Romance al alcance
U n día cualquiera, tras terminar su jornada, Jim y Dimitri deciden pasar por un pub para tomar unas cervezas antes de retirarse a casa.
Dimitri, siempre atento a su familia, llama a su esposa para avisarle que llegará un poco más tarde, asegurándole que no tiene de qué preocuparse.
De paso, piensa comprarle unos dulces a ella y a los niños como pequeña sorpresa.
Así era Dimitri: cariñoso, detallista y completamente entregado a los suyos.
Mientras beben y disfrutan del ambiente relajado del bar, la conversación se anima con un tema peculiar: la inminente jubilación de Dimitri.
Aunque aún no tenía intención de retirarse, ya había recibido la notificación para que lo fuera considerando…
pero él no estaba por la labor. Aún se sentía con energías, joven incluso.
Además, disfrutaba enormemente de su trabajo y la sola idea de pasar el día sin hacer nada le resultaba insoportable. ¡Y también le hacía sentir viejo!
Están sentados en la barra, junto al gran ventanal que da a la calle, cuando Dimitri, con su aguda mirada, se percata de una figura familiar pasando justo frente al bar.
—¿No es esa Lori? —pregunta, inclinándose un poco hacia el cristal.
Jim, sorprendido, sigue la dirección de su mirada y, al reconocerla, reacciona de inmediato.
—¡Sí! —exclama, dejando su cerveza y poniéndose de pie de un salto.
Sin pensarlo dos veces, atraviesa la puerta del pub y la llama:
—¡¿Lori?!
Ella se detiene y gira, sorprendida. Al verlo, su rostro se ilumina con una sonrisa sincera.
—¡Hola! —saludó con alegría.
Notando que ya es bastante tarde, Jim pregunta con interés:
—¿Terminaste tu jornada?
—Sí, por fin —responde ella con un suspiro de alivio—. Guiar a un grupo de turistas incansables puede ser agotador. Mañana será otro día. ¿Tú sigues de patrulla?
—No, ya hemos terminado por hoy también —le explica con entusiasmo—. Estoy aquí tomando una cerveza con mi compañero antes de ir a descansar. —Se quedó un segundo en silencio y, sin perder la oportunidad, sonríe antes de invitarla—: Oye, ¿te apetece tomar algo? Vamos, te invito.
Lori duda un instante, pero la calidez de su sonrisa la convence.
—Vale, de acuerdo —acepta con una expresión animada—. ¡Gracias!
Jim le sostiene la puerta mientras ella entra, y Dimitri los observa con una sonrisita de complicidad. Se levanta de su asiento y la saluda con entusiasmo.
—¡Hola! ¿Qué tal? ¿Qué te apetece tomar? —pregunta con su espontaneidad habitual.
—Una cerveza estaría bien, gracias —responde Lori, acomodándose en un taburete junto a Jim.
La conversación fluye con naturalidad. Entre risas y comentarios animados, los tres disfrutan del ambiente relajado del pub .
Dimitri, con su carisma habitual, cuenta algunas anécdotas divertidas, arrancando carcajadas de sus compañeros.
Finalmente, tras consultar la hora en su reloj, se pone de pie y suspira con dramatismo.
—Bueno, chicos, yo me tengo que ir… Si me entretengo más, mi señora me estará esperando con el rodillo pastelero en mano —bromea, guiñando un ojo.
Jim y Lori ríen, y Dimitri, antes de marcharse, hace un gesto hacia el camarero.
—Venga, tomad otra ronda, que corre de mi cuenta. Ha sido un placer, Lori —dice con amabilidad, y luego se vuelve hacia Jim—: A ti te veo mañana.
—¡Hasta mañana, Dimitri! —responde Jim, alzando su cerveza en un gesto de despedida.
—El placer ha sido mío. ¡Buenas noches… y gracias por la invitación! —añade Lori con una sonrisa.
—No hay de qué. ¡Que disfrutéis! Nos vemos —responde Dimitri levantando la mano en señal de despedida mientras se dirige a la puerta.
Mientras lo ven salir del bar, Jim y Lori se miran y, casi al mismo tiempo, esbozan una sonrisa cómplice.
Con un gesto relajado, Jim llama al camarero para pedir esa otra ronda cortesía de Dimitri.
Y así, entre miradas y risas, la noche sigue su curso, dejando espacio para que la conversación fluya sin prisas.
Tras una breve pausa, ambos intentan hablar a la vez, sus voces superponiéndose en un pequeño caos divertido. Se detienen, se miran y estallan en risas.
—Tú primero, dime —dice Jim con una sonrisa, acompañando sus palabras con un gesto invitador de la mano.
—Gracias. Solo iba a decir que tu compañero es muy majo y gracioso —comenta Lori con una sonrisa genuina.
Jim asiente, sintiendo un orgullo sincero por su amigo.
—No lo sabes tú bien —responde con un tono afable.
Jim aprovechó la ocasión para contar cómo conoció a Dimitri y cómo su relación evolucionó de instructor y alumno a compañeros de trabajo y, finalmente, a grandes amigos.
Habló de la numerosa familia de Dimitri, de su entrega como esposo y padre, y de su inagotable sentido del humor, una cualidad que, según él, hace que los turnos de patrulla sean mucho más llevaderos.
Mientras le contaba anécdotas con Dimitri, alguien derramó una cerveza cerca de ellos. Jim, casi por reflejo, recordó aquel primer día... el encontronazo, el café derramado... Sonrió al evocarlo y, sin pensarlo demasiado, comentó:
—Hablando de manchas… ¡aún no me has pasado la factura de la lavandería por tu blusa! —dijo con una sonrisa, pero con sincera intención.
Lori rio, restándole importancia.
—¡Qué tontería! No pasa nada —exclamó divertida, tomándolo como una broma.
—Lo digo en serio, y lo mantengo. Pasa la factura. Siempre cumplo mis promesas —insistió con firmeza.
Ella negó con la cabeza, aun sonriendo.
—Gracias, pero eso ya es historia. Olvídalo, Jim. —Dijo con un deje de incredulidad—. Eres un cielo y se agradece la intención, pero ni se me pasó por la cabeza hacerlo. ¡Son cosas que le pueden pasar a cualquiera! —bromeó con naturalidad.
Jim la miró un instante, como sopesando algo, y luego sonrió con determinación.
—Bueno, en ese caso… tendré que invitarte a cenar para compensarlo.
Lori soltó una risa ligera, pero luego pareció pensativa por un momento. Finalmente, exclamó con entusiasmo:
—Vale, acepto. ¡Eso sí me gustaría!
—Cuando tú quieras. ¿Qué te parece este sábado? —propuso él, visiblemente emocionado.
Lori hizo una mueca de pesar.
—Uff... Estos días tengo muchos grupos de turistas y estaré bastante ocupada. Lo siento. —Dijo con sinceridad—. Pero a ver si la semana que viene puedo. Te lo haré saber.
Jim asintió con una sonrisa comprensiva.
—Trato hecho. Espero tu mensaje.
Dicho eso, Jim sacó una tarjeta de su billetera y se la entregó. Lori tomó la tarjeta con una sonrisa y, sin dudarlo, sacó una suya.
—Gracias. Aquí tienes la mía… Tú también puedes llamarme cuando quieras —añadió, acompañando sus palabras con un guiño simpático.
Lori sonrió antes de volver a la conversación, pero él tenía claro que, tarde o temprano, esa cena sucedería.
Después de compartir algunas anécdotas más, Jim cambió el tono y mencionó el día del incidente, recordando cómo Lori había demostrado una valentía admirable en medio del caos.
Le confesó que le impresionó su empatía y la sinceridad con la que le habló a Jack, logrando llegar a él de una manera que pocos hubieran conseguido.
—Tienes don de gentes, Lori —le dijo con convicción.
—Gracias —respondió ella, visiblemente halagada—.
En realidad, me encanta trabajar con la gente, por eso soy guía turística.
—Hizo un pequeño gesto con la mano, como si aquello fuera evidente—.
Es lo más cercano a ser azafata, que es mi verdadero sueño.
De momento, esto me sirve como paso intermedio mientras me preparo para lograrlo. Y, además, ¡lo estoy disfrutando!
Su entusiasmo era contagioso y Jim no pudo evitar sonreír.
—¿En serio? ¿Quieres ser azafata? —preguntó, interesado.
—Bueno, hoy en día se llaman auxiliares de vuelo —corrigió con una risa suave, sus ojos brillando con entusiasmo—. Pero sí, estoy a la espera de que me llamen. Ya he enviado mi currículum y toda la documentación necesaria.
Jim asintió con aprobación, esbozando una sonrisa genuina.
—Creo que serías una excelente… auxiliar de vuelo —dijo, rectificándose con un matiz juguetón en la voz—. Además de una muy bella. Te deseo toda la suerte del mundo.
Ella soltó una risa ligera, agradeciendo el cumplido con una mirada cómplice.
—Gracias, eres muy amable.
—¿Para qué compañía? —preguntó él con curiosidad.
—Hawaiian Airlines —respondió con una sonrisa ilusionada.
Jim asintió de nuevo, impresionado.
—Suena increíble. No tengo dudas de que pronto te veré surcando los cielos.
Ella sostuvo su mirada por un instante, sintiendo una calidez inesperada ante su apoyo.
—Ojalá tengas razón.
—Estoy seguro de ello. Y además… ¡tendrías la excusa perfecta para viajar a Hawái siempre que quisieras! —exclamó Jim con una sonrisa traviesa.
—Tengo a mis padres allí, en Hawái —respondió ella con entusiasmo.
Jim la miró con sorpresa.
—¿De verdad? Qué bien.
Se produjo un breve silencio antes de que Lori añadiera, con una expresión traviesa:
—Yo soy hawaiana.
Jim la observó con escepticismo y una sonrisa divertida.
—¿No me digas? —dijo, estudiándola con curiosidad—. No lo hubiera adivinado… Esos ojos azules… ¿o son grises? —Ladeó la cabeza, examinándola con fingida concentración—. Y ese cabello color miel…
Lori soltó una risa alegre y explicó:
—Mi padre es hawaiano puro, pero mi madre es de Utah. Rubia, con ojos azules…
—Ah, vale… ¡Y yo soy de Londres! Nací allí, hijo de padre irlandés y madre londinense… —dijo él entre risas.
—Pues nunca lo habría imaginado. No tienes pinta de serio y estirado —bromeó ella con una sonrisa.
Las risas de ambos fluyeron con complicidad, disfrutando del descubrimiento mutuo y del ritmo espontáneo de la conversación, como si se conocieran de siempre.
La conversación había sido tan amena que no se dieron cuenta de lo tarde que se había hecho. Cuando finalmente miraron la hora, ambos se sorprendieron.
—¡Wow! —exclamó Jim, sacudiendo la cabeza—. Se nos ha pasado el tiempo volando. Estoy tan a gusto conversando contigo que ni me di cuenta… pero no sé tú, yo tengo que madrugar mañana.
Lori abrió los ojos con asombro y dejó escapar un suspiro.