Capítulo 17 La quietud de la esclusa
El mediodía gris horizontalizaba las sombras sobre el Canal de Saint-Martin, reduciendo los reflejos de los edificios de viviendas a franjas verticales y desvaídas de color pizarra.
Habíamos elegido encontrarnos allí de mutuo acuerdo, buscando un perímetro neutro, una llanura de agua y asfalto que diluyera el peso asfixiante de los secretos acumulados durante las últimas jornadas.
Ninguno de los dos mencionó el altercado con el acordeonista en la Rue Lepic ni las cuatro páginas de prosa descarnada que el ordenador portátil había registrado en mi buhardilla a altas horas de la madrugada.
Marc caminaba manteniendo una distancia de dos palmos, con el estuche rígido del violín sujeto firmemente por el asa, adaptando el paso largo de sus botas gastadas al mío.
Los neumáticos de las bicicletas que cruzaban la pasarela de hierro emitían un siseo constante sobre el pavimento húmedo, un rumor urbano y parsimonioso que amortiguaba la tensión kinésica latente entre nuestros cuerpos.
Avanzamos despacio bajo la bóveda despojada de los plátanos de sombra, cuyas últimas ramas desnudas goteaban de manera regular sobre el canal.
Nos sentamos en mitad del paseo, compartiendo el espacio estrecho de un banco de hierro fundido pintado de verde carruaje, justo frente a los muros de hormigón gastado de una de las esclusas dobles.
El agua gris de la dársena permanecía estancada, inmóvil, acumulando una costra espesa de hojas muertas en descomposición que flotaban alrededor de las cadenas oxidadas de las compuertas.
La atmósfera respiraba un aroma ferroso, estancado y puramente húmedo: el olor penetrante a vegetación acuática en descomposición, el asfalto frío que exhalaba la humedad del subsuelo y el rastro sutil a gasóleo quemado de los remolcadores distantes.
Hundí las manos desnudas bajo el tejido rígido de mi gabardina clásica gris, frotando la yema de mi índice izquierdo; la costra del corte se sentía tirante, un pinchazo sordo que registraba el frío invernal de París palmo a palmo.
La quietud del canal operaba como una tregua física frente al conflicto intelectual que amenazaba con bloquearnos.
Lo observaba de perfil.
Marc mantenía los ojos oscuros fijos en las cadenas de la compuerta, con el chaquetón de lona verde oliva abrochado hasta el mentón y los hilos de su bufanda de punto verde botella ligeramente húmedos por el vaho de su propia respiración.
En este entorno despojado, el cuerpo cedía de forma involuntaria, buscando en la proximidad del otro el amparo que la razón negaba.
La atracción latente mutaba hacia una necesidad madura de amparo corporal, una sintonía una sintonía sin complejos donde la búsqueda mutua de calor bajo el clima adverso resultaba más honesta que cualquier justificación burocrática.
El viento del norte arreció de imprevisto, agitando las copas de los árboles y haciendo crujir la estructura metálica de la pasarela vecina.
El frío invernal caló los abrigos con un pinchazo húmedo que me obligó a encoger los hombros y arrastrar las botas un centímetro sobre la grava del paseo.
Marc registró el movimiento físico de mi cuerpo.
Desplazó el brazo izquierdo por encima del respaldo de hierro verde del banco, extendiendo la lona de su manga hasta rozar el borde áspero de mi bufanda de cachemira color crudo.
El contacto fue sutil, una presión mínima pero constante que transmitió de inmediato la fiebre nítida de su piel a través de los tejidos.
Incliné levemente la cabeza hacia atrás, dejando caer el peso de mi nuca sobre la lona de su hombro, buscando la firmeza de su estructura sin pronunciar una sola sílaba, prescindiendo de las explicaciones verbales que habrían resucitado los muros de hielo entre los dos.
Un estrépito ronco y metálico interrumpió la suspensión del instante.
Una barcaza pesada de transporte de mercancías, con el casco de acero rozado y pintado de negro, entró despacio en el vaso de la esclusa, haciendo vibrar el suelo empedrado del muelle y los soportes de hierro fundido de nuestro banco.
El ruidoso rugido del agua al desplomarse con fuerza por las hendiduras de la compuerta metálica inferior inundó el perímetro, anulando el siseo de las bicicletas y el viento.
Para guarecerse de la vibración del asfalto, Marc giró el torso hacia mí de golpe, reduciendo la distancia espacial al mínimo.
Nuestros rostros quedaron a escasos centímetros de distancia, fijos en la penumbra del mediodía gris, mientras el torbellino espumoso y ferroso del canal rugía con una violencia salvaje a solo unos metros de nuestros pies.