Capítulo 4 Grados de congelación
La ascensión por las escaleras de piedra de la basílica del Sacré-Cœur exigió un esfuerzo físico que mis piernas, entumecidas tras la tarde en el café, tardaron en asimilar.
El viento racheado del norte azotaba los flancos de la colina de Montmartre, arrastrando hojas secas de los plátanos de sombra que golpeaban las escalinatas con un chasquido sordo.
No miré hacia atrás hasta alcanzar el segundo gran descansillo.
Apoyé ambas manos en la balaustrada de granito, sintiendo la porosidad helada de la piedra calar la piel de mis palmas.
Desde allí arriba, París se extendía como un tapiz de geometrías mudas bajo un cielo de nubes bajas y plomizas; una acumulación infinita de tejados grises de zinc que devolvían la luz mortecina del crepúsculo.
Buscaba perspectiva física, una distancia limpia que borrara la vibración del teléfono y el peso burocrático de los papeles que acababa de recibir desde Madrid.
A mitad del siguiente tramo de la escalinata, el espacio se estrechó. Marc estaba allí, sentado en el centro de un peldaño cóncavo, desgastado por el paso de millones de suelas antes que las nuestras.
No llevaba puesto el sombrero.
Tenía el violín encajado entre los muslos y se frotaba las manos desnudas con movimientos rápidos, rítmicos, buscando generar una fricción que devolviera la movilidad a sus dedos antes de tocar.
El estuche rígido permanecía abierto a su lado, desprovisto de monedas.
Me detuve a dos peldaños de distancia de forma instintiva, congelando el movimiento de mis botas sobre el granito. La cercanía física, tras el cruce de miradas a través del ventanal empañado, adquirió una textura pesada, un aire denso que el viento de la colina no lograba disipar.
Saqué un pañuelo de papel limpio del bolsillo lateral de mi gabardina al notar que él intentaba, con evidente dificultad y los dedos rígidos por el frío, retirar los restos blanquecinos de resina acumulados en la madera del arco.
Me incliné sutilmente hacia delante y se lo extendí, rompiendo el perímetro de aislamiento que él mantenía con su propio cuerpo.
Marc detuvo la fricción de sus manos de golpe.
Levantó la vista despacio, fijando sus ojos oscuros en los míos con una intensidad tosca, hermética, que no dejaba espacio a la condescendencia.
Cogió el papel con un movimiento seco de los dedos, rozando apenas las yemas de mi mano izquierda, donde el corte de la mudanza volvió a pulsar bajo la lana de mi guante.
—Gracias —dijo. Su voz sonó rota, arrastrando un tono áspero que encajaba con el silbido del viento en las barandillas de hierro—. Pero el granito de Montmartre no es un buen lugar para buscar lástima. Se limpia mejor con paciencia que con miradas de reojo.
—No es compasión —respondí, enderezando la espalda para recuperar la distancia vertical—. Sé lo que es tener las manos paralizadas frente a lo que se supone que debes hacer.
Marc soltó una risa breve que se convirtió en un hilo de vaho blanco en el aire frío de la tarde.
Guardó el pañuelo en la faja interior del estuche rígido sin llegar a utilizarlo y deslizó los dedos por el mástil de madera pulida del violín, comprobando la tensión de la clavija del Mi con una precisión quirúrgica.
El olor penetrante de la resina de pino recién frotada contra las cerdas del arco flotó entre nosotros, mezclándose con el aroma a humedad vieja que exhalaba la piedra gótica de la basílica.
—El frío endurece los dedos, pero afina el oído —sentenció, colocándose el instrumento bajo el mentón con un movimiento fluido que anuló cualquier rastro de la rigidez anterior.
Me quedé inmóvil, fija a un solo paso de distancia en el escalón superior, atrapada por la proximidad física de sus hombros y la inminencia del arco hiriendo el aire.