Bajo el cielo de Nueva York: ¡Todo comenzó por un café! Lori, auxiliar de vuelo #3
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Lori, auxiliar de vuelo #3

Lori comenzó con entusiasmo su nueva etapa con base en Nueva York, emocionada por estar más cerca de Jim y dar el siguiente paso en su carrera.

Aunque sus asignaciones variaban en cada turno, los vuelos ahora eran más largos y exigentes, lo que significaba también mayores periodos de descanso.

Afortunadamente, esto le permitía disfrutar de más tiempo con Jim, compensando así las horas de trabajo agotadoras.

Mientras ambos se dedicaban a sus respectivas responsabilidades, se iban adaptando y organizando para su futuro juntos, ajustando horarios y planeando su vida en común.

Los días avanzaban rápidamente y la boda se acercaba, trayendo consigo una mezcla de emoción y nerviosismo.

La expectativa crecía, y con cada detalle ultimado, su sueño de casarse en Navidad se volvía más real.

Lori siempre le enviaba un mensaje de texto a Jim cada vez que aterrizaba, ya fuera durante una escala, en tránsito o al llegar a su destino final.

De ese modo, él podía estar tranquilo y seguir de cerca su viaje, asegurándose de que todo había salido bien.

A pesar de la distancia impuesta por sus compromisos laborales, siempre encontraban la manera de mantenerse en contacto, compartiendo pequeños momentos que los hacían sentir cerca.

A su regreso de uno de sus emocionantes vuelos, Lori le contó a Jim sobre un incidente inusual a bordo. Con los ojos brillantes de emoción, relató cómo todo el pasaje y la tripulación habían presenciado algo inexplicable en el cielo.

—Era como un gigantesco higo al revés, suspendido en el cielo, y estaba envuelto en una luz deslumbrante, blanca y pura, casi etérea…

como si los mismísimos ángeles lo habitaran —relataba Lori, con los ojos brillando de emoción—.

¡Fue increíble, Jim! Era algo majestuoso, hipnotizante…

¡celestial! —exclamó, aún maravillada por lo que había presenciado—.

Nunca me detuve a pensar si esas cosas realmente existían, pero ahora no me queda ninguna duda…

¡he visto un OVNI, Jim! —exclamó Lori, con una risa llena de emoción y asombro, como si aún no pudiera creer lo que había presenciado.

Jim sabía que Lori no era de inventarse fantasías, pero, aun así, la observó con una sonrisa divertida y, sin perder su tono bromista, le respondió:

—¡La próxima vez saca una foto, que yo también quiero verlo!

Lori, riendo divertida, sacó su móvil y le mostró una imagen. La foto estaba algo distorsionada, pero aun así se distinguía claramente: una forma que parecía un gigantesco higo invertido, irradiando una luz intensa y etérea que iluminaba las nubes del atardecer a su alrededor.

—¿Bromeas? ¿Crees que iba a dejar pasar semejante oportunidad? —exclamó ella con emoción—. Creo que todos los que estábamos a bordo sacamos fotos.

Reía feliz mientras Jim, boquiabierto, observaba la imagen con incredulidad y asombro. La foto parecía real… e impresionante.

—Eres una chica con suerte, mi amor —dijo finalmente, sin apartar la vista de la pantalla—. Guarda esa foto como oro en paño… nunca se sabe cuándo podrías necesitar demostrar que esto realmente sucedió.

Ambos rieron, disfrutando del momento, mientras Lori revivía en su mente aquella extraña pero fascinante experiencia.

La Navidad se les echaba encima rápidamente, y con ella, el nerviosismo creciente de saber que quedaban muy pocos días para la boda. Sin embargo, Lori y Jim se mantenían serenos, sabiendo que ya tenían todo listo.

Juntos repasaron la lista de tareas pendientes, tachando con satisfacción cada punto resuelto.

Con cada marca, sentían el alivio de ver cómo todo tomaba forma.

La iglesia, el restaurante, la ropa (tanto la del novio y los padrinos como la de la novia y las damas de honor), los anillos, y lo más importante, los padres de ambos, que al conocerse quedaron encantados y rápidamente se hicieron grandes amigos, lo que resultó ser una gran alegría para los novios.

Ya casi no quedaba nada por hacer… solo esperar con ilusión.

La emoción aumentaba al ver cómo todo se iba alineando para el gran día.

Además, la luna de miel ya estaba completamente organizada: París y Roma, distribuidos a lo largo de diez días, eran el destino soñado que ambos habían elegido.

Solo quedaba preparar las maletas, pero sabían que aún había tiempo para eso.

Mientras tanto, se concentraron en disfrutar de estos últimos momentos antes de unirse en matrimonio, con la certeza de que todo saldría a la perfección.

A Lori aún le quedaban algunos vuelos por completar antes de que le concedieran los días libres para su boda y su luna de miel…

nada menos que quince días, un verdadero privilegio, considerando el poco tiempo que llevaba en la compañía.

Por su parte, Jim también tuvo suerte: también le otorgaron quince días, asegurándose de que coincidieran con los de Lori, lo que les permitiría disfrutar sin prisas de cada momento juntos.

Ambos contaban los días con impaciencia, ansiosos por dejar atrás la rutina y sumergirse de lleno en la celebración de su amor.