Bajo el cielo de valparaiso
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Capítulo 1 — El Vuelo Más Largo
Cuando el avión empezó a descender sobre la costa chilena, con el Pacífico extendiéndose abajo como una lámina de metal bajo la luz de la tarde, pensé, no en Tomás —a quien todavía no conocía, a quien ni siquiera podía imaginar—, sino en la última conversación que había tenido con Álvaro antes de subir a este avión.
—Espero que encuentres lo que estás buscando —me había dicho, en la puerta de lo que había sido nuestro apartamento durante diez años, con una amabilidad que dolía más que cualquier reproche.
Yo no supe qué responder entonces. No sé si lo sé ahora, mientras el avión se inclina suavemente y las luces de Valparaíso empiezan a aparecer, desparramadas de una manera caótica y hermosa sobre los cerros, como si alguien hubiera derramado un puñado de estrellas sobre la ladera de una montaña y las hubiera dejado ahí, brillando cada una a su manera, sin ningún orden aparente.
Diez años de matrimonio no terminan con un portazo.
Terminan, en mi experiencia al menos, con una serie interminable de pequeñas ausencias: la primera noche que Álvaro se durmió sin decirme nada al apagar la luz, la primera vez que dejamos de terminar las frases del otro, el primer domingo en que ninguno de los dos propuso hacer nada juntos y ambos, en un silencio casi cómplice, aceptamos esa ausencia de plan como algo normal.
No hubo traición, no hubo grito, no hubo ningún momento concreto que pudiera señalar después y decir: ahí, exactamente ahí, fue cuando se rompió todo.
Simplemente, un día, los dos nos dimos cuenta de que llevábamos meses viviendo como compañeros de piso educados, y decidimos, con la misma calma con que se decide cambiar de compañía telefónica, que ya no tenía sentido seguir fingiendo.
Recuerdo con precisión dolorosa la tarde en que lo hablamos por fin, sentados a la mesa de la cocina donde habíamos desayunado miles de veces, con dos tazas de té enfriándose entre nosotros mientras enumerábamos, casi con la objetividad de quien hace un inventario, todo lo que ya no funcionaba.
Álvaro lloró un poco, yo no lloré nada, y aquella asimetría me pareció, en su momento, la prueba definitiva de que llevaba mucho más tiempo del que quería admitir preparándome para aquel final.
El avión aterrizó con una sacudida suave, y sentí, por primera vez en meses, algo parecido a la curiosidad genuina, esa sensación que había perdido en algún punto de los últimos dos años, cuando mi segunda novela se había atascado en un capítulo que no conseguía superar y mi matrimonio se atascaba, en paralelo, en una rutina que ninguno de los dos sabía cómo romper.
Los dos bloqueos, ahora que lo pienso desde la distancia, se alimentaban mutuamente: cuanto menos escribía, más irritable me volvía en casa; cuanto más silencioso se volvía nuestro hogar, menos ganas tenía de sentarme a inventar mundos que se sintieran vivos.
La residencia literaria en Valparaíso había llegado como una tabla de salvación inesperada, ofrecida por una fundación cultural chilena que apoyaba a escritores extranjeros con estancias de tres meses en una de las casas históricas del Cerro Alegre.
Había aplicado casi sin pensarlo, en una noche de insomnio, más como un acto de desesperación que como una decisión meditada, copiando y pegando fragmentos de mi currículum en un formulario que ni siquiera revisé con cuidado antes de enviarlo.
Cuando me llegó la aceptación, seis semanas después, ya casi había olvidado que la había solicitado, y tuve que releer el correo tres veces para convencerme de que no se trataba de un error administrativo.
—Vas a escribir muchísimo allí —me había dicho mi editora, Carmen, con ese optimismo profesional que a veces sonaba más a esperanza desesperada que a convicción real—. El cambio de aires te va a venir bien, Marina. A la novela y a ti.
No estaba tan segura. Llevaba dos años completos sin escribir una sola página que no terminara tachada al día siguiente, y la idea de que un cambio de paisaje pudiera resolver un bloqueo que sentía instalado en algún lugar mucho más profundo que la simple falta de inspiración me parecía, cuando menos, ingenuamente optimista.
Pero no tenía ninguna alternativa mejor que ofrecer, así que acepté, firmé los papeles, y empecé a organizar una vida entera para meterla en dos maletas.
Recogí mi maleta en la cinta transportadora del aeropuerto de Santiago, todavía con dos horas de bus por delante hasta Valparaíso, y saqué el teléfono para comprobar, una última vez antes de perder la cobertura de mi tarifa española, si Álvaro me había escrito algo.
No lo había hecho. Por supuesto que no lo había hecho.
Guardé el teléfono con una mezcla de alivio y de una tristeza pequeña que ya empezaba a resultarme familiar, ese tipo de tristeza que no duele exactamente, sino que simplemente está ahí, como un mueble viejo en una habitación que ya no visitas mucho, pero que tampoco te decides a tirar.
El bus salió de Santiago cuando ya anochecía del todo, atravesando un paisaje que se iba oscureciendo rápidamente, primero campos cultivados que apenas alcanzaba a distinguir en la penumbra, después colinas cada vez más pronunciadas a medida que nos acercábamos a la costa.
Me quedé con la frente apoyada contra el cristal, viendo pasar las luces dispersas de pueblos que no conocía, sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, la extraña libertad de estar completamente sola en un lugar donde nadie sabía nada de mí, donde no era "la mujer de Álvaro" ni "la escritora que no consigue terminar su segunda novela", sino simplemente una desconocida más viajando de noche hacia una ciudad que apenas conocía por fotografías que había buscado, con ansiedad creciente, durante las semanas previas al viaje.
Una mujer mayor, sentada a mi lado, me preguntó en algún momento del trayecto si viajaba por trabajo o por placer, y dudé antes de responder, sin saber exactamente en cuál de las dos categorías encajaba mi situación.
—Por los dos, creo —le dije finalmente—. O por ninguno. Voy a escribir un libro, o eso espero.
Ella sonrió, con la sabiduría tranquila de quien ha visto pasar muchas vidas por aquella misma carretera, y no hizo más preguntas, dejándome de vuelta con mis pensamientos y con el paisaje oscuro que seguía desfilando al otro lado de la ventanilla.
Cuando finalmente llegamos a Valparaíso, ya pasada la medianoche, el taxi que me llevó hasta la casa de la residencia subió por calles empinadas y estrechas, serpenteando entre casas de colores que, incluso en la oscuridad, dejaban entrever su paleta imposible: turquesas descoloridos, rosas desvaídos, amarillos que parecían brillar con luz propia bajo las farolas escasas.
El taxista, un hombre mayor con una radio encendida a bajo volumen, me miró por el retrovisor con curiosidad amable.
—¿Primera vez en Valparaíso?
—Primera vez —confirmé.
—Le va a gustar, o la va a volver loca. A veces las dos cosas a la vez.
No supe entonces cuánta razón tenía. Me despedí de él con una propina generosa, más por gratitud hacia aquella frase que por cualquier cálculo racional sobre el servicio prestado, y me quedé un momento de pie frente a la fachada oscura de la casa, con las maletas a los pies, respirando por primera vez el aire salado de una ciudad que, sin que yo lo supiera todavía, estaba a punto de rehacerme por completo.