Bajo el cielo de Nueva York: ¡Todo comenzó por un café! Día de San Patricio
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Día de San Patricio

Ese día, a Jim y Dimitri les toca patrullar y mantener el orden en medio del bullicio y la euforia festiva.

La multitud, emocionada por la celebración, a menudo los empuja en su intento por cruzar las calles o encontrar un mejor lugar para ver el desfile.

Tienen que estar atentos para evitar que los niños se pierdan o alguien cometa alguna imprudencia en medio del gentío.

Además, la aglomeración es el escenario perfecto para los carteristas, que aprovechan cualquier distracción para hacer de las suyas.

Jim y Dimitri deben mantenerse en constante vigilancia, con mil ojos puestos en cada rincón, asegurándose de que la festividad transcurra sin incidentes graves.

No es una tarea fácil, pero están acostumbrados a lidiar con el caos y a encontrar el equilibrio entre la seguridad y el espíritu festivo del día.

Mientras vigilaban y controlaban la zona, una mujer joven se les acercó con expresión preocupada.

Detrás de ella, un grupo de personas la seguía de cerca; todos llevaban un pequeño banderín amarillo prendido en la solapa, excepto ella, que sostenía en la mano uno más grande, como si quisiera asegurarse de que la distinguieran con facilidad.

Jim, atento a su entorno, captó su rostro antes de que ella dijera una sola palabra. Le resultaba familiar y en menos de una décima de segundo su mente ató cabos.

«Es la chica del café derramado…», pensó, y supo de inmediato que no se equivocaba.

Esbozó una leve sonrisa, justo cuando ella comenzaba a hablar.

—Agente… —empezó a decir con apremio, pero de pronto se detuvo al reconocerlo—. Oh… hola. Perdona la molestia… —corrigió, aun visiblemente inquieta.

—No hay problema —respondió Jim, adoptando una postura más atenta.

—Creo que se me ha perdido uno de mis turistas —continuó ella, y antes de que pudiera explicar más, una mujer mayor a su lado intervino con voz temblorosa y los ojos al borde de las lágrimas.

—Es mi marido… —balbuceó con la voz quebrada—. Entró al baño del centro comercial hace un rato… y aún no ha regresado. No sé nada de él. Habíamos quedado en encontrarnos a las doce para reunirnos con los demás, pero desde entonces no lo he vuelto a ver.

—Tranquila, señora —dijo Dimitri con voz serena—. Dígame, ¿cómo se llama su marido y qué ropa lleva puesta? ¿Hay algún otro detalle que pueda ayudarnos a identificarlo?

—Se llama Dan —respondió la mujer, tratando de controlar su nerviosismo—. Viste pantalones grises, una camisa de cuadros azules y una cazadora azul. Además, lleva un sonotone, porque tiene problemas de audición —añadió con voz temblorosa.

Jim asintió, memorizando la descripción.

Cualquier detalle podía ser crucial. Sin perder un segundo, Jim y Dimitri intercambiaron una mirada y se pusieron en marcha.

Se dirigieron con paso firme hacia el centro comercial, cruzando la entrada en dirección a los baños de caballeros, listos para averiguar qué estaba ocurriendo.

Mientras Dimitri entraba en los baños para buscarlo, Jim decidió inspeccionar los alrededores.

Recorrió con la mirada los pasillos del centro comercial, deteniéndose especialmente en los puestos de suvenires, por si acaso el hombre se había distraído con algo.

Y allí, en una de las tiendas de recuerdos, encontró a un señor que encajaba perfectamente con la descripción que tenían.

Vestía pantalones grises, una camisa de cuadros azules y una cazadora azul, además de llevar un pequeño banderín amarillo prendido en la solapa.

Estaba completamente absorto, hojeando postales con aire despreocupado.

Jim se acercó con cautela, le dio un ligero toque en el hombro y preguntó:

—¿Dan?

Efectivamente, era el hombre «extraviado».

Se había distraído por completo y había perdido la noción del tiempo, sin darse cuenta de la preocupación que estaba causando.

Su ausencia había generado un gran revuelo en el grupo, especialmente en su esposa y en Lori, la encargada de todos, quienes habían pasado de la inquietud a un temor creciente, temiendo que algo grave hubiera ocurrido.

Afortunadamente, todo quedó en un susto. Dan estaba sano y salvo, solo algo desorientado y ajeno al caos que, sin querer, había desatado.

—¿Tanto revuelo por mí? Me siento halagado —bromeó Dan con una sonrisa, intentando restarle importancia al asunto.

Su esposa, sin embargo, le dedicó una mirada reprobatoria antes de reñirlo con un deje de exasperación:

—¡Eres peor que un niño! No puedo descuidarte ni un segundo sin que te escapes.

—Se me fue el santo al cielo, cariño, lo admito. Lo siento mucho… De verdad, no quería asustaros. Perdón, perdón, perdón —dijo Dan, dirigiéndose a los demás, aun sonriendo con aire travieso.

Sus palabras provocaron risas en el grupo y la tensión se disipó de inmediato.

Todos respiraron aliviados al confirmar que, después de todo, no había pasado nada grave.

Jim, por su parte, no pudo evitar notar que los acentos de los turistas le sonaban familiares.

Movido por la curiosidad, se acercó a ellos y, con una sonrisa amigable, les preguntó de dónde procedían.

Todos respondieron al unísono que venían de Irlanda del Sur.

—Mi padre es irlandés —respondió Jim, orgulloso, con una sonrisa amplia que reflejaba su conexión con sus raíces.

La coincidencia causó entusiasmo en el grupo y algunos de ellos comenzaron a interesarse por la ciudad de su padre y por otros detalles sobre su origen. El ambiente se volvió aún más cálido y cercano, como una nueva camaradería entre ellos.

Tras agradecer sinceramente a los agentes por su ayuda, Lori se encargó de hacer un rápido recuento de los miembros del grupo, asegurándose de que todos estuvieran presentes.

Los nombró uno por uno, mirando su lista, hasta confirmar que no faltaba nadie.

Cuando terminó, se giró hacia Jim. Tanto él como Dimitri aún no se habían marchado, esperando asegurarse de que su ayuda ya no era necesaria.

Jim le dedicó a Lori una sonrisa abierta y amistosa, mientras Dimitri observaba la escena con aire divertido. No pudo evitar notar el sutil intercambio de miradas entre ellos y, con una sonrisa pícara, comprendió que en el aire flotaba algo más que simple cordialidad.

Finalmente, Lori se volvió hacia su grupo y, con renovado entusiasmo, anunció:

—Mientras llega el autocar para llevarnos a almorzar a ese prometido sitio sorpresa, ¿por qué no nos situamos en un lugar privilegiado desde donde podamos disfrutar del desfile?

—sugirió Lori, su voz llena de energía positiva, contagiando su buen humor a todos los presentes.

Sonrió y, con tono juguetón, añadió—: ¡Y que no se me pierda nadie más, por favor!

Jim y Dimitri, con amabilidad, despejaron un espacio especial para el grupo, que les agradeció el gesto. Alegres y entusiasmados, se reunieron y acomodaron para disfrutar del desfile.

—¡Espero que todos tengáis hambre! —exclamó Lori, aún más emocionada, sabiendo que la sorpresa que había planeado sería algo realmente especial.

Les tenía reservado un menú irlandés exclusivo de San Patricio, una sorpresa que disfrutarían en un auténtico restaurante irlandés en pleno corazón de Manhattan.

Aunque el grupo provenía de Irlanda, Lori había preparado algo verdaderamente especial: una oportunidad para que se sintieran como en casa, pero rodeados de la energía vibrante y el ambiente diverso de Nueva York.

Era una forma de ofrecerles lo mejor de su cultura fusionado con la emoción única de estar en la ciudad que nunca duerme.

Cuando terminaron su labor y se despidieron del grupo, deseándoles una feliz estancia en Nueva York, Dimitri miró a Jim con una sonrisa pícara y dejó escapar una risa baja antes de decir en tono juguetón:

—Vamos, Casanova, sigamos con nuestra ronda.

Jim, aun sonriendo por la situación, levantó la ceja y respondió con sarcasmo:

—¿Casanova, yo? Creo que te has equivocado de película, Dimitri.

Ambos se echaron una mirada cómplice, sabiendo que, a pesar de sus bromas, el día seguía siendo ajetreado.

Sin perder tiempo, retomaron su vigilancia, pero con una sensación de alivio y una ligera sonrisa.

En el fondo, Jim no podía negar que había sentido un ligero cosquilleo al ver a Lori, la simpática guía turística.

Aunque antes los grupos de turistas solían pasarle desapercibidos, algo en ella había despertado su atención de una manera diferente.

Algo en su sonrisa, en su energía, había dejado una impresión que no podía borrar tan fácilmente.

A partir de ese día, Jim se encontró mirando más allá de su rutina diaria, buscando grupos de turistas por la ciudad con la esperanza de cruzarse de nuevo con ella.

No era algo que él se hubiera planteado antes, pero ahora, por alguna razón, le parecía que la posibilidad de encontrarse con Lori estaba en todas partes.

En las calles concurridas de Nueva York, en las cafeterías llenas de gente, incluso en el bullicio de un centro comercial, su mente no dejaba de pensar en el inesperado encuentro.

Sin darse cuenta, se encontraba esperando ese momento, esa nueva oportunidad para verla.

Era un lluvioso día de mañana cuando a Jim le tocó ir a por los cafés.

Se dirigió a una de las cafeterías habituales donde él y Dimitri ya eran conocidos.

Como siempre, había una pequeña cola, pero eso no le importó; recogió los dos cafés, el suyo y el de Dimitri, y aprovechó para pedir unos donuts.

Mientras se acercaba al mostrador para recoger su pedido, notó que la cola había crecido, y en ella estaba… Lori. Ambos se miraron, sonrieron y se saludaron con una sonrisa de sorpresa.

—¡Buenos días! —dijo Jim, un poco sorprendido de verla allí y, además, tan temprano. Se detuvo un momento mientras ella esperaba su turno en la cola—. ¡Vaya, qué madrugadora!