Vuelo ha4925
E l último vuelo de Lori antes de la boda la llevaría de Nueva York (JFK) a Seattle (SEA), un trayecto de seis horas y veinte minutos que la haría cruzar el país de costa a costa.
Su regreso estaba programado para el miércoles, en un vuelo curiosamente más corto, de cinco horas y diez minutos, gracias a las corrientes favorables.
Mientras tomaban café, entrelazando las manos sobre la mesa, disfrutaban del ambiente festivo que los rodeaba. A ambos les encanta la Navidad y comentaban lo hermosa que lucía la ciudad, el aeropuerto JFK y el entorno en general, adornado con luces y decoraciones navideñas.
Intentaba concentrarse en su trabajo y en el buen humor de su compañero Dimitri, pero la ansiedad por la llegada de las seis y media de la tarde era inevitable.
Pensaba en su luna de miel junto a Lori, imaginando cada detalle con la esperanza de que así el tiempo pasara más rápido.
Aun así, no podía evitar mirar el reloj de vez en cuando.
Sabía que tal vez él mismo estaría ocupado cuando recibiera su llamada —su trabajo podía volverse impredecible en cualquier instante—, pero al menos esperaba leer su mensaje.
Luego, le respondería con otro, como solían hacer, en esa suerte de juego íntimo que compartían, una especie de «hacer el amor» con palabras a distancia.
Una vez que la tripulación completó el embarque, todo se puso en marcha con la precisión de una coreografía bien ensayada.
Lori y los demás miembros de la tripulación recibieron a los pasajeros con una sonrisa cálida y un amable «Bienvenidos a bordo».
Ayudaron a algunos a colocar su equipaje de mano en los compartimentos superiores y se aseguraron de que todos estuvieran cómodamente ubicados, con los respaldos en posición vertical y los cinturones abrochados, listos para el despegue.
Aquel vuelo no iba completamente lleno, con una ocupación de poco más del 60 %.
Esto significaba que, probablemente, la jornada sería más tranquila de lo habitual, sin la prisa constante de un avión abarrotado.
Quizás incluso habría momentos para respirar entre servicio y servicio, algo poco común en las rutas más concurridas.
Debido a la menor cantidad de pasajeros, la tripulación también era reducida.
En lugar de los ocho o diez auxiliares habituales en este tipo de avión, en este vuelo solo viajaban seis: dos hombres y cuatro mujeres.
Una vez finalizado el embarque y con la cabina lista para el despegue, el avión partió puntualmente rumbo a Seattle.
Mientras rodaba por la pista, llegó el momento del protocolo de seguridad.
Como en cada vuelo, Lori y sus compañeros recorrieron el pasillo, explicando con profesionalidad y paciencia las indicaciones que muchos pasajeros ignoraban o encontraban tediosas.
Señalaron las salidas de emergencia, demostraron cómo abrochar y desabrochar los cinturones de seguridad, explicaron qué hacer en caso de despresurización —cuando las máscaras de oxígeno caerían automáticamente— y mostraron la ubicación de los chalecos salvavidas en caso de un amerizaje.
Aunque a algunos viajeros estos anuncios les parecían innecesarios o incluso inquietantes, para la tripulación eran una parte fundamental del trabajo, tan importante como cualquier otro aspecto del vuelo.
Lori tenía la suerte de compartir turno con Virgil, un auxiliar de vuelo que, aunque no demasiado veterano, sí era el más experimentado en ese vuelo.
Con un sentido del humor encantador, lograba arrancar sonrisas tanto a los pasajeros como a toda la tripulación.
Sus bromas y comentarios oportunos conseguían que el ambiente en la cabina se volviera más relajado, haciendo el viaje mucho más ameno para todos.
Tras el despegue y poco después de alcanzar la altitud de crucero, el comandante hizo su anuncio a través del intercomunicador:
—Señores pasajeros, muy buenos días. Les habla el comandante Clyde Cummings en nombre de toda la tripulación.
Bienvenidos a bordo del vuelo HA4925, con destino a Seattle.
En estos momentos hemos alcanzado nuestra altitud de crucero de 33.
000 pies y esperamos un trayecto tranquilo.
La duración estimada del vuelo será de aproximadamente seis horas y treinta minutos, con condiciones meteorológicas favorables a lo largo del recorrido.
Les recordamos que pueden relajarse y disfrutar del servicio a bordo.
Si necesitan algo, nuestra tripulación estará encantada de asistirles.
Gracias por elegirnos y que tengan un excelente viaje.
Mientras tanto, la tripulación inició el servicio de refrigerios.
Lori y sus compañeros trabajaron con agilidad, ofreciendo bebidas y aperitivos con una sonrisa, para poco después pasar recogiendo los desperdicios y asegurándose de que cada pasajero estuviera cómodo.
De vez en cuando, recorrían el pasillo con atención, siempre listos para atender cualquier solicitud o necesidad que surgiera.
Después de recoger los restos del servicio de refrigerios, Lori notó que un pasajero la llamaba con un gesto vacilante. Su expresión reflejaba inquietud y, cuando ella se acercó, él bajó la voz, como si no quisiera que los demás escucharan.
—Hola, señorita. Esto puede sonar extraño, pero... antes de abordar, un hombre me entregó este sobre y me dijo que debía llegar al piloto, sin falta —dijo, extendiéndole el sobre con evidente nerviosismo, como si le quemara en las manos.
Lori arqueó una ceja, desconcertada pero atenta, mientras tomaba el sobre con cautela. Lo miró detenidamente; no había nada escrito en él.
—¿Está seguro de que era para el comandante del avión? —preguntó ella, manteniendo la calma, mientras el hombre asentía con la cabeza.
—El hombre me dijo que debía llegar a manos del piloto —repitió, con firmeza.
—¿Conocía usted al hombre? ¿Era algún tripulante? —continuó Lori, buscando obtener más información.
El pasajero negó con la cabeza y se encogió de hombros.
—No, no lo conocía de nada. Y no parecía parte de la tripulación, no llevaba uniforme.
Era alto, vestía completamente de negro y llevaba una gorra con gafas de espejo.
¡Si apenas le vi la cara! Además, tenía guantes…
No me dio su nombre ni ninguna explicación.
—Hizo una pausa y, casi en un susurro, añadió—: ¿Por qué me lo dio a mí?
No lo entiendo… —murmuró, más para sí mismo que para Lori.
Ella sostuvo la mirada en el sobre por un instante antes de responder con calma:
—Gracias. Se lo entregaré al comandante de inmediato. Si es para él, sabrá de qué se trata.
Le dedicó una sonrisa tranquilizadora, tratando de no alarmar al pasajero, pero en su mente, una pregunta persistía: «¿Por qué tanto misterio?».
Lori le comentó la situación a su compañero Virgil antes de dirigirse a la puerta de la cabina de mando. Al llegar, tomó el telefonillo y marcó la comunicación interna.
—Comandante Cummings, soy Lori.
Un suave clic indicó que la puerta se había desbloqueado desde dentro. Lori entró con su característica sonrisa y el sobre en la mano.
—Señor, uno de los pasajeros me ha entregado esto. Dijo que debía llegar a manos del piloto del avión.
Antes de que el comandante pudiera decir una palabra, el copiloto Charles Monroe soltó una risita divertida:
—¡Clyde, quizá sea de alguna admiradora secreta!
El capitán y Lori se echaron a reír. Mientras el comandante tomaba el sobre con curiosidad, Lori le explicó brevemente la situación. Al terminar, adoptó un tono más ligero y preguntó con amabilidad:
—¿Les traigo un café?
El comandante, aún examinando el sobre con interés, levantó la vista y sonrió.
—Un buen café siempre se agradece. Gracias, Lori.
A su lado, el copiloto Charles Monroe soltó una risa.
—¡Bien cargadito!
—¡Por supuesto! Enseguida vuelvo con sus cafés —respondió Lori con una sonrisa antes de salir de la cabina, dejando atrás a los pilotos intrigados con el misterioso sobre.
Mientras Lori salía de la cabina, el comandante Cummings, impulsado por la curiosidad, abrió el sobre de inmediato.
En su interior encontró una hoja de papel blanco, con un mensaje anónimo impreso en letra mayúscula.
Lo leyó en silencio, sintiendo cómo el aire en la cabina parecía volverse más denso. El mensaje decía así:
COMANDANTE DEL VUELO HA4925: HAY UNA BOMBA A BORDO QUE DETONARÁ POR DEBAJO DE LOS 13 000 PIES.
Cummings parpadeó, atónito. Volvió a leer la nota, asegurándose de que sus ojos no le estaban jugando una mala pasada. Su corazón latía con fuerza, pero su entrenamiento le ayudó a mantener la compostura.
Extendió el papel hacia su copiloto, Charles Monroe, quien lo tomó con el ceño fruncido. Al leer el mensaje, su expresión se endureció.
—¿Qué clase de broma es esta? —murmuró, aunque su tono tenía más de preocupación que de incredulidad.
Por un instante, ambos hombres se miraron en silencio. No querían caer en el pánico, pero sabían que, si aquello era real, tenían una crisis en sus manos.
—Si es una broma, no tiene ninguna gracia… —dijo Monroe en voz baja, sin apartar los ojos del papel.
Cummings respiró hondo. No podían permitirse dudar.
—Contactemos con el control de tráfico aéreo de Nueva York. Y que nadie más se entere hasta que no sepamos cómo manejar esto.
El vuelo, que hasta hacía unos minutos transcurría con absoluta normalidad, acababa de convertirse en una potencial emergencia.
El comandante Cummings mantuvo la vista en la nota por un instante más, como si al releerla pudiera encontrar algún indicio de que se trataba de una broma pesada.
Pero no había margen para asumirlo como tal.
Mientras Cummings cerraba el sobre con cautela y lo guardaba en la bandeja bajo su asiento, Monroe asintió con gravedad y, sin perder tiempo, comenzaba a preparar la comunicación con tráfico aéreo.
Sin embargo, justo en ese momento, Lori llamó a la puerta, que ya habían dejado abierta, y entró con los cafés.