Rehén #2
Jim sintió un nudo de frustración, impotencia y rabia en el estómago al ver cómo Jack se atrincheraba con Lori como rehén.
Había estado tan cerca… y, aun así, lo había dejado escapar al interior del local.
Desesperado, buscó respuestas en la mirada de Dimitri.
Su compañero, siempre el más sereno de los dos, le puso una mano firme en el hombro.
—Jim, la sacaremos de ahí —aseguró con voz grave y decidida—. Te lo prometo.
Jim exhaló con fuerza, obligándose a mantener la cabeza fría. No podía perder el control ahora.
A pocos metros, el jefe de policía analizaba la situación con el ceño fruncido. Sin perder tiempo, comenzó a dar órdenes por radio:
—Quiero dos unidades en el callejón trasero. Busquen una forma de entrar sin alertarlo. Si podemos sacarla sin violencia, lo haremos. —Luego, señaló a un agente especializado—. Sube a la azotea de ese edificio bajo. Necesito un francotirador con visión directa sobre el objetivo.
El tirador asintió y se puso en marcha de inmediato.
—Que nadie dispare a menos que yo lo ordene —advirtió el jefe con tono severo—. No queremos matarlo, pero si la situación se sale de control, no nos quedará otra opción.
Jim escuchó la última parte con un nudo en el pecho.
Si Jack no cedía… si todo se descontrolaba…
tal vez no habría otra alternativa. Pero él no podía permitir que las cosas llegaran a ese punto.
No mientras aún pudiera hacer algo para evitarlo.
Cada segundo contaba. Si Jack se alteraba aún más, Lori correría un peligro real.
No podía quedarse de brazos cruzados esperando a que la situación se resolviera por la fuerza.
Tenía que hablar con él antes de que fuera demasiado tarde.
Respiró hondo y tomó una decisión desesperada.
—Voy a entrar —anunció con firmeza.
Dimitri lo agarró del brazo al instante.
—¿Te has vuelto loco? Si entras ahí sin un plan, podrías empeorar las cosas.
Jim lo miró con determinación, su voz firme pero cargada de urgencia.
—Tengo que hablar con él. Aún podemos evitar un desenlace fatal. Jack no es un criminal común; está desesperado, asustado. Si lo acorralamos aún más, podría tomar una decisión de la que no haya vuelta atrás.
El jefe de policía lo observaba con los brazos cruzados, evaluando la situación.
—Es demasiado arriesgado —gruñó—. Pero… ¿qué tienes en mente?
Jim miró hacia la lavandería. Sabía que, si lograba que Jack lo viera como un aliado en lugar de una amenaza, habría una oportunidad.
—Quiero entrar desarmado —propuso—. Dejaré mi pistola aquí. Si cree que no represento un peligro, tal vez me cuente lo que le pasa y lo que quiere.
Dimitri lo miró como si acabara de perder la cabeza.
—Eso es un suicidio, Jim. ¿Y si no te escucha?
—¿Tienes un plan mejor? —replicó Jim—. Si entro con un arma, se sentirá acorralado y reaccionará peor.
Pero si me ve desarmado, si le hablo como a un ser humano y no como un policía que quiere atraparlo, puede que se desconcierte, baje la guardia un segundo…
y ahí tendré una oportunidad para desarmarlo.
El jefe de policía frunció el ceño, estudiándolo.
—¿Y si el plan falla?... No me gusta la idea.
Jim exhaló con frustración, sintiendo el peso del tiempo en su contra.
—A mí tampoco, señor —admitió, desesperado—. Pero no tenemos otra opción. Si no actuamos ahora, esto podría terminar en una tragedia… ¡es lo único que nos queda! —Deme cinco minutos ahí dentro, señor —suplicó Jim—. Si no logro nada, sigan con su plan.
El jefe exhaló, visiblemente indeciso. Finalmente, asintió con cautela.
—Tienes tres minutos. Ni uno más. —Luego, alzando la voz, dirigió su atención al autocar turístico que seguía aparcado con los aterrados turistas aún dentro—. ¡Saquen este autocar de aquí! ¡Alejen a esta gente, corren peligro!
El chófer, que seguía al volante, recibió la orden de un oficial y no tardó en poner el vehículo en marcha. Se suponía que los llevaría de vuelta a su hotel, al menos hasta que la situación estuviera bajo control.
Uno de los agentes se acercó a Jim y a Dimitri, entregándoles unos chalecos antibalas. Dimitri se colocó el suyo de inmediato, mientras Jim, con gesto decidido, se despojaba de su arma y se la entregaba. Dimitri la tomó con evidente preocupación…
—Más te vale salir de ahí en una pieza, colega.
Jim esbozó una sonrisa tensa y murmuró mientras se ajustaba el chaleco:
—Esa es la idea.
Con un último respiro, Jim avanzó hacia la lavandería, levantando las manos en señal de paz.
Este era el momento de cambiar el rumbo de la situación…
o hundirse con ella. Apretó la mandíbula, sintiendo la impotencia arder en su interior.
Desde el otro lado del cristal, podía ver a Jack aferrado a Lori, la pistola aun firmemente presionada contra su sien.
A cierta distancia, Dimitri evaluó rápidamente la escena y murmuró:
—No podemos forzar la puerta sin ponerla en peligro. Tenemos que lograr que él la abra.
Jim asintió y tomó aire. Su voz debía marcar la diferencia. Se acercó lo más posible a la puerta cerrada y, con la mayor calma posible, habló:
—Jack, soy Jim. Escúchame, por favor. Déjame entrar y hablamos… tú y yo solos. Nadie quiere hacerte daño. Dime qué necesitas.
Jack giró la cabeza bruscamente, su mirada desorbitada. Sus ojos reflejaban puro pánico.
—¡No puedo confiar en nadie! ¡Me atraparán en cuanto la suelte! —gritó, su voz quebrada por la desesperación.
Jim negó con la cabeza, su tono firme pero conciliador.
—Nadie va a atraparte si cooperas. Solo habla conmigo. Dime qué necesitas. Abre la puerta… por favor.
Jack respiraba agitadamente. Por un instante, pareció titubear. Pero entonces, un estruendo en el callejón trasero rompió la tensión como un disparo en la noche. Jack se sobresaltó, su instinto lo llevó a aferrarse con más fuerza a Lori. Ella dejó escapar un jadeo de dolor.
—¡No! ¡No me van a atrapar! —vociferó, con la mirada desorbitada.
Con un giro brusco, empezó a retroceder hacia la trastienda.
El pánico subió por la garganta de Jim. Dimitri maldecía entre dientes mientras lanzaba una mirada al francotirador en la azotea.
Jack comenzó a arrastrar a Lori más hacia el interior de la lavandería, alejándose del escaparate.
Jim no podía permitirlo. Tenía que actuar de inmediato.
La tensión se podía cortar con un cuchillo. Jim estaba a punto de lanzarse a la acción cuando el francotirador en la azotea, siguiendo órdenes del jefe de policía, apuntó con precisión a la cabeza de Jack. Pero Jack no dejaba de moverse, usando a Lori como escudo humano.
—Señor, no tengo un tiro claro… —informó el tirador por el pinganillo.
El jefe de policía, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, no dudó.
—En cuanto lo tengas a tiro, ¡dispara!
—¡No! —gritó Jim.
Por una fracción de segundo, Jack quedó expuesto…
y entonces, un disparo sordo rompió el silencio.
En ese preciso instante, Jack se movió apenas unos milímetros hacia la izquierda.
La bala atravesó el cristal de la puerta, haciéndolo estallar en mil pedazos, y pasó rozándole la oreja antes de incrustarse en el metal de una de las secadoras.
El francotirador había fallado por una milésima de segundo.
El corazón de Jim martilleó en su pecho al ver a Jack estremecerse, con la mirada desorbitada por el pánico y la ira.
Ahora que su vida había sido amenazada de forma tan directa, la posibilidad de que reaccionara impulsivamente era más alta que nunca.
Sin pensarlo, Jim cruzó la puerta destrozada, sorteando los restos de vidrio en el suelo.
Ya no tenía opción. La situación era más peligrosa que nunca, pero debía desarmar a Jack.
—¡Jim, no! —gritó Dimitri.
Pero Jim ya no escuchaba a nadie, solo a sus instintos. Con las manos en alto y toda la intensidad que pudo reunir, exclamó:
—¡Jack, esto no tiene que terminar así!
El jefe de policía gritó órdenes a los agentes, que avanzaron con cautela, preparados para cerrar el cerco y bloquear cualquier posible escape.
Mientras tanto, Dimitri, temiendo por su impulsivo compañero, se colocó cerca de la puerta destrozada.
Desde allí, podía verlo todo con claridad, listo para intervenir en cuanto recibiera una señal.
En la azotea, el francotirador esperaba nuevas órdenes, pero ahora Jim estaba en la línea de tiro, dificultando cualquier intento de disparo.
Lori, aún atrapada en el agarre de Jack, no podía apartar la vista de Jim.
Sus miradas se encontraron en medio del caos, y por un instante, su expresión reflejó alivio.
Ya no estaría sola en esa pesadilla. Sin embargo, el miedo por Jim se reflejaba en sus ojos.
Entonces, Jim notó que Jack se tambaleaba, al borde del colapso.
Estaba nervioso, agotado, como si el peso de la situación lo estuviera aplastando.
Solo entonces se percató de la mancha oscura que se extendía bajo la capucha: la bala lo había rozado, desgarrándole el pasamontañas y la piel sobre la oreja.
La sangre brotaba lentamente, resbalando por su cuello y empapando su chaqueta.
Jim aprovechó el momento.
—¡Jack! ¡Escúchame! —dijo con urgencia, su voz firme, pero casi desesperada—. ¡Te estás quedando sin opciones!
Jack parecía tener la mirada perdida, sin soltar a Lori ni por un segundo. Jim aprovechó ese instante de distracción para intentar acercarse, pero Jack reaccionó al instante, sujetando a Lori con más fuerza.
—¡No! ¡No des un paso más... o la mato! —gritó, su voz quebrada, sus ojos húmedos.
Jim lo vio con claridad: Jack no quería matar a nadie.
—Jack… suéltala… por favor —dijo Jim con voz serena, midiendo cada palabra—. ¿Necesitas un rehén? Tómame a mí… Te harán más caso.
Jack respiraba con dificultad, sus ojos llenos de angustia.
—Sé que no quieres hacer esto —continuó Jim, su tono firme pero comprensivo—. Baja el arma, aún podemos arreglarlo.