Bajo el cielo de Nueva York: ¡Todo comenzó por un café! La proposición
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La proposición

T ras aquella boda que parecía obra del destino, Jim intentaba no parecer insistente, pero no podía evitar escribirle a Lori. Prefería los mensajes a las llamadas, temiendo interrumpir su trabajo o cualquier otro compromiso. Sus textos eran sencillos, casi tímidos:

¿Cómo estás?

¿Te apetecería salir el sábado? Podríamos tomar algo, charlar… o lo que quieras. Sin compromiso.

Quería ser discreto, pero la verdad era que moría de ganas de hablar con ella y verla cuanto antes.

Desde aquella noche, lo único que habían compartido eran miradas furtivas y saludos apresurados en medio de sus rutinas diarias.

Ni siquiera aquel apasionado beso espontáneo en la boda —que a ella parecía haberle gustado tanto como a él— ni la mutua confesión de su atracción lograban saciar sus ganas de tenerla cerca.

Él quería más. Quería estar con ella, conocerla de verdad, descubrir qué había detrás de su sonrisa y de esas miradas que lo tenían atrapado.

Pero, sobre todo, necesitaba saber si ella sentía lo mismo.

Jim no era un hombre de largas esperas ni de relaciones sin rumbo.

Por lo general, bastaban unas pocas citas para saber si algo tenía futuro o no.

Pero con Lori… con ella todo se sentía distinto.

Había una chispa que no podía ignorar. Su espontaneidad y naturalidad le hacían pensar que el interés era mutuo.

Y eso solo aumentaba sus ganas de tenerla cerca.

Así, poco a poco, comenzaron a verse con más frecuencia.

Cada encuentro se volvía más natural, más fluido, más necesario.

Hasta que, casi sin darse cuenta, ya se presentaban como pareja.

La relación parecía funcionar, aunque aún estaban en la etapa de conocerse mejor, explorando la complicidad que crecía entre ellos.

Pero llegó un punto en el que ya no podían imaginar sus días sin el otro.

Lo que comenzó con mensajes y citas casuales se había transformado en algo profundo y real.

Y entonces, una noche especial, en una cena a la luz de las velas, ocurrió lo inevitable.

—Creo que estoy enamorado de ti —confesó Jim, su voz firme, pero con un deje de vulnerabilidad.

Lori lo miró en silencio por un instante, como si quisiera grabar cada palabra en su memoria. Luego, con una sonrisa que iluminaba más que las velas de la mesa, respondió:

—Yo también.

Y en ese momento, Jim supo, con absoluta certeza, que era correspondido.

Dimitri, que ya lo sabía todo incluso antes de que se lo confirmaran, no se sorprendió en absoluto. Su experiencia en la materia y las señales eran más que evidentes: Jim y Lori estaban enamorados. Y lo mejor de todo era que Jim ya no intentaba negarlo. Al contrario, lo asumía con orgullo.

Tanto así que, un día, se acercó a Dimitri con una petición especial.

—Dimitri, necesito tu sabiduría en algo… ¿Me ayudarías a elegir un anillo de compromiso, amigo?

Lo miró por un instante, como si quisiera asegurarse de que lo que acababa de escuchar era real. Sus ojos se entrecerraron y una ligera risa escapó de sus labios. Luego, una amplia sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro, como si finalmente todo tuviera sentido.

—¿Para Lori? —preguntó con una pizca de picardía, claramente seguro de la respuesta, pero disfrutando del momento.

Jim le respondió mientras levantaba una ceja:

—No, para aquella señora del parque… —dijo con un toque de sarcasmo, antes de añadir—: ¡Por supuesto que para Lori! —exclamó, como si la respuesta fuera tan evidente que no hacía falta aclararla.

Dimitri soltó una carcajada y, sin perder el ritmo, le dio un buen golpe en el hombro a Jim, como si todo hubiera quedado claro entre ellos.

—¡Eso no hace falta ni que lo preguntes! —respondió entre risas, pero con un entusiasmo palpable; sentía una mezcla de orgullo y alegría al ser parte de ese momento tan significativo en la vida de su querido amigo.

Era un tipo de vínculo que solo los verdaderos amigos podían compartir.

Por supuesto que Jim ya había llevado a Lori a conocer a sus padres en una tarde de reunión familiar.

Selena y Conor quedaron encantados con ella, y Lori pronto descubrió que Jim había exagerado al describir a su madre como una mujer recatada, estirada y estricta, típica londinense. Nada más lejos de la realidad.

A Lori, los padres de Jim le parecieron encantadores. Conor era un hombre afable y bonachón, siempre pendiente de atender a sus invitados con esmero, mientras que Selena era la amabilidad personificada: dulce, cariñosa y de una elegancia natural que no tenía nada de fría y distante.

Después de llevarla a casa, al despedirse, Lori sonrió y le dijo:

—Me han encantado tus padres, son maravillosos. ¡Y tu madre no es como la pintas! Nada de estirada ni recatada, es una señora elegante, dulce y encantadora.

Jim soltó una carcajada antes de responder con fingida indignación:

—¡Eso es contigo! A nosotros nos tenía bien controladitos… «¡A la orden, mi sargento!» —exageró, imitando una postura marcial antes de reírse.

En el fondo, sabía que su madre siempre había sido amorosa y solo quería inculcarles educación, refinamiento y buenos modales. Lori fue recibida con los brazos abiertos en la familia, y la calidez de los O’Hara le hizo sentirse en casa desde el primer momento.

Era un soleado y apacible día de mayo cuando, por casualidad, Jim vio a Lori en una esquina de Central Park. Estaba de pie, seguramente esperando a sus turistas, a quienes les había dado tiempo para recorrer el parque… ¡sin perderse! Poco a poco, uno a uno, comenzaban a reunirse a su alrededor.

Jim y Dimitri se acercaron a saludarla, tomándola por sorpresa.

—¡Buenos días! —dijeron ambos con una sonrisa.

—¡Oh, hola! ¡Buenos días! —exclamó Lori, visiblemente sorprendida pero encantada.

Mientras charlaban animadamente, Lori iba saludando a los turistas que regresaban y contándolos mentalmente. Aún faltaban algunos, pero ya quedaban pocos. Fue entonces cuando Dimitri, con su natural carisma, se dirigió al grupo.

—¿De dónde son? —preguntó con una sonrisa amable.

—¡De Hawái! —respondieron algunos de ellos, felices por la cálida bienvenida de aquellos dos agentes de policía.

Jim esbozó una sonrisa cómplice y, mirando a todos con entusiasmo, dijo:

—Pues, Aloha! [2] E Komo Mai [3] … —intentó pronunciar correctamente, sonriendo al ver las miradas curiosas—, ¡Bienvenidos a Nueva York! —añadió.

— Mahalo! [4] —respondieron todos al unísono, claramente entusiasmados y mirándolo con gratitud.

Lori también observaba sorprendida y admirada al escucharle pronunciar esas palabras con tanta fluidez, mientras Dimitri, aunque algo sorprendido, sabía bien que Jim tenía un talento excepcional para adaptarse a cualquier situación.

Tras una breve pausa, Jim adoptó un tono más misterioso, mientras dirigía una mirada significativa y un guiño cómplice hacia Lori.

—Si me permiten un momento, quiero que sean testigos de algo importante… —dijo, con un brillo en los ojos—. Pero esperemos a que lleguen los que faltan.

Lori lo miró, intrigada, sin poder evitar preguntarse: «¿Qué estará tramando Jim?».

El grupo siguió conversando animadamente hasta que, por fin, todos los turistas estaban reunidos.

Lori hizo el recuento final y, al confirmar que no faltaba nadie, Jim intercambió una rápida mirada con Dimitri, quien ya tenía su móvil en la mano, listo para sacar fotos del momento, y le guiñó un ojo.

Entonces, sin previo aviso, Jim se colocó frente a Lori.

Su expresión se tornó solemne, aunque sus ojos irradiaban felicidad.

Luego, ante la mirada atónita de ella y la expectación de los presentes, puso rodilla en tierra y sacó una pequeña caja en forma de corazón.

Al abrirla, un hermoso anillo de compromiso brilló bajo la luz del sol.

Los turistas hawaianos, emocionados e intuyendo lo que estaba a punto de suceder, dejaron escapar un sonoro «¡Ooooooh!» de sorpresa y admiración.

Lori se quedó sin aliento. Sus ojos se abrieron con incredulidad mientras miraba a Jim, completamente embelesada. ¿Ahí, delante de todo su grupo de turistas? No podía creerlo.

Entonces, con una voz firme pero cargada de emoción, Jim pronunció las palabras que hicieron latir el corazón de Lori aún más rápido:

—Lorraine Kiloha, ¿quieres unir tu vida a la mía y ser mi amada esposa?

Lori sintió que se le humedecían los ojos. No sabía si reír o llorar de felicidad. La sorpresa era absoluta, pero aún mayor era la alegría que la embargaba.

—¡Sí! ¡Claro que sí! —exclamó con euforia—. Jim… sí… —repitió, conmovida, mientras lo miraba con amor.

Su grupo de turistas rompió en aplausos y vítores. Los «¡bravo!» y «¡felicidades!» se mezclaban con risas y exclamaciones de emoción. Enseguida, al unísono, comenzaron a corear con entusiasmo:

—¡Que se besen! ¡Que se besen!

Dimitri, divertido, silbó fuerte mientras los transeúntes que pasaban por la zona, al darse cuenta de la escena, se unían espontáneamente a los aplausos.

Jim se incorporó con una sonrisa radiante y, sin soltar la mano de Lori, la atrajo hacia él.

Sin pensarlo dos veces y, entre risas y lágrimas de felicidad, se fundieron en un beso que selló aquel mágico e inesperado momento.

Aquella esquina de Central Park, por un instante, se había convertido en un escenario de alegría y celebración. Y en medio de todo, Jim y Lori supieron que ese día quedaría grabado para siempre en sus corazones. ¡Además de en las fotos que sacó Dimitri!

A partir de ese día, estaban oficialmente prometidos. Lo que Jim no sabía en ese momento —pero descubrió más tarde— era que aquel día coincidía con el 30º cumpleaños de Lori, lo que convertía la ocasión en una doble celebración.