Epílogo
Meses más tarde, sobre las aguas del Nilo…
Nunca pensé que unos sueños me conducirían a este momento. Tampoco imaginé que un simple viaje cambiaría mi vida y la de las personas que me acompañaron.
Aquella noche, cuando Asim y yo salimos de la tumba, fue como despertar tras un largo sueño. Caminamos de la mano, solos, en silencio. Únicamente nuestras miradas hablaban, diciendo todo aquello que las palabras no podían expresar.
Al llegar al campamento base, Asim le explicó al jefe de la excavación el descubrimiento, sin dar demasiados detalles. Desde ese instante, mi vida dio un giro de ciento ochenta grados.
Las autoridades egipcias acudieron con rapidez, y los periodistas no tardaron en hacernos multitud de entrevistas para prensa y televisión, donde contamos nuestra historia, una historia que ahora están convirtiendo en un libro.
¿Quién me lo iba a decir a mí tan solo unos meses atrás, mientras veía documentales en el sofá de mi casa?
Nunca imaginé que aquellos sueños recurrentes tuvieran un propósito tan claro, una razón que cambiaría no solo mi existencia, sino también la forma en que entiendo el mundo y mi lugar en él.
Ahora vivimos en Egipto, donde, junto a Lourdes y André, hemos montado una agencia de viajes históricos a bordo de la dahabiya , que se ha convertido en nuestro hogar.
En ella recorremos el Nilo, contando nuestra historia a los viajeros que vienen a conocerla.
Una historia que, en muy poco tiempo, se ha vuelto famosa en todo el mundo, atrayendo a personas de todos los rincones del planeta que buscan vivir, aunque sea por unos días, un fragmento de esa antigua magia.
Abro las cortinas del amplio ventanal de mi dormitorio y contemplo las maravillosas vistas sosteniendo una taza de café.
Ayer Asim se despidió de mí como todo un caballero, con un tierno beso en la mano, y yo he compartido habitación con mis amigas como despedida de soltera.
En pijama, pusimos música y terminamos bailando sobre la cama, como si volviéramos a ser niñas otra vez.
Patri y yo tomamos unas cervezas bien fresquitas, justo como a nosotras nos gustan.
Carmen se encarga de que la nevera siempre esté abastecida, para que nunca falte una cerveza fría en este barco, que ahora también es su hogar y el de Javier.
Ambos se ocupan de la cocina, donde preparan juntos deliciosas comidas para todos los pasajeros y la tripulación.
Las tres bailamos gran parte de la noche sin parar de mover las caderas y reír al ritmo de la música, mientras Carmen, con su cerveza sin alcohol en la mano, intenta imitarnos como puede.
Su cintura ya deja ver la curva de una prominente barriguita.
La noche terminó como siempre que Patri se toma una de más: le da por llorar.
Esta vez, el motivo fue el reencuentro con Farid, que viaja con nosotros como invitado de Asim, pero que viene acompañado de la esposa que su madre ha elegido para él.
Hasta que se quedó dormida, no dejo de repetir entre mocos y sollozos que nunca va a encontrar a su príncipe, que solo besa a sapos.
Pero estoy segura de que este llegará cuando sea el momento, porque sé con certeza que, al igual que para todos, su destino también está escrito en alguna parte.
La puerta se abre de golpe y entra Carmen, con el pelo teñido de un rosa chicle, una bandeja en la mano y comiéndose una galleta.
—Te traigo algo de desayuno para que cojas fuerzas para lo que te espera hoy. ¿Preparada?
Asiento con una sonrisa de oreja a oreja mientras Patri sale del baño con los rulos en la cabeza y unas mascarillas de gel cubriendo las ojeras.
—Ya veremos cómo queda —me dice, con cara de preocupación, señalando su cabeza, tapada con una redecilla—. Os podíais haber casado en algún sitio cerca de una peluquería, ¿no crees?
Sonrío y me giro para volver a contemplar el Nilo. A lo lejos, detrás de él, se alza la ladera oeste de Abidos, donde se encuentra la última morada de nuestra vida anterior.
—Este es el lugar perfecto. Nunca lo dudamos. Tenía que ser cerca del que fue nuestro final, para poder comenzar una nueva historia, pero esta vez juntos.
—¡Ay, cuqui, qué bonito! Solo por eso, te lo perdono todo. —Me da un beso en la cara y regresa al baño, tocándose los rulos con las manos.
—Es un sueño de vestido —comenta Carmen. Se acaricia su redondeado vientre mientras contempla el que será mi atuendo hoy, que está colgado en una de las paredes del dormitorio.
Patri ha echado mano de sus contactos y, en tiempo récord, un diseñador amigo suyo creó el traje que yo quería llevar en este día tan especial.
Entre las dos me maquillan y me peinan. Han dejado mi largo pelo rizado suelto, recogido solo a ambos lados de mi cara con unas finas trenzas.
Como único adorno, llevo una flor de loto azul recién abierta, que desprende un dulce aroma, igual que las que forman el ramo.
En mi cuello, luce el collar de Isis. He querido que forme parte de este día tan importante para nosotros dos, aunque mañana lo entregaremos al conservador del nuevo Museo de El Cairo, para que sea expuesto junto al resto del tesoro encontrado en la tumba de Abidos, que ya ocupa un ala dedicada exclusivamente a él.
—Cuqui, pareces una reina egipcia —asegura Patri con los ojos vidriosos, abanicándose con las manos e intentando no llorar para no estropear su maquillaje.
Una vez soñé con llevar este vestido blanco, en el que, en lugar de pieles, hemos querido utilizar un género más fresco para esta época del año, pero que, a simple vista, es igual al que yo tenía en la memoria.
Es ligero y vaporoso, con delicadas plumas adornando el pecho, lo que le aporta un aire etéreo y elegante.
Aunque, en mis recuerdos, yo no era tan feliz como lo soy en este momento.
Llaman a la puerta. Carmen abre, y es mi abuela quien entra.
Al verme, sus ojos se llenan de lágrimas.
Me abraza con tiento, como si temiera romper este momento tan especial.
Su fragancia, una mezcla de jazmín y el perfume que siempre ha usado, me arropa con una calidez que solo ella puede brindarme.
La amo con toda mi alma, y en este instante me doy cuenta de cuánto significa tenerla a mi lado en este día tan importante.
—Estás preciosa —me dice, con una gran sonrisa y lágrimas en los ojos. Luego, acariciando mi mejilla con ternura, añade—: Ahí arriba hay un muchacho muy nervioso que te espera desde hace mucho tiempo. ¿Vamos?
Asiento sonriendo y me agarro de su brazo, para permitir que me dirija hasta él.
Hemos querido celebrar una boda sencilla y simbólica para sellar nuestro amor y gritar a todos los vientos de esta antigua tierra que por fin estamos juntos. Que la magia pudo con todo. Y no podía oficiarla otro sino el guardián de nuestro amor.
El anciano, además del talismán, también atesoraba un papiro que Sotis dejó para nosotros, sabiendo que tarde o temprano esto ocurriría. En él, escrito de su puño y letra, se encuentra un antiguo rezo destinado a bendecir nuestras almas, al fin reencontradas.
Asim me espera frente a un improvisado altar de flores azules y blancas que Patri ha confeccionado con la ayuda de Lourdes y André, creando un marco perfecto para este momento tan especial.
Al subir el último escalón que lleva a cubierta, poso mi mano sobre el collar de la diosa Isis. En ese instante, una bandada de garzas reales sobrevuela la embarcación, tan cerca que el suave batir de sus alas parece acariciar el aire a nuestro alrededor, creando una atmósfera mágica.
Miro al frente. Ahí está, no es un sueño.
Me mira con esos ojos ámbar que brillan bajo el sol, y que deseo que me contemplen de ese modo para siempre.
A mi alrededor, todos observan el cielo, asombrados por la cantidad de aves, pero yo solo puedo verlo a él, vestido tan elegante.
Me sonríe, y todos mis nervios desaparecen.
Siento como mi abuela aprieta mi mano con cariño.
Entonces, camino segura hacia mi destino, sonriendo también, con la certeza de que todo estaba escrito y que nada podría haber evitado que nuestras almas, tarde o temprano, se volvieran a encontrar bajo el cielo de Isis.