Capítulo 6 El peso de las fechas
El timbre estridente del teléfono móvil estalló contra los bloques de granito del soportal, fragmentando la densa quietud que la tormenta nos había impuesto.
Marc no movió un solo músculo, pero la fijeza de su mirada descendió desde el cuello de mi abrigo hacia la lona mojada del bolsillo de mi gabardina, donde el aparato continuaba vibrando con una insistencia mecánica.
Saqué el terminal con los dedos entumecidos, entorpecida por el roce áspero de mis guantes de lana, y contemplé la pantalla iluminada.
El prefijo de Madrid parpadeaba con una frialdad burocrática que transformó el calor acumulado en el umbral en un escalofrío inmediato.
La lluvia amainaba afuera, reduciéndose a un goteo espeso que repicaba sobre los adoquines de la Rue de l'Abreuvoir.
Deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el teléfono al oído, pegando la espalda a la madera maciza del portón para ganar un centímetro de distancia respecto al cuerpo de Marc.
—Inés, no voy a admitir más evasivas —la voz de Carmen, mi editora, cruzó la línea con una nitidez metálica que pareció cortar el aire ozonizado del soportal—.
El departamento legal ya ha revisado las cláusulas de penalización de tu contrato.
Si el lunes a primera hora no tengo los tres primeros capítulos definitivos en el servidor, iniciaremos el proceso de rescisión.
No podemos financiar tu parálisis creativa de forma indefinida en París. Madrid exige fechas, no silencios.
—Los plazos... —comencé a decir, pero la voz se me atascó en la garganta, dejándome un regusto amargo que me obligó a tragar saliva—. El traslado ha sido complejo, Carmen. Las páginas están avanzando, solo necesito...
—Necesitas cumplir con lo firmado —interrumpió ella, desprovista de cualquier matiz de simpatía—. No me valen los bocetos ni las notas sueltas. Queremos la novela que nos prometiste antes del divorcio, Inés. El lunes. No hay más prórrogas.
Colgué sin despedirme, sintiendo el peso del terminal como un bloque de plomo entre las manos.
Marc había escuchado toda la conversación en silencio, inmóvil a escasos centímetros de mí, sosteniendo el estuche rígido del violín contra su pecho.
Aunque no comprendía los tecnicismos del español, la rigidez de mi mandíbula y el temblor involuntario de mis hombros le resultaron lo bastante explícitos.
La respiración de ambos, que antes compartía el mismo perímetro de aire templado, se volvió distante, rota por la intrusión de la realidad que me perseguía desde España.
Desbordada por una ansiedad sorda que amenazaba con cerrarme la laringe, deslicé el cuerpo hacia el exterior del arco de piedra, abandonando el soportal con una prisa torpe que me hizo pisar los charcos de la acera sin mirar dónde ponía los pies.
Necesitaba caminar, mover las piernas para disipar la opresión física que me estrujaba el pecho.
Bajé las pendientes colindantes a Montmartre a paso rápido, huyendo de las luces de gas y de las fachadas que empezaban a encenderse con la llegada del anochecer parisino.
Crucé los bulevares periféricos sin prestar atención al tráfico y me interné por los callejones que descendían rectos hacia la ribera del Sena, buscando el amparo de la corriente.
El aire de la noche era gélido, impregnado con la frescura limpia que deja la lluvia al retirarse, y el tejido húmedo de mis vaqueros se pegaba incómodamente a mis muslos con cada zancada, acentuando el cansancio acumulado de la mudanza.
Llegué al Quai de Bourbon cuando el crepúsculo ya había teñido las aguas del río de un tono purpúreo y oscuro.
Me apoyé de golpe contra el pretil de piedra del muelle, exhausta, dejando caer los antebrazos sobre la superficie rugosa y fría del bloque calizo.
Las luces parpadeantes de la orilla opuesta se reflejaban en la superficie agitada del Sena, descomponiéndose en líneas doradas que subían y bajaban al compás de la marea baja.
El entorno respiraba un aroma denso e industrial: el olor a cieno de los márgenes del río, el asfalto frío de las calzadas laterales y el rastro quemado del combustible de los bateaux mouches que pasaban a lo lejos, cortando la corriente con un murmullo de motores sordos que vibraba en el subsuelo del muelle.
Incliné el cuerpo hacia delante, buscando aire, y miré de forma instintiva hacia el nivel inferior de la ribera.
Marc estaba allí.
No me había seguido de cerca, ni había intentado detener mi huida por los callejones de la colina, pero su presencia física se recortaba ahora con nitidez sobre el muelle inferior, justo al borde de la orilla del río.
Se mantenía apoyado contra la base de hierro de una de las farolas monumentales que iluminaban la pasarela baja, con el chaquetón de lona verde oliva abrochado hasta el mentón y las manos desnudas hundidas en los bolsillos.
El estuche rígido del violín descansaba verticalmente entre sus botas gastadas, sujeto por la presión de sus tobillos.
Él no subió las escaleras de piedra para romper la distancia espacial, ni pronunció una sola palabra que rompiera el murmullo del agua contra los pilotes.
Tampoco hizo ademán de sacar el instrumento.
Simplemente permaneció allí abajo, inmóvil bajo la luz amarilla e intensa de la farola, sosteniendo la mirada hacia arriba para fijar sus ojos directamente en los míos.
Marc se había convertido en un testigo mudo de mi colapso profesional, ofreciéndome una compañía desprovista de las exigencias burocráticas de Madrid.
No requería explicaciones, ni justificaciones, ni páginas definitivas. Su silueta oscura en la orilla funcionaba como una boya fija en mitad de mi tormenta personal, un anclaje sensorial y silencioso que impedía que la marea de la ansiedad me arrastrara por completo hacia el fondo del río.
Sostuve su mirada desde el pretil superior, asimilando el frío del granito bajo mis palmas mientras el eco lejano del motor de una barcaza marcaba el pulso de la noche.