Bajo el cielo de Nueva York: ¡Todo comenzó por un café! Lori, auxiliar de vuelo #2
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Lori, auxiliar de vuelo #2

Mientras tanto, los preparativos de la boda seguían en marcha, a pesar de la distancia.

Sus padres, emocionados, ya se organizaban para viajar con ella a Nueva York para el gran día.

Lori, sin embargo, no podía evitar sentirse nerviosa.

Llegó a plantearse si debía posponer la boda hasta asegurarse de su traslado definitivo, pero sus padres la animaron a seguir adelante.

Le recordaron que la Navidad era una fecha mágica y que todo saldría bien.

Su padre, Vincent Kiloha, le tomó la mano con cariño y le dijo:

—«He Aloha Ke Akua» —un antiguo dicho hawaiano que significa: Dios es amor.

Y su madre, Gwendolyn, sonriendo, añadió con dulzura:

—¡Y cuando Dios interviene, no hay hombre que lo detenga! Ese día será perfecto, cariño. Confía.

Luego le dio un beso en la frente, transmitiéndole con aquel gesto toda la calma y el amor del mundo.

A pesar de la emoción, Lori aún no había encontrado su vestido de novia ideal.

Había visitado boutiques en Nueva York con su hermana gemela, Lily, y con Nicky, la hermana de Jim, pero ninguno de los vestidos que se probó logró convencerla por completo.

Sin embargo, ya habían elegido los vestidos de las damas de honor, que eran preciosos y perfectos para la ocasión: elegantes, festivos y muy navideños.

Fue entonces cuando mamá Gwen decidió intervenir.

Conociendo su indecisión y el clima invernal de Nueva York, le propuso ir juntas a buscar un vestido especial, hecho a medida para la temporada.

Sabía de un modisto que podría confeccionar el diseño perfecto a tiempo para la boda.

Así que, madre e hija, llenas de emoción, se embarcaron en un maravilloso día de compras, como hacía años que no lo hacían, pero esta vez con un propósito aún más especial: elegir los atuendos nupciales.

Recorrieron boutiques de novia, exploraron telas y diseños, dejando que la ilusión guiara cada elección.

Entre risas y brindis con champán, compartieron un momento único, de esos que se atesoran para siempre.

La única sombra en un día tan perfecto fue la ausencia de Lily, quien, debido a una misión, no pudo acompañarlas.

Sin embargo, su presencia en la boda estaba asegurada.

Como dama de honor principal, junto a Nicky, no faltaría al gran día por nada del mundo.

Los meses pasaron y con cada día se acercaba la fecha de la boda. Jim y Lori anhelaban reencontrarse. Extrañaban verse, tocarse, besarse y abrazarse después de tanto tiempo separados.

Aunque Lori amaba su trabajo y disfrutaba de cada jornada en los vuelos entre islas, no podía evitar sentir una creciente preocupación por no llegar a tiempo para su boda con el amor de su vida.

¿Y si no le concedían la solicitud? O, al menos, el permiso necesario para asegurarse de estar allí a tiempo para casarse.

Entonces, a finales de octubre, Hawaiian Airlines le ofreció la oportunidad de ampliar su formación para operar en aviones más grandes, como el Airbus A330, lo que le permitiría optar a vuelos de mayor distancia.

Sus superiores no solo se lo ofrecieron, sino que también se lo recomendaron, ya que abriría nuevas puertas en su carrera.

Lori aceptó sin dudarlo; para ella, cada nueva experiencia era un paso más en su crecimiento profesional.

Quería estar preparada para cualquier tipo de avión y seguir avanzando en su carrera como auxiliar de vuelo.

Tras completar con éxito la formación y certificarse para operar en aviones de fuselaje ancho, a principios de noviembre recibió la noticia que tanto había esperado: a partir de diciembre, su nueva base sería en la terminal 4 del aeropuerto JFK, en Nueva York.

No cabía en sí de felicidad. ¡Por fin le habían asignado Nueva York como base… y justo antes de su boda!

Su viaje inaugural desde Honolulu a Nueva York estaba programado para el 30 de noviembre y, para su alegría, en ese mismo vuelo viajarían sus padres.

Emocionados y orgullosos, tendrían la oportunidad de verla en acción, desempeñándose con profesionalismo y elegancia como una impecable auxiliar de vuelo.

Además, llegarían con suficiente antelación para ayudar en los últimos preparativos de la boda, lo que hacía que el momento fuera aún más especial.

El vuelo inaugural de Lori a Nueva York sería a bordo de un A330.

Se trataba del vuelo HA624, con salida programada desde Honolulu (HNL) a las 23:15.

Su itinerario incluía una escala en San Francisco (SFO) de 1 hora y 41 minutos, llegando allí a las 7:20 de la mañana siguiente.

Desde San Francisco, retomaría el viaje a las 9:01, con destino al Aeropuerto Internacional John F.

Kennedy (JFK), donde aterrizaría a las 17:41.

En total, el trayecto sumaba aproximadamente 12 horas y 26 minutos de viaje.

Cuando llamó a Jim para darle la noticia, apenas podían contener la emoción. Después de tanta espera, por fin todo parecía encajar a la perfección.

Al llegar a Nueva York, sus padres se dirigieron a la zona de recogida de equipaje, mientras Lori permanecía en el avión para completar sus tareas finales.

Como auxiliar de vuelo, debía supervisar la cabina, asegurarse de que ningún pasajero hubiera olvidado pertenencias y verificar que todo estuviera en orden antes de despedirse de la tripulación.

Solo entonces pudo salir a reencontrarse con su familia.

El cansancio era evidente tras el largo viaje, además del cambio de horario, pero la emoción superaba cualquier fatiga.

Jim y sus padres ya se conocían gracias a varias videollamadas por Skype, pero aquella era la primera vez que se veían en persona.

Se saludaron con calidez y sonrisas mientras esperaban a Lori.

Cuando finalmente apareció con su pequeña maleta de cabina con el logotipo de Hawaiian Airlines, Jim no pudo contenerse.

Allí estaba ella, después de meses de espera, más hermosa que nunca, y avanzaba directamente hacia él.

Con un gran ramo de flores en una mano y una sonrisa radiante, la recibió en cuanto cruzó la zona de desembarque. Sin importar la multitud de viajeros y el personal del aeropuerto, la tomó en sus brazos y la besó apasionadamente, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.

Antes de regresar a casa, a Lori aún le quedaba un último paso por cumplir: presentarse en la Terminal 4 del Aeropuerto Internacional John F.

Kennedy (JFK), que, a partir de ese día, se convertiría en su nueva base de operaciones.

Allí debía completar los trámites administrativos y recibir las instrucciones sobre sus futuras asignaciones de vuelo, que aún estaban por definirse.

Ese primer procedimiento marcaba oficialmente su integración en la tripulación con base en Nueva York, acercándola un poco más a la vida que siempre había anhelado junto a Jim.

Jim los llevó a casa, donde Lori vivía con su hermana gemela, Lily.

Sin embargo, debido a sus constantes misiones como enfermera militar, Lily no pasaba mucho tiempo allí y, en ese preciso momento, se encontraba fuera del país en una misión.

Aun así, estaba previsto que regresara a tiempo para la boda, lo que le permitiría reencontrarse con sus padres después de tanto tiempo.

Durante su estancia en Nueva York, sus padres se alojarían con ellas, ocupando la habitación de invitados, que normalmente era la de Lily.

Para la ocasión, las hermanas volverían a compartir habitación, algo que les hacía especial ilusión, pues les traía recuerdos de su infancia cuando dormían juntas y pasaban horas conversando antes de quedarse dormidas.

Tras asegurarse de que Lori y sus padres estuvieran cómodos y pudieran descansar, Jim se despidió con un amoroso beso y se dirigió a su casa, ya que al día siguiente debía trabajar.

Sin embargo, esta vez la despedida no era amarga, porque por fin estaban en la misma ciudad y tendrían muchas más oportunidades de compartir tiempo juntos.