernos, levantó una mano en un saludo breve sin interrumpir la clase.

A su lado, una niña de unos doce años, con el mismo pelo oscuro y rizado que él, tocaba una guitarra tres tallas más pequeña con una concentración feroz, corrigiendo con gestos autoritarios la postura de los niños más pequeños sentados a su alrededor.

—Esa debe de ser Antonia —le dije a Nicolás, en voz baja.

—¿La conoces?

—Solo de nombre. Tomás me habló de ella.

Cuando terminó la clase, Tomás se acercó con Antonia siguiéndolo un par de pasos atrás, cargando su guitarra pequeña como si fuera una extensión de su propio cuerpo, mirándonos con la curiosidad cautelosa propia de los adolescentes ante los adultos desconocidos.

—Antonia, esta es Marina. Es española, está escribiendo un libro aquí en Valparaíso.

—¿Un libro de verdad, o de esos que nunca se terminan? —preguntó la niña, con una franqueza que me hizo reír antes de poder contenerme.

—Todavía no lo sé —admití—. Ahora mismo se parece más al segundo tipo.

Antonia asintió, como si aquella respuesta confirmara algo que ya sospechaba sobre los adultos en general, con una expresión tan seria que resultaba casi cómica en una cara todavía tan infantil.

—Mi papá también dice que va a grabar un disco algún día. Lleva diciéndolo desde que yo tenía como ocho años.

—Oye —protestó Tomás, sin ninguna verdadera indignación en la voz, solo el cariño ligero de quien está acostumbrado a que su hija lo desafíe en público—. Los discos buenos toman su tiempo.

—Eso dicen todos los que nunca los terminan —respondió ella, ya alejándose hacia un grupo de amigas que la esperaban al otro lado de la plaza, dejando a Tomás con una sonrisa resignada y a mí con la sensación clara de haber presenciado algo genuino, algo que no se fabrica para impresionar a una desconocida.

—Es terrible —dijo Tomás, viéndola alejarse—. Terrible y completamente brillante. No sé de dónde sacó esa lengua tan filosa. Bueno, sí lo sé. De su madre.

Reímos los dos, y Priya, que había estado observando el intercambio con una sonrisa discreta, aprovechó el momento para invitar a Tomás a acompañarnos a la playa.

Él dudó un instante, mirando el reloj, calculando quizás cuánto tiempo tenía antes de su siguiente compromiso, y finalmente aceptó, alegando que su próxima clase no era hasta la tarde.

—Voy a tener que dejar a Antonia con su madre primero —dijo, sacando el teléfono para enviar un mensaje—. Pero después puedo alcanzarlos, si no les molesta esperar un poco.

Nadie puso ninguna objeción, y quince minutos después, tras despedirse de Antonia con un abrazo que la niña le devolvió con un cariño que desmentía toda su fachada de adolescente curtida, Tomás se sumó a nuestro grupo, ya con una mochila ligera al hombro en lugar de la guitarra.

Bajamos los cuatro juntos hasta el paradero, y durante el trayecto en colectivo Tomás se sentó a mi lado, casi sin que ninguno de los dos lo decidiera de manera consciente, y hablamos de música, de libros, de lo distinto que le sonaba mi español al de Chile, de lo mucho que a él le hacía gracia que yo dijera "vale" en lugar de "ya" para todo, imitando mi acento con una torpeza deliberada que me hizo reír más de lo que aquel chiste, objetivamente, merecía.

—¿Y a Antonia no le molesta que tengas alumnos en la plaza cada sábado, en lugar de dedicarle ese tiempo a ella? —le pregunté, con una curiosidad que no era del todo inocente.

—Al principio sí, un poco. Pero le expliqué que enseñar música no me quita nada de lo que le doy a ella. Y además, viene conmigo casi siempre. Le gusta corregir a los niños más pequeños que ella, hacerse la maestra. Creo que en el fondo lo disfruta más de lo que admite.

Llegamos a la playa a media tarde, con un sol todavía fuerte pero un viento que ya anunciaba el otoño austral acercándose, revolviendo la arena en pequeños remolinos que nos obligaban, de vez en cuando, a cerrar los ojos.

Extendimos unas toallas cerca de las rocas, y pasamos las horas siguientes entre conversaciones triviales y silencios cómodos, viendo a Nicolás intentar, sin éxito, hacer rebotar piedras sobre las olas mientras maldecía en voz baja cada intento fallido, escuchando a Priya contar anécdotas de su abuela en Chile durante los años setenta que sonaban, cada una, como el principio de una novela que ella todavía no había decidido cómo continuar.

En algún momento, sentada en la arena con las rodillas contra el pecho, observando el mar sin pensar en nada concreto, sentí que Tomás me miraba, y cuando giré la cabeza, no apartó la vista con la incomodidad típica de quien ha sido descubierto observando a alguien.

Simplemente sonrió, con una calma que no pedía nada, y volvió la vista hacia el mar, dejando que aquel momento de reconocimiento mutuo flotara entre nosotros sin necesidad de nombrarlo.

Volvimos a Valparaíso ya de noche, cansados y con la piel tirante de sol, y me despedí de Tomás en la puerta de la residencia con una sensación extraña en el pecho, algo entre la satisfacción de un buen día y la inquietud de saber que algo, en mi interior, empezaba a moverse en una dirección que no había planeado en absoluto.