Bajo el cielo de valparaiso Capítulo 2 — La Casa de las Ventanas Azules
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Capítulo 2 — La Casa de las Ventanas Azules

Desperté tarde, con el sol entrando de manera desconsiderada por una ventana que no había recordado dejar sin cortina la noche anterior, demasiado agotada por el viaje para fijarme en detalles como aquel.

Me quedé un momento tumbada, desorientada, intentando recordar exactamente dónde estaba, hasta que el sonido lejano de gaviotas y un olor salado que se colaba por algún resquicio me devolvieron de golpe a la realidad: Valparaíso.

Chile. Los próximos tres meses de mi vida.

Me incorporé despacio, todavía con el cuerpo pesado del viaje, y tardé un momento en reconocer los muebles de la habitación: un armario de madera oscura que parecía haber sobrevivido a varias generaciones de huéspedes, una silla de mimbre junto a la ventana, y una pequeña estantería vacía que, supuse, esperaba los libros que yo todavía no había desempacado.

La casa de la residencia resultó ser, a la luz del día, mucho más hermosa de lo que había podido apreciar en la oscuridad de la noche anterior: una construcción de dos plantas en el Cerro Alegre, pintada de un azul desvaído que en algún momento debió de ser vibrante, con ventanas de madera blanca y un pequeño balcón desde el que, descubrí al asomarme todavía en pijama, se veía el mar extendiéndose entre los tejados de colores de las casas más bajas, y el puerto con sus grúas y contenedores organizados en una geometría industrial que contrastaba, de manera extraña pero hermosa, con el caos cromático del cerro.

Me quedé varios minutos apoyada en la baranda de aquel balcón, sintiendo la brisa fresca de la mañana, observando cómo un grupo de pelícanos sobrevolaba el puerto en formación irregular, y pensando que, fuera lo que fuera lo que me esperaba en aquella ciudad, al menos tendría aquella vista para consolarme en los días difíciles.

Bajé a la cocina común, donde encontré a una mujer de mediana edad preparando café, que se presentó como Yolanda, la administradora de la residencia.

—Tú debes ser la española —dijo, con una sonrisa amplia—. Marina, ¿cierto? Llegaste tarde anoche, no quisimos despertarte. Los otros dos residentes ya andan trabajando, pero seguro los conoces en el almuerzo.

Me explicó, mientras me servía un café cargado en una taza desportillada pero entrañable, la dinámica de la casa: tres escritores residentes por temporada, cada uno con su propia habitación-estudio, un espacio común para las comidas, y total libertad de horarios siempre que, cada dos semanas, compartiéramos algo de nuestro trabajo en una pequeña lectura informal entre los residentes.

—¿Y qué se supone que tengo que escribir yo? —pregunté, más para mí misma que para ella, con una honestidad que me sorprendió incluso a mí.

Yolanda se rió, sin ninguna burla en el gesto.

—Eso ya lo sabrás tú, corazón. Yo solo hago el café.

Me contó también, mientras desayunábamos juntas, algo de la historia de la casa: había pertenecido, décadas atrás, a un comerciante inglés que se instaló en Valparaíso durante el auge del salitre, y que la había decorado con un gusto ecléctico que todavía se notaba en los azulejos importados del recibidor y en las molduras del techo del salón principal.

La fundación cultural la había adquirido hacía quince años, restaurándola con cuidado para convertirla en lo que era ahora: un refugio temporal para escritores de todo el mundo, cada uno cargando su propia versión de bloqueo, ambición o huida.

—Aquí han pasado escritores de doce países distintos —me contó Yolanda, con un orgullo evidente—. Algunos terminan libros hermosos. Otros simplemente terminan encontrándose a sí mismos, que a veces es más importante todavía.

Pasé la primera mañana explorando la casa y deshaciendo el equipaje con la lentitud de quien todavía no está segura de haber tomado la decisión correcta, colocando mis pocos libros en la estantería vacía de mi habitación-estudio, un espacio luminoso con un escritorio de madera vieja frente a la ventana y una cama individual que me pareció, después de una década durmiendo en la misma cama matrimonial, extrañamente liberadora en su simpleza.

Pensé, doblando cada prenda de ropa con un cuidado casi ritual, que aquella habitación tan pequeña contenía más honestidad que el apartamento entero que había dejado en Madrid.

Por la tarde, decidí salir a caminar sin rumbo fijo, dejándome guiar únicamente por la curiosidad y por las escaleras que aparecían en cada esquina, conectando calles que parecían no tener ninguna lógica cartesiana, subiendo y bajando entre casas pintadas de colores imposibles, murales enormes que cubrían fachadas enteras —algunos con rostros gigantescos que parecían observar a los transeúntes con una serenidad casi divina, otros con formas abstractas que no conseguí descifrar del todo—, perros callejeros que dormitaban al sol con una tranquilidad que envidié inmediatamente, ajenos por completo a la ansiedad productiva que yo llevaba conmigo como una segunda piel.

Me perdí, literalmente, en más de una ocasión, incapaz de encontrar el camino de vuelta entre pasajes que se bifurcaban sin ningún cartel indicativo, hasta que aprendí, con el paso de las horas, que perderse en Valparaíso no era exactamente un problema, sino más bien una manera distinta de conocer la ciudad, una invitación constante a descubrir algo nuevo en cada vuelta equivocada.

Fue en una de esas calles, bajando por una escalinata empinada cubierta de azulejos rotos y grafitis coloridos, cuando escuché, por primera vez, el sonido de una guitarra.

No fue un encuentro romántico ni cinematográfico, como quizás debería contarlo para que sonara mejor en una novela.

Fue, simplemente, un hombre sentado en un peldaño de piedra, con una guitarra algo desafinada y una funda abierta a sus pies con algunas monedas, cantando una canción que no reconocí, en un español chileno que todavía me costaba seguir del todo, con una voz que no era especialmente virtuosa pero que tenía algo, una calidez rasgada, que me hizo detenerme sin proponérmelo conscientemente.

Me quedé escuchando, apoyada contra la pared de una casa turquesa, durante toda la canción, observando sus manos moverse sobre las cuerdas con una familiaridad que solo dan años de práctica, y cuando terminó, el hombre levantó la vista y me sonrió, con una naturalidad que no pedía nada a cambio de aquella sonrisa, ni siquiera que me quedara a escuchar la siguiente.

—¿Le gustó? —preguntó, en un tono que combinaba la cortesía comercial de quien toca por dinero con una curiosidad genuina.

—Mucho —respondí, sorprendida de lo sincera que sonó mi propia voz—. No conocía la canción.

—Es mía —dijo, con un orgullo sencillo, sin arrogancia—. Todavía no la he grabado. A ver si algún día.

Dejé unas monedas en la funda de la guitarra, más por costumbre española que por cálculo, y seguí caminando cerro abajo, sin saber todavía que aquel hombre, cuyo nombre no le había preguntado, sería, en las semanas siguientes, la persona que más cambiaría el curso de mi estancia en aquella ciudad de colores imposibles.

Volví a la casa ya con el atardecer pintando el cielo de tonos anaranjados que rivalizaban, en intensidad, con los colores de las propias fachadas, sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, que el día había merecido la pena vivirlo.