Bajo el cielo de Nueva York: ¡Todo comenzó por un café! Rehén #4
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Rehén #4

Lori se quedó paralizada, con la mirada fija en el cuerpo de Jack desplomado en el suelo.

La bala, incrustada en medio de la frente, apenas un fino reguero de sangre…

Jim permaneció inmóvil, su mente negándose a aceptar lo que veían sus ojos.

Después de todo lo que había hecho para salvarlo…

un solo disparo lo había arruinado todo.

Lori se acercó a Jim, con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas.

No había palabras. Solo el silencio abrumador de lo inevitable.

Jim miró a Dimitri, su expresión una mezcla de desconcierto y rabia contenida.

No podía creer lo que acababa de pasar. Todo su esfuerzo, cada palabra, cada intento de persuasión…

arruinado en un solo instante. Dimitri, con los labios apretados y la mandíbula tensa, negó con la cabeza, su mirada reflejando impotencia. Él tampoco había podido hacer nada.

Jim sintió una oleada de indignación recorrer su cuerpo. Giró bruscamente hacia el jefe de policía, su voz cargada de furia.

—¡¿Por qué lo hicieron?! ¡Estaba rindiéndose!

El jefe de policía lo miró con expresión severa, pero sin rastro de arrepentimiento.

—Di una orden —respondió con frialdad—. En cuanto el asaltante asomara por la puerta y estuviera a tiro… ¡disparen!

Jim apretó los puños, un nudo de frustración, impotencia y rabia creciendo en su estómago.

Fijó la mirada en el cuerpo inerte de Jack, tendido en el suelo.

La sangre apenas brotaba, como si incluso la vida se negara a seguir derramándose.

No tenía que haber terminado así. Lori se llevó la mano a la boca, conteniendo un sollozo.

Sus ojos brillaban con lágrimas de furia y tristeza.

—Lo habíamos convencido… —susurró—. ¡Estaba dispuesto a entregarse!

Jim respiró hondo, tratando de calmarse. Miró a los oficiales que rodeaban la escena, algunos aún con las armas listas.

—No era necesario —dijo finalmente, su voz rota—. No era un asesino. Solo un hombre desesperado.

Pero ya no importaba. Jack estaba muerto. Y ninguna disculpa, ninguna justificación, cambiaría ese hecho.

Mientras estuvieron retenidos en la escena, las ambulancias habían llegado rápidamente, preparadas para atender a cualquier herido, aunque afortunadamente no hubo más víctimas.

Los paramédicos se acercaron con eficiencia, preguntando si necesitaban asistencia.

Lori, que jamás había vivido una situación semejante, estaba visiblemente afectada.

Los nervios la tenían angustiada, la tristeza le oprimía el pecho y la rabia le hervía por dentro.

No lograba entender cómo la policía había podido actuar con tanta brutalidad… y tan poca humanidad. No culpaba al cuerpo entero, claro está, sino al jefe. Lo miraba incrédula, como si aún intentara procesar lo que acababa de presenciar.

«¿Cómo pudo hacerlo?», se repetía mentalmente. «¡A sangre fría! Sin darle una oportunidad… ¡Jim y yo lo teníamos custodiado, protegido, se había rendido!»

Entonces, un pensamiento la golpeó con fuerza.

El disparo que derribó a Jack… casi alcanza a Jim.

Le había rozado la mejilla. Unos milímetros más…

un simple movimiento… y ahora él estaría en el suelo, herido o muerto…

¡por fuego amigo! Cada vez que lo revivía en su mente, un escalofrío le recorría la espalda.

Jim, al verla tan nerviosa y fuera de sí, le sugirió con suavidad que se sentara en la ambulancia para que la revisaran.

Estaba claro que el impacto, sobre todo psicológico, había sido demasiado.

Mientras tanto, los forenses llegaron y comenzaron a examinar el cuerpo de Jack, preparando todo para su levantamiento una vez concluidos los primeros análisis. Jim se volvió hacia ella. Su rostro aún mostraba las huellas de la angustia. El peso de todo lo ocurrido seguía oprimiéndola.

—Lo siento —se lamentó, su voz cargada de culpabilidad. Las palabras salían como una confesión, como si de alguna manera hubiera fallado. Se detuvo un momento antes de preguntar suavemente—: ¿Estás bien?

Lori asintió lentamente con la cabeza, aunque el dolor seguía reflejado en su mirada. Ya todo había pasado, o al menos eso parecía. El impacto psicológico seguía ahí. Jim, con el corazón en un puño por lo que le había pasado a Lori, se volvió hacia ella:

—Lori… ¿por qué no te fuiste cuando te lo pedí? Sabías que era peligroso quedarte conmigo. ¡Mi deber es protegerte! —su voz sonaba más dura de lo que pretendía, arrastrada por el miedo y la frustración. En el fondo, estaba enfadado… pero no con ella, sino con la situación, con él mismo.

Lori apenas reaccionó a sus palabras. Le sostuvo la mirada con los ojos aún húmedos, pero en sus labios asomaba una leve sonrisa, casi desafiante…

—La unión hace la fuerza —murmuró, simplemente.

Jim no sabía si reñirla o abrazarla. Aquello había sido una locura.

Una heroicidad temeraria. Y, aun así, no podía evitar sentirse orgulloso…

y responsable. El paramédico que la había examinado ya le había dado el visto bueno, asegurando que sus constantes vitales y estado psicológico eran estables.

Al menos por fuera, todo parecía en orden.

La tarde comenzaba a desvanecerse, arrastrando con ella las últimas luces del día, como si quisiera borrar también la tensión vivida. Todo había estado teñido por aquella angustiosa situación que aún pesaba en el aire.

—¿Estás segura de que te encuentras bien? Podemos acercarte a casa… o donde necesites —preguntó Dimitri con amabilidad, su voz serena pero atenta.

Sabía bien lo que acababan de pasar. Aun con la experiencia de los años como policías, Jim y Dimitri no pudieron evitar que ese incidente se les clavara dentro.

No por lo que vieron, sino por cómo terminó.

Un final tan injusto que ya no sabían cómo llamarlo sin rabia.

Lori se tomó un segundo para pensarlo. Luego asintió con suavidad y respondió con una media sonrisa cansada.

—Sí, estoy bien. Solo fue el susto. Gracias de verdad, pero no hace falta. Tengo que pasar por la agencia de viajes a entregar el parte del día, y está aquí cerca.

Dimitri respetó su decisión con un leve gesto de cabeza. Jim, en cambio, esbozó una sonrisa triste, como si sus ojos aún arrastraran todo lo que no se había dicho.

—Sí… nosotros también tenemos que redactar un informe. Ojalá volvamos a cruzarnos… pero en mejores circunstancias —añadió, su tono más cálido, aunque la sombra en su rostro no terminaba de disiparse.

Lori lo miró unos segundos. Una mirada larga, intensa, mezcla de gratitud, cansancio… y algo más difícil de nombrar.

—A mí también me gustaría —dijo finalmente, con voz baja, cargada de emoción—. Gracias, Jim. Gracias, Dimitri.

Y se marchó. Paso a paso, alejándose sin mirar atrás, con la sensación de que la tragedia aún flotaba sobre todos ellos… y tardaría en desvanecerse.