Bajo el cielo de Nueva York: ¡Todo comenzó por un café! Rehén #3
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Rehén #3

Fuera, la tensión era insoportable. Los agentes mantenían las armas en alto, listos para disparar al menor indicio de peligro. El jefe de policía miró su reloj con el ceño fruncido. Le había dado tres minutos a Jim. Ya habían transcurrido diez, largos, intensos y enervantes.

—Preparen al equipo de asalto —ordenó con voz tensa.

—¡No! —intervino Dimitri, adelantándose—. Dele más tiempo, está negociando con él.

Dentro de la lavandería, la situación se volvía más frágil a cada segundo. Jack apretó aún más su agarre sobre Lori, su desesperación reflejada en cada músculo tenso de su cuerpo. De repente, giró el arma y la apuntó directamente a Jim.

Lori contuvo el aliento.

—No… Jim… —susurró, aterrorizada.

Jim se obligó a mantener la calma, su mirada fija en Jack, su voz inquebrantable.

—Jack, dime qué te ha pasado. Prometo interceder por ti. Si bajas el arma ahora, aún puedes enfrentar solo un cargo por asalto. Pero si matas a alguien… ya no podré hacer nada por ti. Eso significará cadena perpetua.

Jack tragó saliva, su pulso tembloroso.

—Tienes una decisión que tomar —añadió Jim—. Podemos sentarnos y hablar como dos personas. Como dos amigos.

En la azotea, el francotirador tenía a Jack en la mira, pero Jim se mantenía estratégicamente en el camino, bloqueando el disparo.

—Escúchame, Jack —dijo Jim, avanzando otro paso—. Afuera hay un francotirador esperando la orden para dispararte. Pero si seguimos hablando, me quedaré aquí, justo en la línea de fuego, para impedir que lo hagan. Tendrán que dispararme a mí primero.

Jack cerró los ojos un segundo, su respiración entrecortada y errática.

Estaba desconcentrado. Cuando los abrió de nuevo, algo en su expresión había cambiado.

Y entonces, con un suspiro tembloroso, aflojó la presión sobre Lori.

Ella no dudó ni un segundo y, en un rápido movimiento, corrió hacia Jim, refugiándose junto a él.

—¿Estás bien? —le preguntó Jim, su mirada llena de preocupación.

Lori asintió con un leve movimiento de cabeza. Jim volvió su mirada hacia Jack.

—Jack, ella va a salir por esa puerta. Deja que se vaya. Te prometí que me quedaría, y eso haré. Hablaremos.

Antes de que Jack pudiera responder, Lori tomó aire y se adelantó.

—No —dijo con firmeza—. Yo también me quedo.

Jim la miró sorprendido.

—Lori… quiero que te vayas. Quiero que adviertas a los de afuera que voy a hacer que salga pacíficamente. Que no disparen, que no intervengan.

—No, Jim —respondió ella con determinación—. No pienso dejarte solo. Además, la unión hace la fuerza. Seremos dos al defenderle. No podrán dispararnos. —Añadió con una sonrisa traviesa.

Jack parpadeó, sin saber cómo reaccionar.

Parecía verdaderamente confundido. Sostenía el arma con firmeza, apuntándoles a ambos, su mirada fija y vacía, pero al mismo tiempo cargada de desesperación.

Sus ojos, vidriosos, reflejaban la tormenta interna que lo consumía, como si estuviera a punto de romper en llanto.

Finalmente, se quitó el pasamontañas y habló. Su voz salió entrecortada, como si cada palabra le costara más que la anterior.

—Yo… era leal, eficiente y puntual. Llevaba treinta años en la misma empresa… —murmuró con la voz quebrada. Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad—. Cambiaron de dueños, informatizaron todo… redujeron la plantilla y despidieron a todos los que sobrábamos…

Cada frase se le atragantaba, sofocada por la angustia, mientras un nudo en la garganta amenazaba con ahogarlo.

Mientras hablaba, su mano en la pistola parecía aflojarse ligeramente.

Jim, que lo observaba con creciente preocupación, aprovechó el momento para dar un paso más cerca.

Pero en cuanto lo hizo, Jack reaccionó de inmediato, alzando de nuevo el arma y apuntándole con firmeza.

Lori se mantenía firme junto a Jim, negándose a apartarse, pese a sus intentos por protegerla colocándola detrás de él. El aire en la estancia se volvió aún más denso, cargado de una tensión sofocante.

—¡No! Sé que no me creen… —sus ojos se llenaron de lágrimas, pero la rabia seguía siendo evidente en su voz.

Jim, sin apartar la mirada de Jack, mantuvo la calma, su voz suave pero firme.

—Jack… yo sí te creo. Lamentablemente, eso pasa todos los días… pero no es el fin del mundo. Encontrarás otro trabajo.

Jack repitió las palabras en un murmullo, como si las probara en su propia boca.

—Otro trabajo…

Sus hombros se desplomaron y su voz se volvió un susurro, como si hablara consigo mismo.

—Yo era jefe de sección en la planta de ensamblaje de una conocida marca de autos…

Su mirada se perdió en algún punto distante, atrapado en sus recuerdos, viendo cómo su vida se desmoronaba ante sus ojos.

Lori, que hasta entonces había permanecido en silencio, avanzó con cautela.

Su expresión era suave, cargada de comprensión.

Jim intentó detenerla, colocándose ligeramente frente a ella, pero Lori se mantuvo firme.

—No han sido justos contigo, Jack —dijo con pena en la voz—. Pero aún puedes encontrar otro empleo. Eres joven, tienes muchas opciones.

Jack soltó una risa amarga, una carcajada seca que sonó como un eco cruel en la estancia.

—¿Joven? —repitió con incredulidad—. ¡A los cuarenta y ocho años ya nadie te quiere para trabajar!

A pesar de su abatida tristeza y desesperación, Jack no aparentaba su edad, mantenía un aspecto sorprendentemente juvenil, como si su exterior intentara negar el peso de su realidad. Su frustración y desesperación retumbaban en el aire.

—Además, no sé hacer otra cosa. Toda mi vida trabajé en la cadena de montaje de autos. Y eso… eso ya no existe.

Su voz se quebró y, por un instante, no era un hombre armado y peligroso, sino alguien que lo había perdido todo: su trabajo, su identidad, su propósito. Bajó la mirada, abatido, y susurró:

—Para mí sí es el fin del mundo.

Dicho esto, Jack dejó de apuntarles y acercó el cañón de su pistola a su sien.

—¡No, Jack! ¡No hagas disparates! —gritó Jim, abalanzándose hacia él.

Jack retrocedió dos pasos de inmediato, con la mirada perdida y la mano temblorosa.

—No se acerque… por favor… déjenme ir con dignidad —suplicó, su voz quebrada.

—No, Jack. Eso no es dignidad, eso es cobardía —respondió Jim con voz firme y enérgica, dando un paso hacia él.

Su mirada estaba llena de determinación—.

¿De verdad quieres que tu familia piense que eres un cobarde?

¡No lo hagas, Jack! —añadió con fuerza, extendiendo la mano hacia él, intentando ofrecerle una salida—.

Entrégame el arma… amigo —susurró Jim, con la mano extendida.

Jack lo miró fijamente, su rostro marcado por el dolor y la amargura.

—¿Qué familia? —respondió con resentimiento, como si esas palabras le dolieran más de lo que Jim podía imaginar.

Lori, que había permanecido en silencio observando, se adelantó un paso, su mirada llena de tristeza y empatía. Sabía que las palabras de consuelo podrían ser inútiles en ese momento, pero aun así sentía la necesidad de intentar hacerle ver que había algo más allá de su dolor.

—¿No tienes esposa, hijos, Jack? —preguntó suavemente, su voz quebrada por la comprensión, mientras avanzaba con cautela, buscando que su tono no fuera una provocación, sino un intento sincero de conectar.

Jack se tensó de inmediato. Su rostro se contrajo como si una punzada de dolor lo atravesara, sus ojos destellaban con una mezcla de rabia y tristeza por la desesperación.

—Mi mujer me abandonó… —murmuró con voz rota—. Se llevó a mi hijo cuando me despidieron y me quedé sin trabajo… Me dejó sin nada.

Su respiración era entrecortada, cada palabra un golpe contra su propio pecho. Lori lo observaba con compasión.

—Jack, perdona lo que te voy a decir, pero eso fue cruel por su parte —dijo con sinceridad—. Quizás no te amaba lo suficiente. Eso no es amor. —Hizo una pausa, buscando sus ojos—. Aún puedes rehacer tu vida. Jack, todo tiene solución… menos la muerte.

Jack apretó la mandíbula, su mirada perdida en el vacío. Jim, viendo el peso de aquellas palabras sobre él, respiró hondo. Cuando habló, su voz firme, pero sin dureza, tratando de llegar al hombre que aún quedaba detrás de la angustia.

—Jack, te han dejado caer, pero eso no significa que tengas que seguir cayendo.

Aún puedes levantarte. Hay formas de reconstruir tu vida.

—Hizo una pausa, dándole espacio para asimilarlo, antes de añadir con calma—: Pero para eso, tienes que tomar una decisión.

¿Vas a seguir perdiéndolo todo… o vas a luchar por algo mejor?

Jack bajó lentamente el arma y miró a ambos, su rostro una mezcla de confusión, dolor y frustración. Pero por primera vez en mucho tiempo, parecía estar escuchando. Jim avanzó con pasos seguros, despacio pero firme. Con suavidad, deslizó el arma fuera de sus manos. Jack no se resistió.

—Jack —dijo Jim con firmeza—, te ayudaré a encontrar un nuevo empleo. Es una promesa. Cuando cumplas tu condena, que será breve, te ayudaré a reintegrarte en la sociedad.

—¡Y yo también! —exclamó Lori con una sonrisa decidida.

Jim la miró sorprendido antes de devolverle la sonrisa. Todo había terminado. Con cautela, él y Lori se colocaron delante de Jack para protegerlo mientras avanzaban hacia la salida, pisando sobre los cristales rotos de la entrada.

—¡Vamos a salir! ¡No disparen! —gritó Jim, alzando la mano en señal de alto.

Asomaron por la puerta con Jack detrás de ellos, las manos en alto, caminando con paso inestable. Su rostro reflejaba miedo, pero también un atisbo de esperanza. El aire estaba tenso, cada segundo parecía arrastrar consigo un peligro invisible.

Jim y Lori avanzaban con Jack resguardado detrás de ellos. Todo parecía estar bajo control. Hasta que… un disparo rasgó el silencio. Un estruendo seco, brutal.

Jim sintió el aire caliente de la bala rozar su mejilla. La bala impactó de lleno en la frente de Jack… y, en un instante, se desplomó al suelo.

—¡Noooo! —El grito de Jim retumbó en el aire, desgarrador, impotente.