Capítulo 5 El perímetro de la lluvia
El trueno retumbó en las entrañas de la colina de Montmartre antes de que la primera ráfaga de viento barriese la Rue de l'Abreuvoir.
El cielo plomizo, que hasta hacía unos minutos se sostenía pesado sobre los tejados de zinc, se rasgó con una violencia salvaje, descargando un aguacero denso que borró de golpe las siluetas de las casas bajas y las hiedras trepadoras.
Apreté los dientes y eché a correr, sintiendo cómo el agua empapaba mis vaqueros y pesaba en los bajos del abrigo de lana gris marengo.
Los adoquines se transformaron en un río resbaladizo bajo mis botas.
Divisé una abertura oscura a pocos metros: el arco gótico de un soportal estrecho que servía de entrada trasera a un antiguo edificio de piedra.
Me empujé hacia el interior del umbral, jadeando, y me pegué contra la madera maciza de la puerta para resguardarme de las salpicaduras que rebotaban en el asfalto.
Apenas había alcanzado a escurrir el agua de mi rostro cuando una figura emergió de la cortina gris de la tormenta, avanzando a zancadas rápidas y descompuestas.
Era Marc. Venía corriendo con la cabeza gacha, protegiendo con ambos brazos el estuche rígido del violín, apretándolo contra su pecho como si fuera un escudo o un fragmento de sí mismo que no podía permitirse perder bajo el temporal.
Irrumpió en el soportal con un resoplido sordo, trayendo consigo el vendaval.
Al enderezarse, la estrechez del arco de piedra redujo el espacio vital entre ambos a escasos centímetros.
El estruendo de la lluvia golpeando el asfalto a solo un paso de nuestros pies creó un muro acústico insalvable, una barrera sónica que nos aisló por completo del resto de París.
Ninguno de los dos pronunció una sola palabra.
El silencio verbal se instaló entre nosotros con la misma fuerza que el aguacero, pero el espacio se inundó de inmediato con el sonido rítmico y acelerado de nuestras respiraciones.
El aire del soportal se volvió denso, cargado con el aroma ozonizado de la tormenta, la humedad de la piedra gótica y el olor penetrante de la lana mojada de nuestros abrigos, mezclado con la madera vieja y la resina que emanaban de su estuche.
Marc mantenía los ojos fijos en la calle, con la mandíbula apretada y las gotas de agua resbalando desde los mechones oscuros de su pelo hasta el cuello de su chaquetón de lona verde oliva.
El viento cambió de dirección de golpe, empujando una cortina de agua pulverizada hacia el interior del Umbral.
Para evitar que las gotas alcanzaran la base del estuche rígido, Marc dio un paso más hacia el fondo del soportal.
Fue un movimiento logístico, forzado por el espacio, pero su hombro izquierdo rozó el mío con una firmeza que atravesó las capas de tejido.
No se apartó.
Sostuvo la presión física, atrapado por la propia Geometría de la piedra.
La parálisis que ambos arrastrábamos —él en sus dedos, yo en mi pluma— pareció concentrarse en ese punto de contacto involuntario.
Deseaba dar un paso lateral, recuperar la distancia prudencial que dicta el sentido común entre dos extraños, pero el frío del muro a mi espalda y la tormenta al frente me obligaron a permanecer inmóvil, asimilando la vibración de su cuerpo junto al mío.
Marc giró levemente la cabeza, rompiendo su fijación con el asfalto anegado.
Su mirada descendió despacio por mi rostro hasta detenerse en el cuello de mi abrigo, donde las gotas de lluvia resbalaban lentamente por la piel desnudada de mi garganta.
La distancia era tan corta que su respiración, templada y regularizada a medias, me rozó la mejilla.
A pesar del invierno incipiente que lo envolvía todo, pude percibir el calor nítido que emanaba de su cuerpo, una fiebre sutil que desafiaba la anestesia de la tarde.