Romance al alcance #4
Por supuesto, durante aquella boda, Jim no perdió la oportunidad de presentar a Lori a sus hermanos.
Desde el primer instante, Nicky y Andy quedaron encantados con ella.
Lori tenía un carisma natural, una calidez que la hacía encajar a la perfección en la dinámica de los O’Hara, como si siempre hubiera formado parte de la familia.
Su espontaneidad, su sentido del humor y la facilidad con la que se integró en las conversaciones hicieron que, en cuestión de minutos, Nicky y Andy la sintieran como alguien cercano, casi como si la conocieran de toda la vida.
Esa misma noche, de regreso en casa, Nicky no pudo contener su entusiasmo y se acercó a Jim con una gran sonrisa.
—¡Ya era hora, hermanito! A tu edad, el arroz está a punto de pasarse —bromeó con una risa divertida, dándole un leve codazo en el brazo—. No sabes cuánto deseo disfrutar de tu boda. —Y, antes de que Jim pudiera replicar, añadió con entusiasmo—: Además… ¡quiero ir de dama de honor!
Desde el otro lado del salón, Andy, que había estado escuchando la conversación, se unió a la broma.
—¡Y yo seré tu padrino! —gritó con emoción.
Jim resopló y negó con la cabeza, divertido pero incrédulo.
—Pero ¡qué estáis diciendo! Tranquilos, chicos. No adelantéis acontecimientos… Lori y yo apenas estamos empezando a conocernos —respondió, tratando de mantener la compostura.
Sin embargo, mientras decía esas palabras, una parte de él sabía que no eran del todo ciertas.
Sí, era cierto que él y Lori aún tenían mucho por descubrir el uno del otro.
Pero, en el fondo, Jim ya intuía lo que sentía por ella.
Era algo más que una simple atracción… era amor.
Lo que no podía asegurar era si Lori sentía lo mismo por él.
Nicky, cruzándose de brazos y con una expresión traviesa, le guiñó un ojo.
—Solo estamos practicando para el futuro.
—¡Muy próximo, espero! —añadió Andy, riendo.
Jim los miró, fingiendo molestia, pero sin poder ocultar la sonrisa que amenazaba con asomar en sus labios.
Porque, aunque sus hermanos bromeaban, él no podía negar que la idea de un futuro con Lori sonaba demasiado bien como para descartarla tan rápido.
Siguiéndoles el juego, Jim dirigió la mirada a su hermana Nicky y, con una sonrisa traviesa, replicó:
—Mira quién habla. A la que se le va a pasar el arroz es a ti. Yo soy un hombre, y ese dicho se refiere a las chicas. —Rio con ganas, disfrutando de la conversación.
Nicky puso los ojos en blanco y cruzó los brazos, fingiendo estar ofendida.
—Por favor. ¿Yo, casada? Mi hombre ideal solo existe en la gran pantalla… Estoy esperando a Bond. James Bond —dijo con una sonrisa segura.
Jim alzó una ceja, claramente escéptico.
—Ya… excepto que no pude evitar notar cómo mirabas a tu capitán. ¿Cómo se llama? Ah, sí… el capitán Campbell.
Nicky soltó una risa, aunque el leve rubor en sus mejillas la delataba.
—¡Anda ya, no digas tonterías! —protestó, agitando la mano con gesto despreocupado—. Además, ya sabes que las relaciones dentro del equipo están totalmente prohibidas. Y, en cualquier caso… a ese hombre le vale todo lo que tenga pecho. ¡Le gustan todas! No le llaman el Capitán Casanova por nada.
Jim sonrió con picardía, inclinándose hacia ella.
—Ya, ya… pero con todas las mujeres guapas que había en la boda, ¿a quién no le quitó el ojo de encima en toda la noche? A ti.
—Soy la única que no ha caído en sus encantos, y por eso le pica el orgullo. Quiere conquistarme como sea, pero no pienso caer —dijo Nicky, encogiéndose de hombros con fingida indiferencia—. No voy a ser otro nombre más en su lista.
Jim soltó una carcajada.
—Curioso, porque en la pista de baile parecíais bastante… cómplices. Vamos, que bailabais mejilla con mejilla. Muy lejos de marcar distancia, ¿eh?
—Solo le seguía el juego, nada más —respondió Nicky, intentando sonar despreocupada, aunque su tono la traicionaba un poco.
Al otro lado de la sala, Andy se echó a reír —quizá demasiado fuerte—. Jim se volvió hacia él con una sonrisa.
—¿Y tú qué, Romeo? No creas que no vimos cómo mirabas a esa dama de honor… ¿Cómo se llamaba? ¿Emily?
Andy levantó las manos en señal de rendición, con los ojos bien abiertos.
—¡Está bien, está bien, lo admito! ¡Me gusta! Es encantadora… ¡y es italiana! ¿Y esos hoyuelos? Vamos… Mamma mia!
Las risas no tardaron en volver y los tres hermanos siguieron bromeando hasta bien entrada la noche, entre anécdotas, bromas y recuerdos compartidos.
Finalmente, el cansancio comenzó a hacer mella y uno a uno se retiraron a descansar.
Jim, que aquella noche se quedaría en el apartamento familiar, se despidió con una sonrisa antes de dirigirse a la habitación de invitados, sintiéndose más en casa que nunca.
Lo cierto es que, desde aquel momento, algo en las vidas de Jim y Lori cambió de manera sutil pero profunda.
Sin necesidad de palabras, sin acuerdos explícitos, ambos comenzaron a buscarse en cada rincón de la ciudad.
Cuando estaban en la calle, en pleno trabajo, sus miradas se buscaban casi de manera instintiva.
Bastaba un cruce de caminos, un instante en el que sus ojos se encontraban a lo lejos, para que una sonrisa cómplice apareciera en sus rostros.
Si tenían la oportunidad, alzaban la mano en un saludo discreto, pero cargado de significado.
Los turistas de Lori no tardaban en notar aquellos gestos repetitivos.
Más de uno se fijaba en cómo la guía turística saludaba con entusiasmo a aquel apuesto oficial de policía.
No era un simple gesto de cortesía; sus ojos se iluminaban cada vez que se veían.
Algunos viajeros, con perspicacia, daban por sentado que eran pareja; otros, más románticos, estaban convencidos de que eran un matrimonio feliz.
Después de todo, había algo en la manera en que Jim y Lori se miraban que hablaba de una conexión especial, de algo más profundo que una simple amistad.
Por su parte, Dimitri no necesitaba suposiciones. Para él, todo estaba más que claro. Observando a su amigo, notó enseguida lo inevitable: Jim estaba enamorado, por mucho que él intentara disimularlo. Y no solo eso… había encontrado a su alma gemela.
Dimitri sonrió para sí mismo, casi con orgullo.
No le cabía la menor duda: tarde o temprano, tendría que prepararse para asistir a una boda.
Y, sinceramente, no podía estar más feliz por ello.
Quizás Jim aún no lo comprendiera del todo, pero Dimitri sí.
Lo sabía con certeza. Y en su corazón, estaba seguro de que el destino, una vez más, había hecho su magia.
Bromeando, solía decirle con una sonrisa:
—Ya me invitarás a tu boda, ¿no? ¡A esa sí que no pienso faltar!
Jim alzaba las cejas, fingiendo sorpresa, antes de soltar una carcajada.
—¡Pero bueno, tú también! —exclamó, divertido—. ¡Qué manía os ha entrado a todos con casarme!
—Porque ya va siendo hora de que sientes la cabeza —soltó Dimitri con una sonrisa socarrona—. Y, además, ya tienes a la chica perfecta. ¿Qué más necesitas? No me digas que aún te lo estás pensando.
Jim suspiró y desvió la mirada. En el fondo, sabía que Dimitri tenía razón. Todo lo que decía era cierto… pero una duda persistente lo carcomía por dentro.
¿Y si ella no quería? ¿Y si, a pesar de lo que él sentía, Lori no compartía sus mismos planes para el futuro? Además… ¡llevaban muy poco tiempo saliendo! ¿No era demasiado pronto? ¿No se estaría precipitando al pensar en algo tan serio tan rápido?
«Hasta que no se lo pregunte, no lo sabré», se repitió a sí mismo, decidido.