Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 4 — El Segundo Encuentro
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Capítulo 4 — El Segundo Encuentro

Pasé la primera semana entera en Valparaíso instalándome en una rutina tentativa: mañanas dedicadas a intentar escribir, con resultados mediocres pero al menos constantes, y tardes dedicadas a explorar la ciudad con la excusa de "documentarme" para una novela que todavía no sabía de qué trataba.

Me levantaba temprano, bajaba a la cocina común a prepararme un café, y me encerraba en mi habitación-estudio hasta el mediodía, frente a una pantalla que se llenaba de frases que luego, casi siempre, borraba antes del almuerzo.

Los otros dos residentes seguían sus propias rutinas con una disciplina que yo envidiaba.

Nicolás escribía a mano, en cuadernos de tapas negras que llenaba con una letra diminuta e ilegible, sentado en la hamaca del patio, con una manta sobre las piernas y una taza de mate que rellenaba cada media hora.

Priya, en cambio, escribía por las noches, y se la oía teclear hasta bien entrada la madrugada en la habitación contigua a la mía, un sonido rítmico y persistente que, lejos de molestarme, empezó a resultarme extrañamente reconfortante, como la prueba audible de que alguien, en algún lugar cercano, estaba consiguiendo lo que yo todavía no lograba.

Por las tardes salía a caminar. Recorrí el Cerro Concepción, con sus miradores repletos de turistas que fotografiaban el puerto desde todos los ángulos posibles; bajé hasta la zona del puerto para ver los barcos de carga entrar y salir con una lentitud casi hipnótica, observando cómo las grúas levantaban contenedores de colores con una precisión que parecía casi coreográfica; me perdí más de una vez en el laberinto de escaleras y pasajes que conectaban los distintos cerros entre sí, cada uno con su propia personalidad cromática y su propio ritmo.

Aprendí a tomar los ascensores, esos vehículos antiguos y desvencijados que subían y bajaban por las laderas de los cerros desde hacía más de un siglo, y que me parecieron, desde el primer viaje, una metáfora perfecta de la ciudad entera: algo viejo, incómodo, imperfecto, pero que seguía funcionando con una terquedad casi heroica.

En el ascensor Reina Victoria conocí a una anciana que me contó, sin que yo se lo pidiera, que llevaba sesenta años subiendo en él cada mañana para ir a comprar el pan, y que no pensaba dejar de hacerlo mientras las piernas le respondieran.

—Valparaíso no es una ciudad para gente con prisa, mijita —me dijo, con una sonrisa desdentada—. Aquí uno aprende a subir despacio, o no sube nunca.

La frase me acompañó durante el resto del día, y se la conté esa noche a Priya, que la anotó en su cuaderno con esa costumbre suya de coleccionar frases ajenas para su novela.

Fue en mi séptimo día en la ciudad cuando volví a encontrarme con el hombre de la guitarra, esta vez no en la escalinata de azulejos rotos, sino en un pequeño bar del Cerro Alegre, a apenas diez minutos caminando de la casa de la residencia, donde Nicolás me había arrastrado con la promesa de "la mejor música en vivo de todo el cerro, aunque el lugar no pague por publicidad".

El local era pequeño y estaba lleno, con mesas de madera desparejadas, velas en botellas vacías de vino y paredes cubiertas de afiches de conciertos antiguos que se superponían unos a otros como capas de una memoria colectiva.

El aire olía a cerveza, a humo de leña y a empanadas recién horneadas, y en un rincón, sobre una pequeña tarima improvisada con cajones de fruta, un grupo de músicos afinaba sus instrumentos entre risas y bromas privadas.

Lo reconocí antes de que él me reconociera a mí, sentado en el borde de la tarima con la misma guitarra, ahora afinada, ensayando algo con otro músico que tocaba un cajón peruano.

Llevaba una camisa de lino arrugada, el pelo oscuro algo largo y despeinado, y una barba de pocos días que le daba un aire descuidado pero no desprolijo.

Cuando terminaron la canción y se tomó un descanso, se acercó a la barra, donde yo esperaba mi cerveza, y me reconoció con una sonrisa amplia, genuinamente sorprendida.

—La chica de las monedas —dijo, con un tono divertido—. ¿Ya te volviste local, o sigues de turista?

—Ni lo uno ni lo otro, todavía —respondí, sintiendo que la conversación fluía con una facilidad que no experimentaba desde hacía mucho tiempo—. Estoy aquí unos meses, en una residencia de escritores.

—Ah, entonces eres colega, en cierto modo. Yo también me dedico a inventar cosas de la nada, solo que las mías se cantan en lugar de leerse.

Se presentó formalmente como Tomás, extendiendo una mano callosa por las cuerdas de la guitarra, y durante el siguiente descanso entre canciones se sentó a mi lado en la barra, hablando con una naturalidad que contrastaba con la timidez que yo sentía crecer en mi propio pecho, esa timidez específica de quien lleva años sin coquetear con nadie y ha olvidado por completo las reglas del juego, si es que alguna vez las supo.

Nicolás, que había desaparecido discretamente hacia el otro extremo del bar con la excusa de saludar a un conocido, me lanzó desde lejos una mirada cómplice que fingí no ver.

—¿Y de qué escribes, si se puede preguntar? —dijo Tomás, con genuina curiosidad, no con esa cortesía vacía que a veces la gente emplea para llenar silencios.

—Se supone que de una mujer que reconstruye su vida después de un divorcio —improvisé, sorprendiéndome a mí misma con la respuesta, porque hasta ese preciso momento no había verbalizado en voz alta, ni siquiera para mí misma, que quizás aquello era de lo que trataba, en el fondo, el libro que no conseguía escribir—.

Aunque llevo dos años sin conseguir que avance más allá del primer capítulo.

—¿Y tú? ¿Estás reconstruyendo tu vida después de un divorcio?

La pregunta, formulada con tanta naturalidad que casi no pareció invasiva, me tomó por sorpresa.

Dudé un instante, sintiendo el peso de la copa fría entre las manos, y me di cuenta de que no tenía ningún motivo real para mentir o esquivar la respuesta ante un desconocido cuya opinión sobre mí, en teoría, no debería importarme.

—Técnicamente todavía no estoy divorciada. Pero sí, algo así.

Tomás asintió, sin ninguna incomodidad visible ante mi respuesta, como si aquel tipo de confesiones fueran moneda corriente en su vida cotidiana.

—Yo también pasé por eso, hace unos años.

Tengo una hija, Antonia, doce años, vive con su madre al otro lado del cerro.

La veo los fines de semana, y algún día entre semana cuando puedo.

—Se encogió de hombros, con una aceptación tranquila que no ocultaba del todo cierta melancolía residual—.

No es la vida que planeé, pero es la vida que tengo, y he aprendido a que me guste de todas formas.

Me quedé mirándolo un momento, procesando aquella frase, tan sencilla y tan cargada.

Había algo en su manera de decirla, sin amargura ni dramatismo, que me pareció más honesto que cualquier discurso motivacional que hubiera escuchado en los últimos años, incluidos los de mi terapeuta, a quien había visitado durante un tiempo después de la separación con resultados más bien discretos.

—¿Y lo consigues? —pregunté—. Quiero decir, que te guste.

—Algunos días más que otros —admitió, con una sonrisa ladeada—. Los días que veo a Antonia, casi siempre. Los días que toco y alguien se detiene a escuchar, también. Los demás días, simplemente sigo caminando y espero que el siguiente sea mejor.

Se levantó al poco rato, disculpándose porque el descanso había terminado, y volvió a la tarima con su guitarra.

El resto de la noche lo pasé escuchándolo tocar desde la barra, con una segunda cerveza que apenas probé, dejándome envolver por una música que no conocía pero que me resultaba, de alguna manera inexplicable, profundamente familiar: canciones sobre el mar, sobre las despedidas, sobre ciudades que cambian de color según la hora del día.

Aquella frase — he aprendido a que me guste de todas formas — se quedó resonando en mí durante el resto de la noche, mucho después de que Tomás terminara su set, mucho después de que Nicolás y yo volviéramos caminando a la casa de la residencia bajo un cielo lleno de estrellas que en Madrid jamás se veían con tanta claridad debido a la contaminación lumínica.

—Te gustó el guitarrista —comentó Nicolás, no como pregunta sino como observación directa, mientras subíamos la última escalinata hacia la casa.

—No seas ridículo —respondí, aunque la protesta sonó, incluso a mis propios oídos, poco convincente—. Acabo de conocerlo.

—Eso no tiene nada que ver con nada, Marina. Yo llevo cuatro años casado y sigo enamorándome de mi mujer cada vez que la veo reírse de una manera nueva. El tiempo de conocimiento no tiene ninguna relación con la intensidad de lo que se siente.

No respondí, pero aquella noche, ya en mi habitación, abrí el cuaderno de notas y escribí, debajo de la anotación de la semana anterior, un nombre: Tomás .

Y debajo de eso, sin saber todavía qué hacer con ello, una frase que él había dicho y que no conseguía sacarme de la cabeza: he aprendido a que me guste de todas formas .

Me quedé un rato mirando aquellas dos líneas, sintiendo una mezcla confusa de curiosidad y cautela.

No estaba buscando nada, me repetí, apagando la lámpara de la mesilla.

Había venido a Chile a escribir, a recomponerme, a respirar.

Pero mientras me dormía, con el eco lejano de la guitarra todavía sonando en algún rincón de mi memoria, una pequeña voz dentro de mí, tan tenue que apenas la reconocí como propia, susurró que quizás, a veces, las cosas que uno no busca son precisamente las que más necesita encontrar.