Capítulo 3 El sabor de la renuncia
Me deslicé hacia el interior de Le Consulat huyendo de la voz que acababa de romper el aire helado de la Rue Norvins.
El cascabel de latón de la entrada repicó sobre mi cabeza con un sonido metálico y seco que no obtuve fuerza para contestar.
Busqué de inmediato el rincón más alejado, una mesa angosta de madera agrietada pegada al rincón del ventanal que daba a la Rue des Saules.
Al sentarme, el peso de las piernas me obligó a hundirme en el respaldo.
Tenía los hombros agarrotados por la caminata bajo la llovizna pertinaz, y el tejido de lana gris marengo de mi abrigo desprendía un vaho denso al contacto con la calefacción del local.
El camarero dejó una taza de porcelana gruesa sobre la mesa sin mediar palabra.
Su uniforme, un chaleco negro rozado en los bordes, desprendía un olor limpio que se diluyó rápido en la atmósfera del café: una mezcla pesada de café exprés quemado, mantequilla tostada de cruasanes recién horneados y la humedad que exhalaba la ropa de los pocos clientes dispersos por las mesas contiguas.
Rodeé la taza con las palmas de las manos desnudas.
Busqué el calor del barro blanco con una urgencia casi física, huyendo del entumecimiento que me subía desde los dedos.
Mis uñas, todavía manchadas por el polvo de los cartones de la mudanza, presionaron el relieve de la porcelana hasta que el calor se volvió casi insoportable, un pinchazo necesario que me obligó a parpadear.
El espacio interior estaba sumido en una iluminación ámbar tamizada por las tulipas de vidrio soplado, un entorno que convertía las conversaciones del fondo en un murmullo indescifrable.
Miré la yema de mi dedo índice izquierdo.
El corte limpio que me había hecho por la tarde se había reabierto ligeramente por el esfuerzo de la caminata, mostrando una línea rosada y tirante que escocía con el cambio de temperatura.
Justo cuando iba a llevarme la taza a los labios, el teléfono móvil, colocado sobre el mantel de papel, vibró con una sacudida sorda que hizo tintinear el platillo.
La pantalla se encendió, proyectando una luz blanca que cortó la calidez ámbar del rincón. Era un correo electrónico. El remitente no dejaba espacio a la imaginación: el bufete de abogados de la calle Castellana, en Madrid. Deslicé el pulgar por el cristal empañado del terminal.
El texto era breve, despojado de cualquier concesión lírica o sentimental; una mera notificación electrónica legal que confirmaba la liquidación definitiva de los bienes gananciales y la extinción jurídica de mi matrimonio.
Mi firma y la de Carlos ya formaban parte de un registro cerrado.
El dolor que me produjo leer aquellos párrafos técnicos fue seco, un golpe burocrático que me dejó el aire suspendido en la garganta.
La destrucción de doce años de convivencia quedaba resumida en tres folios adjuntos en formato digital que ni siquiera imprimí.
Dejé caer el teléfono sobre la madera.
El impacto sonó hueco. Apoyé la espalda contra la pared, sintiendo el frío del muro atravesar la lana de mi abrigo.
Deseaba que aquella secuencia de caracteres en la pantalla me provocara lágrimas o un arrebato de rabia que rompiera la anestesia, pero mi cuerpo solo reaccionó cerrando las manos en puño dentro de los bolsillos.
El vacío del divorcio se sentía exactamente así: una ausencia total de adjetivos, una prosa muda que me bloqueaba por dentro con la misma fuerza con la que el invierno congelaba los canalones de Montmartre.
Fue entonces cuando levanté la vista hacia el ventanal lateral, buscando desviar la atención de la luz parpadeante del terminal.
El cristal grande estaba cubierto por una capa densa de vaho blanco que distorsionaba las siluetas de la Rue des Saules, reduciendo los edificios de enfrente a bloques difusos de color gris.
Al otro lado de esa barrera física, una figura se detuvo bajo el alero del local, buscando amparo contra el agua que volvía a arreciar con fuerza.
Llevaba un chaquetón de lona verde oliva empapado y cargaba al hombro un estuche rígido de violín, cuyas fijaciones metálicas brillaban bajo la luz de la farola exterior.
Era él. Marc permaneció inmóvil durante dos segundos, de perfil, con la respiración agitada marcando un ritmo constante en el aire exterior.
Me incliné hacia delante de manera instintiva, rozando el borde del mantel con la bufanda.
No emití ningún sonido, pero mis ojos se clavaron en la silueta desdibujada de su rostro a través del vidrio enrarecido.
La distancia que nos separaba era apenas el grosor de dos sábanas de cristal, pero la barrera se sentía tan insalvable como los meses de silencio que arrastraba en mi cuaderno negro.
Marc giró la cabeza hacia el ventanal. Al percibir la fijeza de mi mirada en la penumbra interior del café, levantó la mano derecha.
No hizo un gesto de saludo convencional. Con el dorso de su guante de lana gris, que dejaba los dedos al descubierto, frotó la superficie exterior del cristal con un movimiento horizontal y firme.
El tejido áspero retiró la humedad acumulada, abriendo una franja limpia en mitad de la bruma del ventanal. A través de ese recuadro despojado, nuestras miradas se cruzaron de forma directa.
Sus ojos oscuros, fijos bajo el ala del sombrero mojado, registraron mi descomposición física sin formular una sola pregunta. Sostuve el contacto, sintiendo una corriente estática que me recorrió los antebrazos y me obligó a soltar la taza de porcelana blanca.
Antes de que pudiera realizar ningún movimiento o ponerme en pie, Marc apartó los ojos del recuadro limpio, se ajustó la correa del estuche de violín en el hombro izquierdo y reanudó la marcha colina abajo, desvaneciéndose de inmediato entre la niebla baja de la Rue des Saules.
La humedad exterior volvió a reclamar el espacio, empañando el cristal palmo a palmo hasta borrar el rastro de su guante.