59
Lola
¿Quién me iba a decir, al despertar esta mañana, que unas horas más tarde estaría recorriendo la bulliciosa ciudad de El Cairo, con el hombre de mis sueños sentado a mi lado en la parte trasera de un taxi y una sonrisa radiante en nuestros rostros?
Rememoro cuanto ha sucedido en las últimas horas: en mi apartamento de Valencia, Patri salió de mi habitación con una mochila provista de ropa para el viaje; lo tenía todo preparado.
Me explicó que unas horas antes se había enterado de los planes de Asim, y que por eso me insistió en que no fuera en chándal.
Menos mal que le hice caso y me puse el mono de lino y no las viejas mallas, porque no tengo ni idea de a dónde me lleva él ahora.
No me ha contado nada, por más que le he preguntado durante todo el viaje.
Insiste en que quiere que lo vea con mis propios ojos, y, por más que pienso, no puedo imaginar qué es tan importante para que haya venido a buscarme y me arrastre hasta aquí, sin darme ni siquiera un motivo.
Aunque, en el fondo, sé que yo lo seguiría al final del mundo si él me lo pidiera.
Está oscureciendo. El sol se oculta tras la colina, bañando las montañas de tonos dorados y rojizos que parecen arder por un instante antes de convertirse en sombras.
Contemplo por la ventanilla los verdes campos de cultivo, donde el tiempo parece haberse detenido desde hace miles de años, y que contrastan con la calidez del horizonte.
—Ya estamos llegando —me anuncia. Toma mi mano con suavidad y la envuelve con la suya, como si quisiera transmitirme tranquilidad.
Miro por la otra ventanilla, la que queda del lado de Asim, y veo la excavación de Abidos, el lugar donde trabaja junto a su equipo.
Enseguida me vienen a la memoria los recuerdos de aquel día, cuando me quedé encerrada en la tumba.
La sensación de mareo, el calor sofocante…
Un escalofrío recorre mi espina dorsal, y me invade el pánico.
Aprieto su mano y, mirándolo a los ojos asustada, le susurro, para que no me escuche el chófer:
—No quiero volver a entrar en esa tumba. Lo pasé muy mal y no podría soportar repetir la experiencia.
—No vamos allí. Nos dirigimos un poco más al sur.
—Sonríe con dulzura para tranquilizarme.
Luego extiende su brazo por encima de mis hombros, acercándome un poco más a él.
Al sentirlo tan cerca, dejo que la tensión se disuelva y me relajo en el asiento.
Con la cabeza apoyada en su hombro, continúo mirando la colina donde se encuentran las tumbas.
El taxi se detiene en un lugar apartado, y nosotros seguimos a pie por un sendero solitario, donde no se ve a nadie.
Él mira atrás constantemente, como si temiera ser descubierto, y acelera el paso, sujetando mi mano.
Yo me obligo a no tropezar con alguna piedra en el camino que apenas logro distinguir, pues ya casi es de noche.
—¿Qué ocurre? ¿De quién nos escondemos? ¿Qué hacemos aquí a esta horas? —le pregunto, intentando que mi voz no tiemble. Pero él no me contesta. Sigue avanzando con paso firme, como si el silencio fuera la única respuesta posible.
Al girar tras un pequeño montículo, me sobresalto al encontrarme cara a cara con un anciano de larga barba gris.
Al verme, sonríe. Un recuerdo cruza mi mente: esa cara ya la he visto antes.
Es el hombre que me vendió el talismán de Horus, el mismo de la foto en el gran bazar de El Cairo.
No entiendo qué hace aquí, en medio de este lugar.
Me quedo mirándolo, incapaz de apartar la vista, hasta que mi atención se desvía al fondo, donde Asim, junto con otro hombre, aparta con esfuerzo una enorme roca.
Poco a poco, se revela lo que parece la entrada a una tumba.
El anciano, sin mediar palabra, introduce la mano en el bolsillo y saca la figurita de Horus que le compré en el bazar. La sostiene frente a mí como si fuera una clave, un mensaje que aún no logro comprender.
—¿Pero…? —murmuro, mirando a Asim.
Este se encoge de hombros.
—A ver si tu logras que te la dé, porque yo ya lo he intentado varias veces y no lo he conseguido.
Vuelvo a mirar al anciano, que extiende su mano, con el halcón en ella, y me dice en español, con un marcado acento árabe:
—Este talismán lleva varios siglos en mi familia.
Yo soy su último guardián —afirma con solemnidad.
Coloca la figurita en mi mano y, con delicadeza, la cubre con las suyas—.
La historia que se cuenta en estas paredes es también la de mis antepasados, y hoy, por fin, nos liberamos de su custodia.
Ahora está en vuestras manos decidir su destino.
—Hace una pausa, mirándome con intensidad, antes de añadir—: Nosotros ya nos marchamos.
Ha sido un gran honor para mí y para todos mis antepasados ser sus guardianes, mi reina.
—Hace una gran reverencia y, antes de que yo pueda reaccionar, se da la vuelta y se marcha con paso decidido.
—¿Qué ha querido decir con eso? No entiendo nada —le pregunto a Asim, ojiplática.
Él sonríe y me tiende una lámpara de camping , encendida.
—Tienes que ver esto —me dice, y hace un gesto con la mano para que entre yo primero en la tumba.
—No, gracias. Prefiero ir detrás, si no te importa. —Disimulo el temblor en mi voz mientras mis ojos se clavan en la oscura entrada.
Sonríe con ternura, agarra mi mano y entramos juntos.
Al cruzar el umbral, una corriente eléctrica hace que mi vello se erice.
Me detengo un instante, sobrecogida al contemplar las preciosas paredes blancas, que parecen brillar con luz propia bajo el tenue resplandor de las lámparas.
Las escrituras jeroglíficas las inundan de arriba abajo.
Asim me sonríe y señala con el dedo un dibujo próximo a mí: se trata de un halcón, idéntico al que sostengo en mi mano.
Observo ambos en detalle, como si estuviera frente a un espejo.
La similitud es tan perfecta que resulta imposible encontrar una explicación lógica.
Asim continúa descendiendo, y yo, temiendo quedarme sola en la penumbra, acelero el paso para seguirlo de cerca.
A mitad de camino, el corredor se ensancha en dos espacios laterales simétricos, cuidadosamente esculpidos en la roca.
En cada uno, se alzan dos mesas de ofrendas, idénticas.
Sobre estas hay bandejas repletas de lo que parecen haber sido flores, vasijas perfectamente conservadas, muebles, joyas…
El ambiente, impregnado aún del leve aroma a incienso, transmite la sensación de que el tiempo se ha detenido, como si nadie hubiera cruzado ese lugar en miles de años.
—No entiendo. ¿Esta tumba está abierta al público?
Asim niega con la cabeza, sin perder la sonrisa. Luego, pasa su brazo por mi cintura y comenzamos a descender juntos, caminando el uno al lado del otro.
—Ven. Falta poco para que lo entiendas todo, como ya lo he hecho yo.
Al llegar al final del corredor, unas grandes puertas talladas con preciosas flores azules se alzan entreabiertas, dejando el espacio suficiente para que podamos pasar.
Cuando Asim ilumina la cámara mortuoria y veo los sarcófagos en su interior, las piernas me fallan y estoy a punto de caer.
Él me sostiene y levanta su lámpara para iluminar el techo.
Sobre nosotros, la diosa Isis extiende sus alas en un cielo azul tachonado de estrellas.
Los dos sarcófagos reposan muy cerca uno de otro, tanto que casi parecen tocarse.
Sus superficies están cubiertas de pan de oro, con intrincadas inscripciones.
Nos acercamos un poco más, y observo que la tapa del más pequeño está entreabierta.
Asim me anima a acercarme un poco más y, cuando ilumino el interior con mi lámpara, todo vuelve a ocurrir, como si el pasado rompiera su silencio y reclamara su lugar en el presente.
Igual que si de una película se tratara, me veo en la orilla del río, esperando a mi medjay , que me saluda con su mano al viento.
Aparto mi lámpara, cuyo haz apunta al interior del sarcófago, y, al levantar la mirada, me encuentro con sus ojos.
Me observa con una sonrisa espléndida en su rostro, como si supiera lo que acabo de ver.
La momia está parcialmente tapada con la piel de un leopardo.
Mis ojos se llenan de lágrimas, y mis dedos, casi sin pensar, acarician suavemente el pelaje.
Entonces, un destello capta de inmediato mi atención: es el collar de la diosa Isis, el mismo con el que he soñado en incontables ocasiones.
Ahora está ahí, ante mis ojos, al alcance de mis dedos.
Me llevo una mano a la boca, tratando de ahogar un gemido, y me aparto del sarcófago tan solo unos pasos.
Necesito espacio para asimilar lo que acabo de ver.
—¡No puede ser! —murmuro.
—Exactamente eso es lo que pensé yo cuando tú me contaste tus sueños. Pero aquí está la prueba que buscaba, en estas paredes, en estas momias.
Las yemas de Asim resiguen un bajorrelieve en el sarcófago: dentro de un cartucho aparece escrito el nombre de la mujer que yace en su interior. Luego, sin titubear, coge el collar de Isis con cuidado, para no dañarlo.
—Esto te pertenece, Nebet.
Ese nombre resuena en mi interior como propio. No me resulta extraño que me llame así, pues en mis sueños ya lo había hecho antes. Doy otros dos pasos atrás y niego con la cabeza.
—No puedo cogerlo, sería robar.
—Este será el mayor descubrimiento de este siglo, y este collar te pertenece. Siempre lo ha hecho. Lo compré para ti, ¿recuerdas? —alega, y el color ámbar de sus iris parece aclararse aún más a causa de las lágrimas que amenazan con salir.
Se sitúa detrás de mí y coloca el collar sobre mi pecho. Mis manos vuelan hacia él instintivamente y, al sentirlo contra mi piel, me invade la certeza de haber recuperado algo perdido. Lágrimas de felicidad se deslizan por mis mejillas.
Asim me gira despacio y se inclina hasta que sus ojos se encuentran al mismo nivel que los míos.
—Anoche lo vi todo. No sé cómo ocurrió. Lo he intentado más veces, pero ya no funciona.
—Su voz tiembla un ápice. Aparta la mirada un instante, como si buscara las palabras adecuadas—.
Y no sé muy bien cómo explicarlo, pero toqué el sarcófago y lo vi todo con claridad.
Tenías razón aquella noche. Tú me encontraste a mí.
—Hace una pausa; su expresión está cargada de culpa y esperanza—.
¿Podrás perdonarme algún día por no haberte creído?
Asiento sonriendo, sin poder parar de llorar de felicidad.
Con manos trémulas, saco del bolsillo del pantalón el talismán de Horus, que guardé ahí antes de entrar en la tumba.
Lo coloco sobre su mano y la estrecho con fuerza entre las mías.
Justo en ese momento, una voz grave de mujer emerge de la nada resonando en el espacio y en nuestros corazones.
La reconozco; algo en mi interior sabe que no debemos temer.
El sonido parece brotar de todas partes a la vez, y los bajorrelieves de las paredes comienzan a cobrar vida, refulgiendo con una luz dorada que recorre cada trazo de los jeroglíficos.
En el techo, el cielo estrellado parece brillar mientras nos cubren las alas de la diosa Isis.