Capítulo 2 La partitura del agua
Los adoquines resbaladizos de las callejuelas que ascendían hacia la Place du Tertre brillaban bajo la llovizna pertinaz de las seis de la tarde, reflejando el tono plomizo de un cielo que parecía haberse desplomado sobre las colinas de Montmartre.
Caminaba sin rumbo fijo, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo de lana gris marengo, arrastrando los pies con una parsimonia que solo pertenece a quienes no tienen ningún sitio al que regresar.
El cuello del abrigo, alzado contra las ráfagas del norte, comenzaba a ceder ante la humedad, que calaba el tejido grueso y enfriaba la piel de mi nuca.
Cada paso era un esfuerzo físico sordo, un intento de distanciarme de la buhardilla y de la cafetera con el poso amargo que acababa de dejar atrás.
Al entrar en la plaza, el vacío me golpeó el rostro con la fuerza de una corriente de aire frío.
Los restaurantes de los márgenes mantenían las terrazas cerradas, con las sillas de mimbre apiladas y encadenadas a las fachadas de piedra caliza.
En el centro, donde en verano se concentraba el bullicio ruidoso de los retratistas y los turistas atestados, solo quedaba una hilera de caballetes de madera vacíos, despojados de lienzos y cubiertos con plásticos transparentes sujetos con pinzas de metal.
El agua de la llovizna resbalaba por las superficies plásticas, acumulándose en los bordes antes de caer al suelo empedrado con un repiqueteo rítmico e impersonal.
Me detuve ante uno de ellos, observando cómo las gotas deformaban el reflejo de los árboles desnudos del fondo. El lugar, desprovisto de su máscara comercial, respiraba un aroma denso a óleo húmedo, trementina evaporada y a la tierra encharcada de las jardineras municipales.
Me pasé los dedos por la yema del índice izquierdo, rozando la costra fina del corte que me había infligido con el cartón de la mudanza.
El contacto físico me devolvió por un segundo la certeza de mi propio cuerpo, recordándome la esterilidad de la pantalla del ordenador que parpadeaba en blanco en mi nueva mesa de madera cruda.
Deseaba escribir, pero mi mente operaba con la misma rigidez que los plásticos tensados por el agua.
La parálisis creativa no era una abstracción poética; era un peso real en el estómago, la consecuencia directa de un divorcio que me había dejado seca, vacía de adjetivos y despojada de mi propia voz.
Giré a la izquierda, torciendo la esquina empinada de la Rue Norvins, justo donde el asfalto se estrechaba entre dos fachadas desconchadas de color ocre.
En ese instante, la llovizna amainó sutilmente, reduciéndose a un vaho flotante que tamizaba la luz de las primeras farolas de gas. Fue entonces cuando el viento del Sena, que ascendía cortante desde los muelles inferiores, arrastró un sonido lejano que cortó el aire gris.
Era un violín.
La melodía avanzaba en una escala menor, áspera en los ataques del arco pero de una limpieza técnica absoluta que rebotaba contra los muros húmedos.
No era la música complaciente que los artistas callejeros ejecutaban para obtener las monedas de los paseantes; las notas se sucedían con una cadencia descarnada, desprovista de vibratos innecesarios, como si quien sostenía el instrumento estuviera diseccionando el aire frío de la tarde.
Apreté los dientes, sintiendo cómo los músculos de mi espalda se tensaban bajo el abrigo húmedo.
Me quedé inmóvil junto a la base de hierro fundido de una farola monumental, apoyando la palma de la mano derecha en el metal frío para asegurar el equilibrio.
Mis ojos recorrieron la perspectiva de la Rue Norvins, pero la bruma del crepúsculo distorsionaba las esquinas e impedía localizar la procedencia exacta del sonido.
No veía al músico.
Sin embargo, la vibración física de la cuerda del Mi rasgando la quietud de Montmartre atravesó la lana de mi ropa y reverberó directamente en el centro de mi pecho, rompiendo con un golpe seco la anestesia emocional que arrastraba desde hacía meses.
La ciudad, que hasta ese momento se me había presentado como un escenario hostil de tejados mudos, empezaba a hablarme en un idioma físico y sensorial que yo creía sepultado bajo el peso de mis propios fracasos.
—¿Busca algo en el suelo o solo espera a que el frío le congele los zapatos? —preguntó una voz masculina a mi espalda, justo cuando la última nota larga del violín se apagaba en el callejón contiguo.