Capítulo 8 La otra luz
Marc giró sobre sus talones sin soltar mi mano hasta que nuestros pasos encontraron el ritmo uniforme que exigía el pavimento irregular de las avenidas inferiores.
Dejamos atrás el perfil iluminado de la Île Saint-Louis y el rumor amortiguado de los bulevares centrales para internarnos, a través de una secuencia de giros rápidos y decididos, en las arterias del distrito de la Goutte d'Or.
El París monumental de las postales de encaje se desvaneció palmo a palmo, sustituido por una red de calles angostas donde la luz no nacía de farolas góticas, sino de los tubos fluorescentes y los neones parpadeantes de los colmados locales que permanecían abiertos a deshoras.
Mi mano, todavía encajada en la suya, registraba la dureza de sus callosidades táctiles, una temperatura helada que chocaba contra la fiebre que el movimiento coordinado empezaba a levantar en mis muñecas.
No hablábamos; la velocidad de la marcha y la hostilidad del viento del norte, que siseaba entre las esquinas desconchadas, hacían innecesaria cualquier concesión verbal.
Avanzamos sorteando el bullicio de los mercados nocturnos que se extendían de manera informal sobre los adoquines húmedos.
El aire se volvió denso, saturado por una superposición de estímulos multisensoriales que aguzaron mis sentidos adormecidos.
El aroma penetrante de las cajas de madera cargadas de comino en grano, pimienta de Cayena y cúrcuma se mezclaba con el humo espeso del tabaco rubio que exhalaban los hombres apostados en los umbrales.
Más adelante, los puestos de especias cedieron el paso a una hilera de talleres mecánicos improvisados bajo la estructura de los edificios.
El suelo mostraba manchas concéntricas de aceite de motor y gasóleo donde se reflejaban los destellos verdes y rojos de los carteles comerciales.
El traqueteo metálico de las herramientas golpeando los chasis de los coches y el siseo de los compresores de aire componían una banda sonora industrial, tosca y puramente física que Marc absorbía entornando los ojos de manera regular, como si estuviera midiendo la acústica del desorden urbano.
Sostuve la presión de sus dedos cuando torcimos bajo el viaducto elevado del metro, un esqueleto de hierro forjado y remaches oxidados que cruzaba el distrito por encima de nuestras cabezas.
Marc se detuvo de golpe en un rincón oscuro, un ángulo cóncavo formado por un pilar de fundición y una pared de ladrillo visto que conservaba el hollín de los trenes periféricos.
La distancia entre nuestros cuerpos se redujo a escasos centímetros por la estrechez del espacio.
Se soltó de mi agarre con un movimiento seco de la muñeca y, sin mediar palabra, abrió los cierres metálicos de su estuche rígido con tres chasquidos limpios que el eco de la estructura multiplicó de inmediato.
Extrajo el violín por el cuello y colocó el arco entre las cerdas tensadas.
El aroma a resina de pino y madera vieja brotó de la caja, cortando la pesadez del aceite industrial y el comino que impregnaba mi gabardina clásica.
No esperó a que el ruido de la calle amainara.
Marc encajó el instrumento bajo su mentón y arqueó el brazo derecho.
En el segundo exacto en que un convoy del metro elevado comenzó a cruzar las vías superiores con un estruendo metálico y rítmico que hizo vibrar el suelo empedrado bajo nuestras suelas, él hirió la cuerda del Mi con un golpe descarnado, violento y limpio.
La melodía no buscaba la armonía del conservatorio; era una pieza de ritmo roto, sincopado, repleta de ataques secos y dobles cuerdas que emulaban de forma precisa el latido industrial de la zona.
Las notas avanzaban coordinadas con el traqueteo de los vagones sobre los raíles de acero, una colisión de frecuencias que penetró directamente en mis antebrazos.
La vibración sónica del instrumento a tan corta distancia era tan física que pude notar la onda expansiva del aire rozando las solapas de mi abrigo.
—Esto no sale en las guías de viaje, Inés —dijo Marc entre dos compases acelerados, sin descabalgar el mentón de la madera ni desviar sus ojos oscuros de los míos. Su voz compitió con el siseo de las ruedas metálicas del tren superior.
—No —respondí en un susurro cortado por la tensión kinésica que flotaba en el espacio mínimo que nos aislaba.
La proximidad forzada y la agresividad poética de su ejecución disolvieron la rigidez defensiva que me bloqueaba desde la tarde.
Mi mano derecha reaccionó de manera involuntaria; busqué la abertura de mi bolso de piel y extraje la libreta Moleskine negra con el broche elástico tensado.
Apoyé la espalda contra la rugosidad de la pared de ladrillo visto, asimilando el frío de la piedra a través de la lana, y deslicé el capuchón de mi pluma estilográfica con un roce metálico.
Estimulada por la fisicidad del momento, por el olor a neumático quemado, la vibración del hierro y la fiebre sutil que emanaba del esfuerzo físico de Marc, apoyé la punta del plumín en el folio blanco.
Mis dedos se movieron con una fluidez implacable que no había registrado en los últimos seis meses, transcribiendo el arco herido del violín, el latido del viaducto y el París periférico en tres líneas seguidas de literatura cruda y despojada de adornos.
El cursor negro de mi memoria digital por fin había comenzado a avanzar, arrastrado por la música rota de un extraño que se negaba a aceptar mi dinero.