Día de San Patricio #2
—Hola —respondió ella, devolviéndole la sonrisa—. Vengo por mi café antes de ir a buscar a mi grupito de turistas. —Luego, mirando los donuts que Jim llevaba en su improvisada bandeja de cartón, preguntó con curiosidad—: ¿Qué donut me recomiendas?
Jim sonrió, feliz de poder darle una sugerencia.
—El de chispitas de colores, ¡están buenísimos! —contestó él con entusiasmo.
—Mmmm, tienen buena pinta —dijo ella, asintiendo mientras consideraba la opción.
—Bueno, tengo que irme. ¡El deber me llama!
—dijo Jim, mientras ajustaba los cafés y los donuts en su bandeja de cartón—.
Me espera mi compañero. Espero verte otra vez, y, de paso, me cuentas si te ha gustado el donut.
Hazme caso, ¡pruébalo! —dijo con una sonrisa confiada, mientras sus ojos brillaban con simpatía.
—Te haré caso, gracias —respondió Lori, sonriendo encantadora.
Jim, con un leve movimiento de cabeza, se despidió.
—¡Chao! —dijo mientras comenzaba a alejarse, dejando atrás la acogedora y aromática atmósfera de la cafetería, aunque la imagen de Lori seguía flotando en su mente.
Mientras se alejaba, dejando a Lori en la cola, Jim no pudo evitar sentir que algo en el aire había cambiado.
Aquel encuentro le había dejado una sensación distinta, más vibrante.
Una especie de efervescencia que no podía explicar bien, pero que le hacía sentir más animado, casi eufórico.
Había algo en su interior, un leve resplandor, como si aquel simple momento le hubiera dejado una chispa de entusiasmo que no lograba despejar del todo.
Al regresar junto a Dimitri, este no pudo evitar notar la sonrisa vibrante de Jim.
—¿Y esa sonrisa? Parece que te haya tocado la lotería —comentó Dimitri, con sorpresa y una sonrisa curiosa, mientras observaba a su compañero con una mezcla de intriga y diversión.
Mientras se acomodaban en el coche de patrulla frente a la cafetería donde Jim había comprado los cafés, listos para desayunar, la puerta del local se abrió.
Lori salió en ese preciso instante, sosteniendo su café en una mano y un donut en la otra.
Dimitri la vio y, de inmediato, entendió la razón detrás de la sonrisa estupefacta de Jim.
—Huuuy, ya veo… eso ha sido mejor que la lotería —dijo Dimitri, sin poder ocultar su picardía, mientras su sonrisa se ampliaba de manera juguetona.
Sin perder tiempo, comenzó a tararear disimuladamente la canción Love is in the air («El amor está en el aire»), haciendo que el tono de la conversación se volviera aún más juguetón.
Jim, al escuchar la melodía y ver el brillo en los ojos de Dimitri, sintió un leve rubor recorrerle el rostro.
Trataba de disimularlo, pero no podía evitar sentirse algo nervioso y eufórico.
En el fondo, sabía que su compañero lo había pillado, y aunque no estaba del todo preparado para reconocer lo que estaba sintiendo, no podía evitar sonreír aún más al pensar en Lori.
Otro día, mientras patrullaban las calles con calma, Jim conducía el coche patrulla, atento al entorno.
Dimitri, a su lado, revisaba una lista de informes pendientes cuando, al detenerse en un semáforo, Jim fijó la vista en la acera.
Algo en una figura le resultaba familiar.
Frunció el ceño, enfocando mejor. Unos segundos después, su expresión se endureció.
Sin dudarlo, abrió la puerta del vehículo de golpe y salió disparado hacía el distraído viandante, dejando a Dimitri observándolo con una mezcla de sorpresa e intriga. No había margen de error: era el raterillo de la otra vez, el mismo que había robado la cartera de la anciana Agatha Farrell.
El joven, distraído, tardó un par de segundos en notar la amenaza que se cernía sobre él.
Cuando finalmente vio a Jim corriendo en su dirección, su instinto de supervivencia se activó: echó a correr.
Pero no tuvo oportunidad. Antes de que pudiera siquiera dar un par de pasos, Jim lo alcanzó en dos zancadas y le sujetó con firmeza del brazo.
—¡Te tengo, chaval! —exclamó Jim con una sonrisa satisfecha mientras lo inmovilizaba—. Vamos a dar un paseo hasta la comisaría.
El chico forcejeó con desesperación, pataleó, trató de zafarse, pero la fuerza y la experiencia de Jim le dejaron sin opciones.
—¡Suéltame! ¡Yo no he hecho nada! —protestó con fingida inocencia.
Jim soltó una risa breve y sarcástica.
—Ya, claro. Y yo soy ciego.
Sin más preámbulos, lo esposó y lo llevó hasta el coche patrulla, donde Dimitri ya se había puesto al volante. El muchacho no dejó de revolverse, lanzando protestas, palabrotas y excusas tan absurdas que ni él mismo parecía creérselas.
—¡Eh, eh! ¡Esa boca, jovencito! —intervino Dimitri, arqueando una ceja al escucharlo.
Unos minutos más tarde, Dimitri, observando al muchacho por el retrovisor, le preguntó:
—¿Cómo te llamas, hijo?
—Luke Skywalker [1] —respondió el chico con descaro.
Dimitri y Jim intercambiaron una mirada, disimulando una sonrisa.
De vuelta en la comisaría, mientras se formalizaba su detención, los agentes registraron al joven y encontraron tres teléfonos móviles en sus bolsillos.
Tras verificar los números de serie y cotejar los registros, confirmaron que todos habían sido reportados como robados.
Uno de ellos pertenecía a la Sra. Farrell, la víctima del robo en cuestión.
Siguiendo el protocolo, iniciaron el proceso para contactar a los legítimos propietarios y coordinar la devolución de los dispositivos.
A medida que recopilaban más información sobre el detenido, su identidad real salió a la luz: se llamaba Daniel Finch, un adolescente que había pasado la mayor parte de su vida en el sistema de acogida.
Según los registros, se había escapado varias veces de diferentes hogares, dejando tras de sí un historial de pequeños hurtos.
Aunque sus fechorías no habían sido lo suficientemente graves como para generar antecedentes penales, su tendencia a la delincuencia preocupaba a los oficiales. El robo de la cartera de la Sra. Farrell parecía ser un claro indicio de que su comportamiento estaba escalando.