La proposición #3
Se perderían entre las calles bohemias de Montmartre, brindarían con champán bajo la Torre Eiffel y navegarían por el Sena al atardecer.
Luego, recorrerían la Roma imperial, lanzarían una moneda en la Fontana de Trevi y se dejarían envolver por el encanto de la dolce vita .
Más que un simple viaje, sería la celebración de su amor en dos de los lugares más románticos del mundo, donde cada rincón contaba una historia y cada momento juntos se convertiría en un recuerdo imborrable.
Coincidieron en que siempre habían soñado con visitar París y Roma algún día, y ahora tendrían la oportunidad de hacerlo juntos, como recién casados.
Aquello solo confirmaba lo que ya sabían en el fondo: estaban hechos el uno para el otro. Eran almas gemelas.
Durante aquella etapa de prometidos, se sumergieron de inmediato en los preparativos de la boda.
Lo primero en la lista era encontrar la iglesia.
Jim tenía muy claro dónde y quién podría casarlos; solo esperaba que la fecha elegida, el 25 de diciembre, estuviera disponible.
Hablaron con su amigo y sacerdote católico, el padre Bob [5] , un cura poco convencional, carismático y con un gran sentido del humor.
Era párroco de una pequeña iglesia acogedora, casi como una capilla, enclavada entre los imponentes rascacielos de Brooklyn.
Su nombre evocaba un significado especial: El Portal del Cielo.
Cuando le propusieron la idea, el padre Bob se mostró entusiasmado.
Afortunadamente, ese día no tenía compromisos por la tarde, ya que su única misa de Navidad estaba programada para el mediodía.
Además, aceptó encantado la invitación a la recepción, confesando que disfrutaba enormemente de las bodas y que, para sorpresa de muchos, ¡era un gran bailarín!
Con la iglesia asegurada, ahora debían encontrar un lugar para la recepción y la fiesta. Sin embargo, organizar un evento en plena temporada navideña no sería tarea fácil. Aun así, afrontaban cada desafío con ilusión, sabiendo que cada paso los acercaba más al día en que unirían sus vidas.
Mientras avanzaban en los preparativos, también se daban tiempo para disfrutar juntos.
Aprovechaban sus días libres para hacer pícnics en Central Park, donde compartían charlas interminables, risas y caricias furtivas entre sorbos de vino.
También les encantaba bailar, salir a cenar y pasear bajo la lluvia, un pequeño placer que ambos compartían y que los hacía sentirse protagonistas de su propia historia de amor.
De vez en cuando, escapaban a lugares cercanos para pasar un fin de semana juntos, creando recuerdos que atesorarían para siempre. Su romance estaba envuelto en magia.
Una tarde, habían planeado merendar en Central Park.
Jim pasó a recogerla y, antes de dirigirse al parque, ella insistió en hacer una breve parada en un supermercado cercano para comprar algunas golosinas más.
Mientras tanto, él la esperaba sentado en un banco, con la cesta de pícnic lista: una botella de vino con sus copas, delicados canapés, sándwiches recién preparados y una cálida manta para sentarse sobre la hierba.
No tardó en verla regresar con una sonrisa radiante y una bolsa en la mano.
—¡Se nos había olvidado el champán! —exclamó ella, riendo con alegría mientras levantaba la botella como si fuera un tesoro recién descubierto.
Jim no pudo resistirse y le dio un beso fugaz.
—¡Qué haría yo sin ti! ¡Piensas en todo! —exclamó, contagiado por su entusiasmo.
Luego, caminaron juntos hasta encontrar el lugar perfecto, a la sombra de un frondoso árbol. Se acomodaron sobre la manta, disfrutando de la brisa suave y del sonido lejano de la ciudad.
Jim la observaba con atención, embelesado.
De repente, algo en ella llamó su atención…
había un cambio, una diferencia sutil que no lograba descifrar.
Se veía preciosa, coqueta como siempre, pero había algo más, algo que no terminaba de encajar.
No sabía explicarlo, pero una extraña sensación le recorrió el cuerpo.
Ella, notando su mirada inquisitiva, le dedicó una sonrisa traviesa.
—¿Qué pasa? —preguntó, con dulzura.
Jim titubeó un instante antes de responder.
—No lo sé… —dijo con una leve risa—. Te noto… diferente.
—¿Diferente? —repitió ella, arqueando una ceja con picardía—. ¿En qué sentido?
Él la miró fijamente, tratando de descifrar aquella extraña sensación.
—No lo sé —rio, rascándose la nuca—. Tal vez sea la luz de la tarde, pero… es como si no fueras tú.
Antes de que pudiera seguir especulando, escuchó una carcajada detrás de él.
Se giró de inmediato, y su expresión pasó de la confusión a la incredulidad al ver a…
¿otra Lori? Se acercaba riendo a carcajadas, como si aquello fuera lo más divertido del mundo.
Jim parpadeó, atónito. Entonces miró a la mujer sentada frente a él y lo entendió todo.
No era Lori. Era Lily quien se encontraba a su lado.
Las gemelas habían aprovechado la ocasión para gastar una broma a Jim.
Se intercambiaron disimuladamente cuando Lori fue al supermercado, con la intención de ver si él sería capaz de notar la diferencia entre ellas.
Al principio, Jim se sintió desconcertado.
No había sospechado ni por un instante que pudieran hacerle algo así, pero pronto su sorpresa dio paso a la risa.
Lo que más le impactó fue que, aunque Lily y Lori eran idénticas, algo dentro de él le decía que aquella mujer frente a él no era su Lori.
Y eso lo cambió todo. Porque, sin saber exactamente cómo, la reconocía.
Su corazón lo sabía. No se trataba de un detalle físico ni de una diferencia evidente.
Era su energía, su mirada, su esencia. Jim conocía a Lori de una manera tan profunda que, aunque su hermana gemela fuera su reflejo exacto, su alma le decía que aquella no era ella.
Lori se acercó a él y le besó en la mejilla, aún riendo divertida, pero también con la alegría de saber que él la había reconocido. Parecía un juego entre almas gemelas.
—Bueno, Jim… —dijo Lily, guiñándole un ojo—. Debo admitir que no logramos engañarte. Te felicito, ¡lo notaste!
Jim alternó la mirada entre Lily y Lori y, al instante, los tres estallaron en risas, celebrando la ingeniosa y eficaz broma.
—Por supuesto que lo noté —murmuró Jim, entrelazando sus dedos con los de Lori—. Porque ahora sé con certeza que somos almas gemelas.
Ella le apretó la mano con cariño y en ese momento, supieron con certeza que nada ni nadie podría jamás confundir su amor.
Siempre que Lily estaba en casa de permiso, Lori aprovechaba la oportunidad para avanzar con los preparativos de la boda.
Las compras y pruebas de los vestidos de novia y de damas de honor eran prioridad, y Lily, siendo hermana gemela, era la compañía perfecta para esos momentos.
Pero no estaban solas en esta aventura. Nicky, la hermana de Jim, también se unía cuando tenía días libres, y juntas formaban un equipo inseparable.
Las tres se habían hecho superamigas desde el primer momento, y cada salida de compras se convertía en una excusa perfecta para compartir risas, brindis y anécdotas.
Más que cuñadas, se sentían como hermanas.