Bajo el cielo de París (Amores del mundo nº 2)
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Capítulo 1 El eco del zinc
El sonido sordo del cartón grueso arrastrándose sobre el parqué fue lo único que llenó las cuatro esquinas de la buhardilla.
El suelo de roble gastado, combado por el peso de los años y la humedad de Montmartre, protestó con un crujido agudo que subió por mis tobillos.
Apoyé las palmas de las manos sobre los bordes de la última caja y empujé con los riñones hasta encajarla contra el zócalo desvaído de la pared.
El camión de la mudanza se había marchado hacía veinte minutos, dejando tras de sí un rastro de pisadas de barro gris en el descansillo y el eco de un portazo en el portal inferior que todavía parecía vibrar en los cristales inclinados del techo.
Me quedé de pie en mitad de la estancia, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo.
Las vigas de madera oscura cruzaban el techo bajo, tan cerca de mi cabeza que la estancia parecía cerrarse sobre mí como un embudo de yeso y sombra.
Fui hacia la pequeña encimera de mármol agrietado que hacía las veces de cocina.
Mis dedos, torpes por el frío que se filtraba por las rendijas del zinc exterior, tardaron en desenroscar la cafetera italiana que acababa de extraer de una bolsa de papel.
El metal frío de la base crujió al encajarse en la hornilla de gas.
Giré la llave de latón; la llama brotó con un siseo azulado, tiñendo las paredes de un tono espectral durante el segundo que tardó en estabilizarse.
El olor a gas licuado se mezcló de inmediato con el polvo antiguo que flotaba en los haces de luz plomiza de la tarde.
Saqué el ordenador portátil de la mochila de lona y lo coloqué sobre la mesa de madera cruda, la única pieza de mobiliario que el casero no había retirado.
La tapa se abrió con un gemido de plástico.
Al encenderse, la pantalla iluminó mis manos con un resplandor blanquecino y estéril.
El cursor parpadeaba. Una línea vertical, negra y delgada, que aparecía y desaparecía en el centro de un folio digital inmaculado.
Me senté en la silla de enea, apoyando los antebrazos en el borde áspero de la mesa.
El parpadeo rítmico del monitor se convirtió en una presencia física, una aguja electrónica que acentuaba el vacío que traía desde Madrid.
Seis meses de silencio absoluto. Un divorcio firmado en un despacho oscuro de la Castellana y, como única herencia, una parálisis creativa que me secaba la garganta cada vez que intentaba hilvanar una frase que tuviera sentido.
El agua de la cafetera empezó a borbotear con un quejido ronco, liberando un vapor espeso que olió a grano quemado y a encierro.
Me levanté para apagar el fuego, pero mi mirada se desvió un instante hacia el ventanal abuhardillado.
Afuera, la silueta desdibujada del Sacré-Cœur recortaba el cielo plomizo de París, una mole de piedra blanca que parecía vigilar mi aislamiento.
Al volverme con prisa hacia las cajas para buscar una taza de porcelana, el antebrazo tropezó con la solapa mal doblada de un cartón rígido.
El borde afilado del embalaje, reforzado con grapas de cobre, me rasgó la yema del dedo índice izquierdo.
No dolió de inmediato. Fue un corte limpio, una línea fina que se abrió en la piel blanquecina.
Llevé la mano hacia la mesa y una pequeña gota de sangre, densa y oscura, cayó justo en el folio superior del fajo de folios manuscritos que había extraído por la mañana: mis viejas notas de Madrid, las páginas rotas de la novela que nunca fui capaz de terminar.
La mancha roja se expandió sobre la tinta azul gastada, borrando la palabra regresar.
Me quedé mirando el borrón durante tres respiraciones lentas.
La cafetera rabiaba en la hornilla, salpicando el mármol con gotas oscuras.
La pantalla seguía parpadeando, ajena a la pequeña agresión física, exigiendo una prosa que yo ya no poseía.
Sentí un sudor frío recorriéndome la nuca, una opresión en el pecho que volvía el aire de la buhardilla irrespirable, denso por el cartón seco y el fracaso.
Cerré la tapa del ordenador de golpe. El chasquido del plástico resonó como un disparo en el espacio estrecho.
Apagué la hornilla de un manotazo. El silencio que se instaló de inmediato en la estancia fue tan físico, tan espeso, que me obligó a retroceder hacia la entrada.
Cogí el abrigo de lana gris marengo que colgaba de un clavo detrás de la puerta, me lo eché sobre los hombros sin meter los brazos en las mangas y salí al descansillo empujada por la necesidad urgente de huir de mi propia mente, dejando tras de sí el aroma amargo del café quemado flotando en la penumbra.