Bajo el cielo de París (Amores del mundo nº 2) Capítulo 16 El pulso del teclado
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Capítulo 16 El pulso del teclado

El portazo de la entrada resonó en la penumbra de la buhardilla con un eco seco, un crujido sordo que subió por las vigas de madera vieja y pareció estabilizar el zumbido que traía en los oídos tras dejar atrás las pendientes de Montmartre.

Entré sola, arrastrando los pies con una parsimonia torpe, sin desarmar el nudo de la bufanda ni desabrochar los botones de mi gabardina clásica gris, que todavía conservaba el frío húmedo de la Rue Lepic y el rastro del viento del norte en el tejido áspero.

Las losas del parqué protestaron bajo el peso de mis botas.

Atravesé la estancia a oscuras, eludiendo la tentación de estirar el brazo hacia el interruptor de la luz general; la claridad parpadeante de las farolas de gas de la calle, filtrada por el cristal inclinado del ventanal abuhardillado, era el único mapa óptico que necesitaba para avanzar.

Dejé caer el bolso de piel en el suelo empedrado del rincón con un roce tosco y me dirigí en línea recta hacia la mesa de madera cruda, donde el ordenador portátil permanecía cerrado como un bloque de plástico inerte.

Me senté en la silla de enea sin desprender de mi cuerpo la pesadez de la gabardina, asimilando la rigidez que me atenazaba los hombros tras presenciar el altercado con el acordeonista.

El entorno respiraba la quietud densa de los tejados parisinos: una mezcla fría de café frío concentrado, el humo rancio de una vela consumida en el estante superior y la corriente de aire gélido que silbaba levemente en los encajes de las ventanas de zinc.

Sopesé la tapa del monitor con los dedos desnudos, sintiendo el plástico frío morder la costra tirante de mi índice izquierdo.

Al levantar la pantalla, el brillo azulado del monitor brotó de golpe, rompiendo la calidez de la penumbra e iluminando mis manos y las solapas del abrigo con un resplandor blanquecino, casi clínico.

El cursor vertical parpadeaba en mitad del folio digital inmaculado, la misma aguja electrónica que durante seis meses había registrado mi parálisis creativa y el vacío burocrático de mi divorcio de Madrid.

Sin embargo, esta vez la frustración no mutó en repliegue defensivo.

La rabia contenida por la humillación de Marc y el eco áspero del apellido de rancio abolengo musical que el rival le había arrojado a la cara actuaron como el disolvente definitivo del bloqueo que me secaba la garganta.

Apoyé los antebrazos en el borde rugoso de la mesa, encajando los dedos sobre las teclas con una fijeza kinésica de alta intensidad.

El transfondo de mi obsesión psicológica por el músico, la necesidad física de amparar su dolor para suturar mis propias roturas, se transformó en un impulso directo, un compás descarnado que empujó mis manos a golpear el teclado con una fluidez implacable que no recordaba desde antes de la firma de la liquidación de bienes.

—No son cartas antiguas lo que limpia el granito —susurré para mí, sintiendo la vibración del plástico bajo mis yemas largas—, es el chasquido del Mi metálico hiriendo el aire del muelle.

Mis dedos se sucedían en una secuencia rápida de frases cortas, transmutando el orgullo herido de Marc de la Tour d'Auvergne, el olor a comino de la Goutte d'Or y las dobles cuerdas bajo el viaducto elevado en material narrativo crudo, despojado de adornos líricos perezosos o clichés melodramáticos.

Escribía sin mirar el reloj de pulsera, entregada a una catarsis multisensorial donde el sonido del teclado emulaba el traqueteo rítmico del metro elevado pasando por encima de nuestras cabezas.

Apropiándome del exilio de sus manos, mi prosa recuperaba el pulso perdido; cada adjetivo físico que ponía en la pantalla para describir la rigidez de su mandíbula o el tacto helado de su palma contra la mía era una muesca que borraba los reproches contractuales de mi editora en España.

El monólogo interior corto se diluía en la descripción atmosférica de la penumbra gótica, convirtiendo la novela en un espacio donde lo que se callaba adquiría una resonancia explícita y real.

La pantalla parpadeó de imprevisto, mostrando el aviso digital de las cuatro de la madrugada en el ángulo superior del monitor.

Detuve las manos en el aire, congelando el movimiento de mis falanges sobre las teclas plásticas, con la respiración alterada marcando un hilo sordo en el silencio absoluto de la buhardilla.

Me incliné hacia delante de forma regular, restregándome los ojos con el dorso del guante que había dejado en la mesa, para releer el último párrafo largo que acababa de imprimir en el folio virtual.

Un sudor frío me recorrió la nuca, las páginas ya no contenían la trama comercial y complaciente de la novelista española que Carmen esperaba recibir en el servidor de Madrid el lunes a primera hora.

Era la disección exacta, minuciosa y descarnada del misterio de Marc, una exposición íntima de nuestras ruinas comunes donde el peligro de la verdad literaria quedaba expuesto sin ninguna red de seguridad.

El pulso del teclado había cesado, pero la vibración acústica de la última línea continuaba flotando en la estancia estrecha como un pacto del que ya no era posible huir.