Bajo el cielo de Nueva York: ¡Todo comenzó por un café! Rehén
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Rehén

E ra un día cualquiera de patrulla cuando Jim notó la llegada de un gran autocar que se detenía en la acera.

Uno a uno, los pasajeros comenzaron a descender, probablemente turistas ansiosos por iniciar su recorrido a pie y hacer algunas compras de recuerdos.

Dimitri, siempre atento a los pequeños detalles, no tardó en percibir cómo su compañero mantenía la mirada fija en el vehículo, como si esperara ver a alguien en particular.

Con una sonrisa pícara, no pudo evitar burlarse un poco.

—¿Ves algo que te interesa? —preguntó con tono divertido—. ¿Y si no es ella?

Jim chasqueó la lengua, tratando de disimular su expectativa, pero el brillo en sus ojos lo delataba. No podía evitar preguntarse si, entre los turistas que bajaban, aparecería la simpática guía que últimamente parecía ocupar más espacio en su mente del que estaba dispuesto a admitir.

Dimitri dejó escapar unas risitas, cruzándose de brazos mientras observaba a su amigo con aire burlón.

—Vaya, Jim… Nunca te había visto tan interesado en el turismo local.

Jim rodó los ojos y apartó la vista del autocar con fingida indiferencia, pero el leve sonrojo en sus mejillas no pasó desapercibido para su compañero. Para su agradable sorpresa, la última en bajar fue ella… ¡Lori!

Jim sintió un ligero cosquilleo en el estómago al verla. Desde el primer día en que la vio, se había fijado en la plaquita de su chaqueta, donde aparecía su nombre y el de la compañía para la que trabajaba. Por eso, en cuanto reconoció el logotipo en el autocar, supo que su corazonada era acertada.

A su lado, Dimitri no dejó pasar la oportunidad de divertirse a su costa. Con una sonrisa burlona y los brazos cruzados, le dio un codazo ligero.

—¡Y ahí la tienes! Para que te recrees un poco la vista… —bromeó con satisfacción.

Jim soltó un suspiro, intentando mantener la compostura, pero Dimitri no se detuvo ahí.

—¿Y a qué esperas? ¿Por qué no vas a saludarla? Que no te dé vergüenza. —Soltó una carcajada y añadió con tono aún más travieso—: Vamos, Jim, no todos los días tienes una excusa legítima para acercarte a tu musa turística.

Jim le lanzó una mirada de advertencia, pero no pudo evitar que una sonrisa asomara en sus labios. Durante un breve instante, contempló la idea… y su corazón latió un poco más rápido.

Mientras Dimitri insistía en que al menos fuera a saludarla, le aseguró a Jim que lo esperaría apoyado en el coche de patrulla, disfrutando del espectáculo.

Jim, tras soltar un suspiro, decidió hacerle caso y cruzó la carretera, levantando una mano para señalar a un par de coches que venían lanzados, obligándolos a reducir la velocidad mientras él avanzaba en medio del tráfico.

Antes de que llegara hasta el autocar, Lori ya lo había visto venir.

Sus ojos se iluminaron al reconocerlo y, a medida que él se acercaba, una sonrisa amplia y genuina se dibujó en su rostro.

Por un momento, ambos se quedaron absortos el uno en el otro, completamente ajenos a todo lo demás.

Su nuevo grupo de turistas los observaba con sonrisas divertidas, algunos incluso intercambiaron miradas cómplices, claramente cautivados por la evidente conexión entre ellos.

Entre los murmullos, algunos parecían asumir que eran pareja, como si su cercanía y la química que compartían fueran lo suficientemente evidentes para darles esa impresión.

Pero entonces, el ambiente cambió en un instante. Un sonido seco y ensordecedor cortó el murmullo general: ¡disparos!

Jim, que aún no había llegado a la acera, reaccionó instintivamente.

Se agachó ligeramente, su mano yendo de inmediato a su pistola.

Dimitri, que ya estaba en alerta, llevó la suya a la pistolera y comenzó a cruzar la calle, moviéndose rápido hacia su compañero.

El grupo de turistas entró en pánico, comenzando a murmurar nerviosos.

Lori, sin perder la compostura, giró rápidamente hacia ellos y, con voz firme pero serena, les indicó:

—Suban al autocar y agáchense en sus asientos. Aún no sabemos qué pasa. Seguro que solo es un susto o un petardo, pero mejor estar prevenidos. Mantengan la calma.

Mientras los turistas obedecían y se apresuraban a subir, ella permaneció en la puerta del autocar, asegurándose de que todos estaban a salvo.

Jim avanzaba con rapidez, su mirada fija en Lori y el autocar.

Su instinto le gritaba que se apresurara, pero antes de que pudiera alcanzarla, un hombre encapuchado irrumpió de repente.

Solo se le veían los ojos, encendidos de furia, y la boca, deformada por gritos incoherentes.

Con una pistola en la mano, disparaba al aire una y otra vez, sembrando el pánico entre la multitud.

En un instante, todo cambió. Antes de que Jim pudiera reaccionar, el hombre se abalanzó sobre Lori y la sujetó con fuerza, tomándola como rehén.

La situación acababa de volverse mucho más peligrosa.

El hombre prácticamente arrastró a Lori hasta un rincón, sujetándola.

Su respiración agitada delataba su nerviosismo.

—¡No se acerquen o la mato! —vociferó, su voz oscilando entre la furia y el miedo.

Jim levantó ambas manos en un gesto conciliador. Cada palabra era crucial.

—Déjala ir y hablamos con calma —dijo con voz serena, sin movimientos bruscos, cuidando de no alterarlo más.

Pero el hombre negó frenéticamente con la cabeza, los ojos desorbitados.

—¡No! Si la suelto me matarán.

Jim observaba con atención. Sus ojos reflejaban la angustia de un hombre desesperado, su postura rígida, al borde del colapso. Pero no era solo desesperación; en su mirada se mezclaban el miedo y la confusión. Algo no encajaba.

Mientras tanto, Dimitri ya había solicitado refuerzos por radio.

No tardaron en llegar. En cuestión de segundos, la calle se llenó de coches patrulla, luces parpadeantes y oficiales con las armas desenfundadas, apuntando al sospechoso.

El jefe de policía llegó y Dimitri le informó rápidamente de la situación.

El superior asintió antes de dar una orden clara:

—¡Que nadie dispare hasta que yo lo ordene!

Los agentes se posicionaron tras los vehículos, listos para actuar, con las miras fijas en el hombre que mantenía a Lori como rehén.

Ella, a pesar del peligro, se esforzaba por mantenerse serena.

Sentía el frío del cañón presionando su sien, cada temblor del hombre un recordatorio de lo cerca que estaba de la muerte.

Su dedo vacilante sobre el gatillo, un movimiento en falso y todo acabaría.

Lori contuvo la respiración, obligándose a no pensar en ello. Mientras tanto, Jim dio un paso sutil hacia adelante, manteniendo la voz firme pero tranquila.

—Escucha, ¿qué está pasando? —preguntó con suavidad, buscando un punto de conexión—. No quieres hacerle daño a nadie, ¿verdad? Dinos qué necesitas, te ayudaremos. Solo suéltala.

El hombre pestañeó varias veces; su agarre en Lori tembló apenas. Por primera vez, parecía dudar. Jim aprovechó el momento…

—Dime tu nombre —insistió, con la misma calma—. Déjame entender lo que te pasa.

El aire estaba cargado de tensión. Cada segundo que pasaba era un juego peligroso entre la desesperación y la posibilidad de una salida pacífica.

—Jack —murmuró el hombre tras una breve pausa, su voz tensa.

Probablemente un nombre falso, pero serviría para dirigirse a él. Apretó con más fuerza a Lori y presionó el cañón de la pistola contra su sien.

—Bien, Jack. Yo soy Jim —respondió el agente, con un tono sereno pero firme—. Escucha, ¿por qué no la dejas ir? Ella no te ha hecho nada.

Jack no contestó de inmediato. Su respiración era errática, su mirada saltaba de un lado a otro, buscando una salida que no encontraba. Jim avanzó otro paso, con las manos bien visibles.

—¡No se acerque más! —gritó Jack, la voz quebrada entre el pánico y la furia.

—De acuerdo… No me moveré. Pero suéltala y hablamos —insistió Jim, midiendo cada palabra—. Te prometo que vamos a escucharte. Algo te pasa, ¿verdad? Si no, no estarías aquí.

Jack apretó los dientes y sacudió la cabeza.

—¡No! No la soltaré hasta que me escuchen. ¡Nadie quiere escucharme! ¡Nadie me hace caso!

Con un movimiento brusco, presionó aún más el cañón de la pistola contra la sien de Lori.

Ella contuvo el aliento y apretó los labios, resistiendo el impulso de soltar un gemido.

Jack tembló. Por un instante, sus ojos reflejaron algo más que furia: una sombra de miedo.

Pero su desesperación seguía dominándolo.

Estaban justo al lado de una puerta de cristal que daba acceso a una lavandería.

Desde el interior, clientes y empleados observaban la escena con rostros aterrados.

Al comprender el peligro, algunos empleados recordaron la existencia de una puerta trasera junto a los baños, que daba a un callejón lateral.

Con discreción, hicieron señas a los presentes para que comenzaran a salir uno a uno, sin hacer ruido.

De pronto, Jack empujó la puerta con la espalda, obligando a Lori a avanzar con él al interior.

El tintineo de la campanilla contrastó con la brutalidad del momento.

Una vez dentro, giró el pestillo, atrancando la entrada principal.

En ese instante, un golpe seco resonó en la trastienda: la puerta trasera acababa de cerrarse.

Jack giró la cabeza con nerviosismo. Sin soltar a Lori, la arrastró consigo hacia el fondo del local.

Con un fuerte empujón, bloqueó también la salida trasera, eliminando cualquier vía de escape.

Regresó al frente de la lavandería, sujetándola con una mano mientras con la otra presionaba firmemente la pistola contra su sien.

El peligro aumentaba con cada segundo y el tiempo jugaba en su contra.