Capítulo 18 El peso de la llave
El rumor del agua de la esclusa comenzó a amortiguarse, pero una ráfaga gélida y racheada cruzó de golpe el Canal de Saint-Martin, obligándonos a abandonar el banco de hierro verde de la dársena.
El viento del norte azotó las últimas lamas desnudas de los árboles, desparramando gotas espesas de lluvia remanente que se enfriaron al instante sobre el tejido de mi gabardina clásica gris.
Marc se incorporó con un movimiento rígido, sujetando la funda de lona de su violín bajo el brazo izquierdo para proteger la madera de la corriente húmeda.
Deslizó la mano derecha desnuda hacia el interior del bolsillo descosido de su chaquetón de lona verde oliva, sopesando un objeto metálico que tintineó de forma sorda contra las monedas sueltas del forro.
Extrajo una llave de latón antigua, áspera y pesada, cuyo relieve examinó con los dedos largos antes de volver a ocultarla en la tela.
Su mandíbula permanecía apretada, haciendo resaltar la línea tirante de la costra rosada en su mejilla derecha.
Miró hacia el cielo ocre que se cerraba sobre los tejados de zinc y me indicó con una breve inclinación de cabeza que iniciáramos la marcha, tomando una decisión logística imprevista que alteró el circuito habitual de nuestros paseos periféricos.
—El frío va a encajarse en los bulevares antes de que la luz decline del todo —dijo Marc, acomodándose la correa de lona del estuche en el hombro—. La buhardilla de Montmartre queda demasiado arriba con este vendaval.
—Mis botas no van a aguantar otra caminata recta junto a la corriente —respondí, metiendo las manos en los bolsillos de la lona para resguardar la costra tirante de mi índice izquierdo—. París corta el aire esta tarde.
Marc se desvió hacia un callejón industrial estrecho, un pasaje sin salida flanqueado por muros de ladrillo oscuro tapizados de hollín antiguo.
Al fondo del corredor, una escalera de caracol de hierro oxidado ascendía adosada a la pared exterior de un viejo almacén de confección.
El metal de los peldaños emitió un crujido agudo y seco bajo el peso de sus botas gastadas.
Subí detrás de él, coordinando el giro de mis hombros en el espacio angosto, apoyando la palma en la barandilla áspera; el óxido dejó un rastro rojizo en mi piel fría, un tacto ferroso que se mezcló con el olor a humedad vieja que exhalaban los bloques calizos de la fachada.
Al alcanzar el descansillo superior, Marc introdujo la llave de latón en la cerradura de un portón de madera cuarteada, que cedió con un gemido de bisagras desprovistas de grasa.
Entramos al espacio diáfano de un antiguo taller de confección reconvertido en su refugio provisional, una estancia austera y despojada de cualquier comodidad doméstica.
La luz mortecina de la tarde entraba de perfil por los grandes ventanales de vidrio armado, dibujando cuadrículas grisáceas sobre las tablas anchas y desgastadas del suelo.
El desorden de su precariedad absoluta quedaba expuesto sin tapujos: en un rincón, sobre una repisa de metal oxidado, se alineaban dos tazas de porcelana sin asa, agrietadas en los bordes, al lado de una tetera eléctrica portátil cuyo cable trenzado descansaba enrollado en la base.
Sobre una mesa de embalaje ruda, varias partituras rotas y hojas de música arrugadas mostraban anotaciones técnicas a lápiz, con fragmentos del compás tachados con saña con trazos negros e implacables.
El aire de la habitación respiraba una atmósfera multisensorial estricta, dominada por un aroma denso a polvo antiguo acumulado en las vigas, barniz viejo de resina, hierro húmedo y el rastro sutil de resina de pino que impregnaba cada rincón, el olor inconfundible de la colofonia del arco.
En el centro exacto del almacén vacío, rompiendo la desnudez de las paredes de ladrillo, se erigía un piano vertical cubierto por una pesada lona gris que acumulaba motas de polvo en los pliegues.
Marc dejó la funda de lona de su violín sobre el mueble de embalaje con una parsimonia quirúrgica. Se despojó de la bufanda de punto verde botella y la dejó caer sobre la mesa sin amagar ninguna disculpa por el desorden del taller.
No intentó mantener ninguna fachada de superioridad académica ni el rancio abolengo musical que el acordeonista le había recriminado en la Rue Lepic; me entregó la crudeza de su rutina invernal sin rodeos burocráticos.
Avanzó dos pasos hacia el piano vertical y tiró del borde de la lona gris con un movimiento horizontal y firme, desnudando la madera oscura del instrumento.
—Es todo lo que sobrevive del conservatorio de Berlín —dijo Marc, pasando la yema del pulgar por la tapa armónica deslucida—. Las cuerdas están desafinadas por la humedad de las esclusas de Saint-Martin, pero la estructura de bronce resiste la tensión.
—La estructura es lo único que conserva el valor cuando los vínculos oficiales se extinguen —respondí, reduciendo la distancia espacial que nos separaba—. En Madrid dejé un piso entero amueblado con simetría, pero no quedaba un solo cimiento real donde sostener la pluma estilográfica.
Marc apoyó la mano izquierda en la madera del piano y clavó sus ojos oscuros de forma directa en los míos.
La contención de su postura y la cercanía forzada en mitad de la estancia vacía adquirieron una textura erótica latente, un vínculo maduro centrado en la pura aceptación de nuestras ruinas artísticas comunes.
—La Tour d'Auvergne es un apellido demasiado rígido para arrastrarlo por las aceras de Belleville —continuó, y su tono áspero denotó un pudor real que agrietaba sus corazas defensivas de la calle—.
El rival de Montmartre no mentía en los detalles.
Vine a París huyendo del silencio de los auditorios, de un ataque de pánico escénico severo que me paralizaba las falanges en mitad de la ejecución oficial.
Las manos se volvían de hielo antes del primer acorde.
—Yo vine buscando el mismo aislamiento —confesé, sintiendo la fiebre sutil de mi propia respiración rozar el aire frío—. Pero la hoja en blanco de la buhardilla se sentía exactamente igual que tus dedos rígidos. Nos apropiamos del dolor del otro para no tener que gritar a solas.
Di tres pasos lentos hacia el centro exacto de la estancia, fijando el peso de mis botas en las tablas combadas del parqué viejo.
Extendí el brazo derecho de forma regular y apoyé la palma de mi mano directamente sobre la madera oscura del piano desprovisto de su funda protectora.
El tacto de la superficie era gélido, rugoso por las fisuras del barniz viejo, una temperatura febril que se transmitió de inmediato a mis dedos con la fuerza de una descarga estática y rotunda.
Al levantar la vista para mirar a Marc de frente, asimilando la escasez de luz plomiza que entra por las cuadrículas del vidrio armado, comprendí con una claridad descarnada que había cruzado el último umbral de mi resistencia, adentrándome sin redes de seguridad en el núcleo mismo de su colapso artístico.