Bajo el cielo de París (Amores del mundo nº 2) Capítulo 7 La moneda del silencio
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Capítulo 7 La moneda del silencio

El sonido rítmico de unas suelas de cuero grueso golpeando los peldaños calizos rompió la fijeza de mi mirada.

Marc ascendió las escaleras de piedra del muelle con una lentitud medida, sin prisa, manteniendo la espalda recta bajo el peso del estuche rígido que cargaba al hombro.

Al alcanzar el nivel superior del Quai de Bourbon, no avanzó de golpe; caminó tres pasos sobre el asfalto frío y se situó a exactamente dos metros de mí, respetando un perímetro de seguridad que devolvía la simetría a la noche.

La distancia que nos había separado durante la última media hora quedó reducida a ese espacio mínimo de aire húmedo tamizado por la niebla baja.

La luz amarilla de la farola monumental recortaba su silueta, proyectando una sombra alargada que tocaba la punta de mis botas gastadas.

Ninguno de los dos alteró la posición de las manos ni forzó un saludo verbal; el Sena continuaba batiendo los pilotes inferiores con un gemido sordo que llenaba el vacío entre los dos.

—El agua del río siempre baja más sucia después de las tormentas de octubre —dijo Marc, apartando la vista de mi rostro para clavarla en la corriente oscura. Su tono era áspero, carente de cualquier énfasis melodramático, como si estuviera leyendo un informe técnico en mitad de la noche.

—En Madrid el asfalto se seca antes —respondí, sosteniendo los antebrazos sobre el pretil rugoso de la piedra caliza sin volver la cabeza—. Pero el barro es el mismo.

Marc soltó un siseo breve a través de los labios apretados.

Rompiendo la inmovilidad de la escena, se descolgó la correa de lona del hombro izquierdo y dejó caer el estuche rígido del violín sobre la grava del paseo con un golpe seco.

Se inclinó despacio, flexionando las rodillas con una fijeza que delataba el cansancio de las horas de caminata, y liberó los tres cierres metálicos de la caja con chasquidos limpios que reverberaron en el muro del muelle.

El aroma denso a resina de pino frotada y a madera vieja de arce brotó del interior del terciopelo azul, abriéndose paso entre el olor a cieno y a combustible quemado de las barcazas distantes.

Al ver que sus dedos largos rozaban el mástil del violín, reaccioné de forma automática; deslicé la mano derecha hacia el interior de mi bolso de piel, buscando el tacto conocido de mi billetera para extraer los billetes que justificaran su presencia.

Marc detuvo el movimiento del brazo de golpe. Antes de que mis dedos alcanzaran la solapa del cuero, extendió la mano izquierda con la palma abierta hacia arriba, deteniendo mi ademán con un movimiento seco, tosco y directo de la muñeca que no dejó espacio a la duda.

—Guarde eso —sentenció. Sus ojos oscuros se clavaron en mi bolso con una rigidez hermética—.

— No he subido desde la orilla para tasar los minutos que ha pasado apoyada en el granito.

Si busca comprar un fondo musical para su parálisis, hay tres acordeonistas con faja de raso en la Place du Tertre que aceptan propinas extranjeras.

Retiré la mano del bolso, cerrando la cremallera metálica con un roce áspero que vibró en mis dedos..

Me crucé de brazos, hundiendo las manos desnudas bajo el tejido húmedo de la gabardina para conservar el calor que el viento racheado me arrebataba palmo a palmo.

Marc se incorporó del todo, sosteniendo el violín por el cuello sin llegar a colocar el arco sobre las cerdas. Dio un paso corto hacia delante, quebrando la simetría de los dos metros, lo que me obligó a percibir el vaho regular de su respiración en mitad de la bruma nocturna.

—Las novelas que venden en los quioscos de la Gare de Lyon muestran una ciudad de fachadas limpias y pensiones con cortinas de encaje donde las mujeres sanan sus divorcios encontrando un sobre con cartas antiguas —continuó, entornando los ojos con una ironía desprovista de amargura—.

— Eso es una farsa barata. París duele porque exige una fisicidad que su literatura actual no tiene.

Le propongo un trato, Inés: le enseñaré los pasajes donde el aire no circula, los mercados de Belleville que huelen a comino y los talleres mecánicos bajo el viaducto elevado donde el metal cruje a medianoche.

Le devolveré el pulso de la prosa que le ha robado Madrid, pero con una condición innegociable.

—¿Cuál? —el término salió de mi boca en un susurro cortado, condicionado por la proximidad forzada de su cuerpo frente al mío.

—Que jamás intente pagarle a mis manos con dinero. Las monedas ensucian la tensión de la cuerda.

La propuesta se instaló entre nosotros como una negociación emocional camuflada bajo las reglas de un acuerdo práctico y rudo.

Marc buscaba una espectadora única que justificara su exilio de los grandes escenarios oficiales, mientras que mi mente procesaba aquella intrusión como el estímulo físico que mi libreta Moleskine reclamaba desde hacía seis meses.

Había una fascinación artística mutua, una atracción kinésica latente que ambos intentábamos racionalizar mediante condiciones técnicas para no vulnerar las corazas que protegían nuestros respectivos fracasos.

Sostuve la fijeza de su mirada, registrando la rigidez de su mandíbula bajo la luz amarilla de la farola.

El viento del norte barrió el paseo, agitando las copas de los plátanos de sombra que crujieron sobre nuestras cabezas con un chasquido de ramas secas.

Marc dio el último paso que borraba la frontera del aislamiento. Guardó el violín bajo el brazo izquierdo y extendió la mano derecha hacia mí, desprovista del guante de lana gris con los dedos recortados que utilizaba para limpiar el puente del instrumento.

—La única moneda que acepto es que escuches sin mirar el reloj —dijo, deteniendo el arco de sus dedos a milímetros de mi gabardina.

Dudé un instante largo, sintiendo el latido acelerado de mi pulso en la costra tirante del índice izquierdo.

Luego, liberé la mano de la lona del bolsillo y cerré el pacto estrechando la suya.

El tacto de su palma era áspero, cubierto de callosidades duras debidas a la fricción del metal, y su piel se sentía helada, una temperatura febril que se transmitió de inmediato a mis dedos con la fuerza de una descarga estática e inevitable.