Capítulo 3 — Los Otros Residentes
Volví a la casa ya entrada la tarde, con las piernas doloridas de tanto subir y bajar escaleras y una sensación extraña de haber recuperado, aunque fuera solo momentáneamente, algo de esa curiosidad por el mundo que sentía haber perdido en algún punto indefinido de los últimos años.
Encontré a los otros dos residentes en la cocina común, preparando lo que parecía ser una cena improvisada con lo que cada uno había comprado por separado en el mercado local.
—Tú debes de ser la escritora española —dijo un hombre delgado, de barba cuidada y acento que identifiqué de inmediato como argentino, extendiendo la mano—. Nicolás. Vengo de Buenos Aires. Estoy aquí terminando un libro de cuentos que llevo escribiendo, en teoría, desde hace cuatro años.
—Marina —respondí, estrechando su mano—. Y yo llevo dos años sin escribir una sola página que me convenza, así que no te sientas mal por tus cuatro.
La otra residente, una mujer joven de rasgos que no supe ubicar geográficamente hasta que ella misma se presentó, sonrió desde el fogón donde removía algo que olía a especias que no reconocía.
—Priya. Soy de Bombay, aunque llevo diez años viviendo en Londres. Estoy escribiendo una novela sobre mi abuela, que también vivió una temporada en Chile en los años setenta, aunque en circunstancias mucho menos placenteras que las nuestras.
Me ofrecí a ayudar con la cena, más por cortesía que por necesidad, y terminé cortando verduras torpemente mientras Nicolás me contaba, con el humor autodesdeñoso que pronto descubriría como su rasgo característico, la historia completa de su bloqueo creativo: un libro de cuentos sobre su abuelo, inmigrante gallego, que llevaba cuatro años sin encontrar la forma correcta de terminar el cuento final, el que debía atar todos los demás.
—Cada año pienso que va a ser el año en que lo termino —confesó, sirviéndose vino con una resignación cómica—. Y cada año termino escribiendo tres cuentos nuevos en lugar de terminar el que necesito terminar. Es un problema estructural de mi carácter, creo.
Cenamos los tres juntos esa primera noche, compartiendo la comida que Priya había preparado —un curry sencillo pero delicioso— junto con un vino chileno que Nicolás había comprado "para darle la bienvenida oficial a la nueva residente", y sentí, por primera vez desde que había llegado a Chile, que quizás aquellos tres meses no serían solo un ejercicio de soledad productiva, sino también la oportunidad de construir algo parecido a una comunidad temporal, unida por la extraña experiencia compartida de intentar crear algo de la nada, lejos de casa, lejos de las vidas que habíamos dejado en pausa en otros continentes.
—¿Y tú qué escribes, Marina? —preguntó Priya, sirviéndome más vino sin que yo se lo pidiera.
—Se supone que una segunda novela —respondí, con una risa que sonó más amarga de lo que pretendía—.
Llevo dos años intentándolo. La primera fue sobre mi abuela, sobre la posguerra, sobre todo lo que se supone que debe escribir una española de mi generación en su primer libro.
La segunda... no sé todavía de qué trata la segunda.
Cada vez que creo que lo he averiguado, se me escapa de las manos.
—A lo mejor no se trata de averiguarlo primero y escribirlo después —sugirió Nicolás, con la sabiduría despreocupada de quien lleva cuatro años en el mismo problema y ya ha hecho las paces con él—. A lo mejor se trata de escribir hasta que aparezca solo.
—Eso suena a la clase de consejo que dan las personas que nunca terminan sus propios libros —bromeó Priya, sin ninguna malicia real, y Nicolás se llevó una mano al pecho con fingida indignación.
—Ataque directo. Justo cuando empezaba a caerte bien, Priya.
Reímos los tres, con esa facilidad particular que a veces surge entre desconocidos que comparten circunstancias similares, y la conversación fluyó durante el resto de la cena hacia temas más ligeros: las peculiaridades del español chileno que ninguno de los tres terminaba de dominar, las anécdotas de viajes anteriores, las razones —distintas para cada uno pero con ecos similares— que nos habían traído hasta aquella casa en particular.
Priya nos contó que su abuela había emigrado a Chile en los años setenta, huyendo de una India que ya no reconocía como propia, y había pasado allí casi una década antes de trasladarse finalmente a Londres, donde Priya había nacido.
La novela que estaba escribiendo intentaba reconstruir aquellos años chilenos, de los que su abuela apenas hablaba, usando fragmentos de cartas antiguas y la memoria fragmentada de una mujer que ya tenía casi noventa años.
—Es un poco como armar un rompecabezas sin la caja que muestra cómo debería quedar al final —explicó, con una seriedad que contrastaba con el tono ligero de la conversación anterior—. Cada carta que encuentro me da una pieza, pero no siempre encaja con las que ya tenía.
Aquella frase, dicha casi al pasar entre bocado y bocado, se me quedó grabada durante los días siguientes, resonando cada vez que me sentaba frente al escritorio de mi habitación con la pantalla en blanco delante y ninguna idea clara de por dónde empezar, preguntándome si mi propio bloqueo no sería, en el fondo, la misma sensación de intentar armar algo sin saber todavía cuál era la imagen final.
Después de la cena, los tres nos quedamos un rato más en el patio trasero de la casa, un espacio pequeño pero encantador con macetas de geranios y una hamaca que, según nos advirtió Yolanda al día siguiente, tenía fama de volcar a cualquiera que no supiera sentarse en ella con la técnica correcta.
Nicolás, por supuesto, insistió en probarla, y terminó en el suelo entre risas generales, iniciando una broma que se repetiría, en distintas variantes, durante todo nuestro tiempo compartido en aquella casa.
Esa noche, ya en mi habitación, con la ventana abierta al sonido lejano del puerto y alguna música distante que no supe identificar si venía de un bar o de alguna casa cercana, saqué mi cuaderno de notas, el mismo que había llevado a todas partes durante los últimos dos años sin escribir apenas nada en él, y anoté, por primera vez en mucho tiempo, algo que no era una lista de la compra ni un recordatorio administrativo: hombre con guitarra, escalinata de azulejos rotos, canción todavía sin grabar .
Debajo, añadí una segunda anotación, esta sobre mis nuevos compañeros de casa: Nicolás, cuentos sobre su abuelo gallego, cuatro años bloqueado en el mismo final; Priya, novela sobre su abuela india que vivió en Chile, cartas como piezas de un rompecabezas incompleto .
No sabía todavía qué hacer con aquellas anotaciones.
Pero la sensación de haber anotado algo, cualquier cosa, con la intención vaga de que pudiera convertirse en materia narrativa algún día, me pareció, esa primera noche en Valparaíso, el primer paso genuino que había dado en mucho tiempo hacia recuperar algo que sentía perdido.