La proposición #2
Al final de la jornada, tras terminar sus turnos, Jim y Dimitri invitaron a Lori a brindar con champán en su pub habitual, por supuesto, cuando ella también hubiera finalizado su turno.
Entre risas y bromas, Jim se sorprendió al enterarse de que le llevaba once años de diferencia a Lori, un detalle en el que nunca había reparado.
Él acababa de cumplir 41 años recientemente, coincidentemente en el mismo mes que ella: él el 12 de mayo y ella el 27.
Otra curiosa coincidencia surgió en la conversación: Lori y su hermana gemela eran Géminis, lo que dio pie a nuevas bromas y risas. Sin embargo, en medio del jolgorio, una fugaz inquietud cruzó la mente de Jim. Se pasó una mano por el cabello y, con una mueca de fingida preocupación, exclamó:
—¡Me siento como un viejo verde!
Su tono dramático provocó una carcajada en Lori y Dimitri, quien, sin perder la oportunidad, le dio una palmada en la espalda y replicó con sorna:
—Venga, hombre, no exageres. Si tú eres viejo, yo debería estar en un museo.
Lori, sorprendida al descubrir la edad de Jim, lo miró con los ojos bien abiertos.
—¡Vaya! Yo creía que eras casi de mi edad. No los aparentas para nada, Jim —exclamó con total sinceridad.
Jim sonrió, halagado por el cumplido, y le guiñó un ojo con picardía.
—Gracias, amor. Eres un encanto —respondió, riendo, mientras le tomaba la mano con ternura.
—Tiene razón, Jim. Pareces un crío… —bromeó Dimitri con una carcajada, aunque en el fondo lo decía en serio—.
Además, la edad es solo un número. Cuando hay amor de verdad, eso no importa en lo más mínimo.
¡Y ambos sois mayores de edad! —añadió con una sonrisa traviesa, guiñándoles un ojo—.
Luego, levantó su copa y añadió con orgullo—: Yo le llevo diez años a mi esposa, y aquí estamos, felices después de tantos años juntos.
Criamos cinco hijos con amor y respeto, y nunca ha importado la diferencia de edad.
Sus palabras disiparon cualquier inquietud en Jim. Al mirar a Lori, sonriendo con dulzura mientras brindaban, supo que lo único que realmente importaba era lo que sentían el uno por el otro.
A partir de ahí, comenzaron a hablar sobre su futura boda, imaginando cómo y dónde les gustaría celebrar su enlace.
Jim prefería algo sencillo, aunque le encantaban las reuniones familiares.
Sin embargo, su familia era numerosa y, además, tenía muchísimos amigos ansiosos por asistir a su boda.
No podía decepcionarlos. Por mucho que deseara una celebración íntima, comprendió que su boda tenía que ser grandiosa.
Ella, en cambio, no tenía preferencias demasiado marcadas.
Cuando era pequeña, como muchas niñas, alguna vez soñó con una boda de cuento de hadas, con su príncipe azul esperándola al final del altar.
Le ilusionaba la idea de una ceremonia espectacular, aunque también le bastaría con algo pequeño e íntimo.
En realidad, su familia era reducida, aunque contaba con muchos amigos.
Por eso, decidió dejar la decisión en manos de Jim.
La cuestión religiosa no tardó en aparecer en la conversación.
Jim, de ascendencia irlandesa, era católico, mientras que ella, aunque creía en Dios, no seguía ninguna religión en particular.
Su madre había nacido en una familia mormona, pero al casarse con su padre, un hawaiano cristiano, ambos decidieron que el amor estaba por encima de las diferencias doctrinales.
«Dios es uno solo y no distingue entre credos», solían decir.
Afortunadamente, en su familia nunca hubo imposiciones ni exigencias en ese sentido, por lo que cuando llegó el momento de decidir el tipo de ceremonia, optaron por una boda católica.
No solo respetaban la tradición de Jim y su familia, sino que al final, lo que realmente importaba era la unión en sí misma, más allá del rito que la sellara.
Por el momento, todo era solo una conversación, un intercambio de ideas sobre los pros y los contras de unir sus vidas ante Dios.
Pero había algo que tenían claro: ambos eran creyentes y, más allá de la magnitud de la ceremonia, lo verdaderamente importante era el compromiso que estaban dispuestos a asumir juntos.
Pensaron en elegir una fecha significativa para su boda, algo especial que le otorgara un valor aún más simbólico a su unión.
El día de San Valentín, la celebración del amor por excelencia les pareció una opción encantadora.
Sin embargo, el próximo 14 de febrero, que sería al año siguiente, caía de domingo, y no lo consideraban del todo apropiado, ya que muchos de sus invitados tendrían que madrugar para ir a trabajar al día siguiente.
También contemplaron la Pascua, una festividad con un profundo significado espiritual, además de una época hermosa para celebrar su enlace.
No obstante, al final encontraron una opción aún más memorable, un día que simbolizaba amor, reuniones familiares, esperanza y el intercambio de regalos: la Navidad.
Ese mismo año, la Nochebuena, su día favorito, caía en viernes, y aunque hubieran preferido casarse ese día, el día de Navidad, que caía en sábado, también les pareció una opción perfecta.
La idea los entusiasmó de inmediato. Casarse en Navidad les pareció un regalo inigualable, la manera perfecta de sellar su amor en una fecha mágica y especial.
Podrían haber esperado al año siguiente, cuando Nochebuena caería en sábado, pero la verdad era que no querían esperar tanto.
La emoción de compartir ese momento tan significativo los convenció de que ¡no había mejor ocasión que aquella Navidad!
A Lori también se le ocurrió la idea de casarse en Hawái.
Cuando se lo mencionó a sus padres, estos se mostraron entusiasmados con la posibilidad de celebrar la boda en su tierra natal, rodeados de playas paradisiacas y la esencia cálida de las islas.
Se ofrecieron a organizarlo todo, asegurando que sería una boda auténticamente hawaiana: exótica, colorida y llena de tradiciones folclóricas que harían del evento algo único e inolvidable.
Y para hacerla aún más especial, ¡tendría un toque navideño-hawaiano!
Luces centelleando entre las palmeras, leis (guirnaldas de flores) adornadas con detalles festivos y la magia de la Navidad fusionándose con el espíritu aloha , creando un ambiente tan encantador como inolvidable.
Además, la recepción, probablemente al anochecer, sería un auténtico luau , con música tradicional, danzas hula y un festín de delicias isleñas bajo un cielo estrellado, enmarcando la celebración con la calidez y alegría propias de Hawái.
La idea también encantó a Jim, y por un momento, ambos se dejaron llevar por la imagen idílica de darse el «sí, quiero» con el océano como testigo y la brisa tropical acariciándolos, en un escenario tan mágico como significativo para Lori.
Sin embargo, tras sopesar los pros y los contras, se dieron cuenta de que casarse tan lejos supondría una dificultad para la mayoría de sus seres queridos.
La mayoría de sus amigos y familiares vivían en Nueva York, y muchos de ellos no podrían viajar hasta Hawái por diversas razones, algunas evidentes.
Al final, eligieron lo que realmente importaba: celebrar su boda rodeados de sus seres queridos.
Nueva York se convirtió en la opción ideal, donde el invierno le añadiría un encanto especial a la ocasión y, con algo de suerte, la nieve convertiría su gran día en un escenario de cuento.
Además, estar cerca de familiares y amigos garantizaba que nadie faltara a la celebración.
Afortunadamente, los padres de Lori estaban más que dispuestos a viajar, lo que hizo que la decisión fuera aún más sencilla y les permitiera centrarse en lo más importante: disfrutar el momento.
Sin embargo, tenían un gran desafío por delante: organizar la boda en apenas seis meses, junio estaba a punto de comenzar.
Aun así, les pareció tiempo suficiente para planificar cada detalle, desde la ceremonia hasta la celebración.
Confiaban plenamente en que el amor podía con todo y estaban decididos a convertir aquel día en un recuerdo imborrable.
Sería una fecha mágica, envuelta en el espíritu de la Navidad, con luces brillantes, un árbol de Navidad, villancicos y la calidez de sus seres queridos.
Un día de alegría y regalos, aunque ninguno tan valioso como el que ellos mismos se darían: el intercambio de votos.
El «Sí, quiero»… Sus promesas, sinceras y profundas, serían el obsequio más preciado, un lazo irrompible que sellaría su amor para siempre.
Pronto también comenzaron a soñar con la luna de miel.
¿Dónde les gustaría ir? Buscaban un destino romántico y elegante, un lugar que capturara la esencia de su amor.
En aquel momento, Tailandia y las islas tropicales eran opciones populares entre las parejas, pero ellos no querían seguir modas.
Querían un destino que realmente los representara.
Hawái, por supuesto, apareció en la lista.
Después de todo, era el hogar de Lori, un lugar lleno de recuerdos y significados para ella.
Pero tras pensarlo, concluyeron que siempre podrían visitarlo en vacaciones a lo largo de su vida juntos.
Esta vez, querían algo diferente, una experiencia nueva y única que marcara el inicio de su vida juntos.
Tras reflexionarlo, llegaron a la conclusión de que no había elección más perfecta que dos de las ciudades más icónicas y llenas de historia, auténticos símbolos del romance y la belleza: París y Roma.
La elegancia atemporal de la Ciudad de la Luz y el esplendor majestuoso de la Ciudad Eterna ofrecían el escenario ideal para su luna de miel.
Dependiendo de cuántos días les concedieran en sus respectivos trabajos, planearían su viaje para disfrutar lo mejor de ambos destinos.