Capítulo 15 Los nombres prestados
Sostenía la Moleskine negra contra mi costado, sintiendo el frío de la noche colarse por las costuras de mi gabardina clásica gris.
Marc caminaba a mi lado, con el paso coordinado pero rígido, cargando el estuche de violín bajo el brazo izquierdo como un apéndice defensivo.
El viento racheado arrastraba el ruido de los neumáticos de los taxis sobre el pavimento mojado, desparramando por la calzada un olor penetrante a castañas asadas, gasóleo quemado y a la humedad ozonizada que exhalaban las jardineras de la ladera.
La burbuja de complicidad artística que habíamos construido bajo la estructura acristalada parecía sostenerse sobre un hilo tenso, un equilibrio maduro que se resquebrajaba a medida que ganábamos altura hacia la basílica.
Al alcanzar el recodo previo a las escaleras laterales, una silueta se interpuso en mitad de la acera angosta, cortando nuestra línea de marcha de forma deliberada.
Era un acordeonista callejero, un hombre de mediana edad con las mejillas encendidas por el alcohol y un instrumento de fuelle nacarado colgando del pecho de su chaquetón raído.
Su actitud hostil se manifestó en un movimiento kinésico tosco: plantó las botas sobre los adoquines y apoyó el codo en la barandilla de hierro, bloqueando el paso de Marc.
—Vaya, miren quién dignifica las aceras de la Rue Lepic con su presencia —soltó el acordeonista, con una mueca burlona que dejó al descubierto la rigidez de sus dientes—.
El virtuoso del arco ha bajado de su nube para disputarnos las esquinas.
¿Qué pasa, Marc? ¿Ya no te caben las monedas en el sombrero o es que tu música de salón no calienta los salones del conservatorio?
Este es mi territorio comercial, y no quiero violines de élite espantándome la clientela.
Me quedé inmóvil a un paso de distancia, asimilando el impacto del tono áspero de la interrupción externa. Marc detuvo su avance en seco, pero no retrocedió ni un centímetro.
Sostuvo la mirada del rival con una fijeza tosca, hermética, mientras sus manos desnudas se cerraban en puño con tanta fuerza sobre el asa del estuche rígido que los nudillos adquirieron una palidez blanquecina bajo la luz de la farola.
—No busco tus esquinas, Jacques —respondió Marc. Su voz cruzó el espacio mínimo con una fijeza cortante, exenta de cualquier adorno lírico o sentimentalismo—. La calle es lo bastante ancha para quien sabe tocar sin pedir permiso.
—La calle es para los que no tenemos otro sitio adonde ir —recriminó el acordeonista, dando un paso hacia delante, reduciendo la distancia física mientras el fuelle de su instrumento emitía un quejido ronco y sordo—.
No para los aristócratas caídos en desgracia.
¿O acaso crees que no sé quién eres, Marc de la Tour d'Auvergne?
El rancio abolengo musical no te va a servir de escudo aquí abajo.
Menuda retirada la tuya. De los grandes auditorios europeos a mendigar la atención de una turista que toma notas en un cuaderno negro.
Un repliegue defensivo inmediato transformó las facciones de Marc, cuya costra tirante en la mejilla izquierda vibró por la tensión de la mandíbula.
La vergüenza y el pudor de verse desnudado frente a mí congelaron el aire del callejón, rompiendo la tregua física que habíamos alcanzado en el Barrio Latino.
En mi interior, un pinchazo de sospecha y el temor real al engaño agrietaron mi seguridad; la confirmación de su apellido compuesto y su pasado académico de prestigio internacional crearon una desconfianza inmediata en mi estómago, recordándome que la identidad que él usaba en la calle era solo una máscara prestada para camuflar la profundidad de su colapso artístico.
El acordeonista soltó una última carcajada áspera que se disolvió en el vaho de la noche, dio media vuelta arrastrando las suelas de sus botas gastadas sobre el pavimento húmedo y se alejó en dirección al bulevar, haciendo sonar una nota disonante en su fuelle.
Marc no volvió la cabeza para mirarme. Reanudó la marcha a paso rápido, implacable, subiendo los peldaños de piedra de la Rue Lepic con una urgencia descompuesta que anulaba cualquier posibilidad de diálogo o contención kinésica.
Lo contemplé ganar distancia colina arriba, estirando los brazos dentro de las mangas de mi abrigo gris, dejándome atrás en mitad de la penumbra de las farolas de gas con la certeza absoluta de que el misterio de su caída era una herida física que ninguno de los dos sabía cómo tramitar.