Romance al alcance #2
—¡Huy! Ni me había dado cuenta —dijo riendo—. Tengo que levantarme a las siete para recoger a mi grupo de turistas madrugadores. A las ocho en punto partiremos hacia la Estatua de la Libertad en Liberty Island. Me espera un día agotador.
—Debe ser un trabajo interesante —comentó Jim con una sonrisa.
—Lo es, me encanta, pero a veces puede ser realmente agotador —admitió Lori con una risa ligera.
Jim asintió comprensivo y se puso de pie.
—Entonces, mejor lo dejamos aquí por hoy —sugirió—. ¿Te acerco a casa? Tengo el coche cerca.
Lori dudó un instante, pero al final asintió con una sonrisa agradecida.
—De acuerdo, gracias. Si no es molestia…
—¡En absoluto! —respondió Jim con entusiasmo.
Caminaron juntos hasta el coche y durante el trayecto Lori le indicó la dirección de su casa. La conversación continuó de manera natural, con anécdotas y risas ocasionales, hasta que llegaron a su destino. Frente al portal de su edificio, ambos se detuvieron y se miraron con una sonrisa.
—Bueno… gracias. Chao —dijo Lori, dando un pequeño paso hacia la puerta.
—Si algún día te apetece salir a tomar algo, o simplemente charlar, no dudes en llamarme. ¡Hasta pronto! —dijo Jim antes de verla entrar.
Ambos se despidieron una vez más, con una sensación de complicidad en el aire. Mientras se alejaba en su coche, él no pudo evitar sonreír. Quizás aquella noche no solo había sido una charla agradable, sino el inicio de algo más.
A partir de aquel día, Jim dejó de fingir indiferencia.
Ya no disimulaba cuando su mirada recorría las calles en busca de grupos de turistas o autocares con el logotipo de la agencia donde trabajaba Lori.
Siempre que tenía oportunidad echaba un vistazo, con la esperanza de verla, aunque fuese de lejos.
Dimitri, por su parte, no tardó en notar el cambio en su amigo y no perdió la oportunidad de bromear al respecto.
—Jim, si tuviera veinte años menos, te haría la competencia por Lori —dijo con una sonrisa pícara, dándole un codazo.
Jim rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír.
—Por suerte para mí, estás muy felizmente casado.
Dimitri soltó una carcajada y asintió con orgullo.
—¡Y que lo digas! No cambiaría a mi Athina por nada en el mundo. Es mi alma gemela.
Jim sonrió, observando la expresión de su amigo al hablar de su esposa. Admiraba esa certeza absoluta en Dimitri, ese amor sólido y sin fisuras. No pudo evitar preguntarse si algún día él encontraría algo así… y si, tal vez, Lori podría ser el comienzo de esa respuesta. La idea le gustaba.
Desde aquella última cerveza juntos, Jim y Lori no habían vuelto a coincidir para tomar algo.
Sus encuentros se limitaban a breves momentos: un cruce fugaz en la calle, una mirada desde lejos o un saludo apresurado mientras ella guiaba a sus turistas de un sitio a otro.
Siempre parecía ocupada, inmersa en su trabajo, y aunque sus sonrisas eran sinceras, el tiempo nunca estaba a su favor.
Aun así, cada breve intercambio dejaba en Jim la sensación de que la historia entre ellos aún no estaba escrita del todo.
De vez en cuando, el destino los hacía coincidir en alguna cafetería, ya fuera por la mañana, mientras esperaban sus cafés para llevar antes de iniciar la jornada, o durante algún descanso a lo largo del día.
En esos fugaces encuentros robados a la rutina, se saludaban con una sonrisa cómplice y, casi como un ritual, intercambiaban un comentario sobre lo imprescindible que era el café en sus vidas.
Para ambos, aquella bebida no era solo un hábito, sino un placer irrenunciable, una pausa reconfortante en medio del ajetreo.
No importaba la hora ni el cansancio acumulado: una taza de café humeante siempre era bienvenida.
Un día, decidido, Jim le envió un mensaje recordándole que le debía una cena y preguntándole cuándo le vendría bien.
No tardó en recibir respuesta. Lori le escribió enseguida, diciéndole que ese mismo fin de semana tenía libre el sábado por la tarde y el domingo por la mañana.
Sin dudarlo, acordaron verse el sábado por la tarde para cenar.
Nada demasiado formal, solo algo ligero y amistoso… o al menos, esa era la idea inicial.
La velada resultó genial. Un ambiente relajado, cervezas primero y luego una cena ligera en un pub con encanto, de esos con luces tenues y música suave de fondo. No era un lugar formal, pero tenía un aire íntimo y acogedor, lo que lo hacía, en cierto modo, bastante romántico.
Ambos optaron por un estilo casual, pero con un toque de elegancia.
Jim vistió vaqueros, una camisa azul —su color favorito— acompañada de una americana y unos mocasines negros que completaban su look .
Lori, por su parte, eligió unos vaqueros negros que estilizaban su figura, una blusa rosa que aportaba frescura y feminidad, y una chaquetita de cuero negro que le daba un aire desenfadado pero sofisticado.
Para rematar, llevaba unos clásicos zapatos de tacón negros que añadían el toque final a su estilo impecable.
A medida que avanzaba la noche, la conversación fue profundizando más.
Querían conocerse mejor. Lori le contó que había crecido junto a su hermana en la isla de Maui, Hawái, y que habían tenido una infancia feliz.
También le relató cómo se conocieron sus padres: su madre, originaria de Utah, trabajaba como enfermera en un hospital de Hawái cuando conoció a su padre, un paciente hawaiano que estaba en tratamiento allí.
Se enamoraron, su romance fue breve e intenso, y enseguida se casaron y fueron felices juntos.
Entre risas y anécdotas, la noche fluyó con naturalidad. Incluso se animaron a jugar una partida de dardos. Lori le ganó por poco, lo que la hizo reír con satisfacción mientras Jim fingía estar ofendido por su derrota.
—¡Hiciste trampa! Cruzaste la línea de lanzamiento… —protestó con una sonrisa juguetona.
Definitivamente, había sido una gran cita.
Un día, su hermana mediana, Nicky, paramédico militar, regresó a casa con un permiso especial.
Uno de los miembros de su equipo, ECO-6 —una unidad de élite compuesta por seis personas—, estaba a punto de casarse, y ella tenía la libertad de invitar a quien quisiera de la familia.
La boda era la del sargento del grupo, el sargento Corelli, un hombre de raíces italianas que ahora uniría su vida con una italiana de pura cepa, alegre y encantadora.
Jim no lo conocía demasiado, pero recordaba haber coincidido con él en una ocasión, durante una fiesta a la que también había sido invitado.
Aunque su conversación aquella noche no había sido extensa, la impresión que le dejó fue la de un tipo serio en su trabajo, pero con un gran sentido del humor fuera de él.
Sin dudarlo, Nicky le entregó una invitación a Jim y otra a su hermano menor, Andy.
Sabía que la boda sería una gran celebración, y los hermanos O’Hara nunca perdían la oportunidad de compartir momentos como aquel.
Jim aceptó al instante. Le encantaba la idea de asistir a la boda con sus hermanos, pero, casi de inmediato, pensó en Lori.
Esta vez sí quería invitarla, si ella no tenía compromisos para ese día, aprovechar la ocasión para pasar más tiempo juntos, bailar, conocerse mejor y, de paso, presentarle a Nicky y Andy.
Sin embargo, los días pasaban y el momento adecuado nunca llegaba.
Lori siempre parecía ocupada, rodeada de turistas, moviéndose de un lado a otro con esa energía inagotable que la caracterizaba.
Jim no quería hacerle la invitación apresuradamente en un simple cruce de miradas, o por un WhatsApp; quería al menos invitarla a un café, encontrar un instante tranquilo para proponérselo con calma.
Pero el tiempo jugaba en su contra y la oportunidad parecía escaparse entre los días.
El día de la boda finalmente llegó y Jim se preparó para asistir, aunque con un leve pesar.
No había conseguido invitar a Lori; ni siquiera le había enviado un mensaje, pues consideraba que hacerlo de esa manera sería frío e inapropiado.
Por más que lo había intentado, los días habían pasado demasiado rápido y la oportunidad simplemente no se había presentado.
De todos modos, también pensó que todo había salido como debía, ya que quizá no habría sido del todo apropiado invitar a alguien ajeno a la familia si solo lo habían invitado a él.
A pesar de todo, no pensaba rendirse. Estaba convencido de que, tarde o temprano, surgiría otra oportunidad…
Después de todo, las invitaciones a bodas eran algo frecuente en su vida, y quién sabe…
quizás la próxima vez las circunstancias jugarían a su favor si era cosa del destino.
Tal vez este simplemente no era su momento aún, pero tenía la certeza de que, cuando lo fuera, lo sabría sin ninguna duda.
Mientras ajustaba el nudo de su corbata frente al espejo, sonrió con determinación. La próxima vez no dejaría que la oportunidad se le escapara. Si era necesario, detendría el tráfico para pedírselo.
Los tres hermanos O’Hara se reunieron, como de costumbre, para asistir juntos a la boda, manteniendo su tradición de presentarse como un equipo inseparable.
Al llegar al lugar de la ceremonia, se encontraron con el equipo de Nicky: el coronel Williams, el mayor Taylor, el capitán Campbell y el miembro más reciente del grupo, un joven soldado de edad similar a Andy, el menor de los O’Hara.
Por supuesto, también estaba Nicky y el novio, el sargento Corelli.
Con todos presentes, el equipo ECO-6 estaba al completo. ¡Eran como una familia!
La boda, aunque de estilo militar, mantenía el equilibrio perfecto entre elegancia y sencillez.
El novio y su séquito vestirían el uniforme de marines, pero sin la rigurosidad del atuendo de gala, dando al evento un aire distinguido pero relajado.
El coronel Williams tenía el honor de ser el padrino, mientras que el mayor Taylor y el capitán Campbell acompañaban al novio como parte de sus hombres de honor.