Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 58
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Nebet

Ra se había ocultado nuevamente por el oeste, tiñendo el cielo con los últimos destellos del crepúsculo.

Desde una de las tumbas de Abidos, una hermosa melodía emerge dulcemente, como si el aire mismo la transportara desde el interior.

En la entrada, varios medjays , armados y en alerta, vigilan la parte baja de la ladera.

El largo corredor, iluminado de forma tenue con pequeñas lámparas de aceite, se encuentra repleto de personas que han venido a acompañar a los sarcófagos.

Ocultos en las sombras de la noche, avanzan en una silenciosa y solemne procesión.

La gran mayoría son nubios, llegados a estas tierras como esclavos, los cuales habían depositado en el matrimonio de su princesa la esperanza de alcanzar la libertad.

Sin embargo, con su muerte, esos sueños se han desvanecido.

Lloran no solo la pérdida de su princesa, sino también la de su anhelada libertad, que ahora consideran de nuevo inalcanzable.

En el interior de la tumba, atestada de ofrendas, Sejemká sostiene entre sus brazos al pequeño Heny, quien duerme profundamente con el halcón aún en su mano.

La mirada del escriba está cargada de tristeza mientras observa a su hermosa mujer, que acaricia la piel de Behsi, a la que porta en los brazos.

Ella llora desconsolada, como una plañidera, lamentando la muerte de sus dos amigos, pero, sobre todo, la pérdida de Nebet.

Ha prometido ser la guardiana de su morada eterna, y él la ayudará en su cometido, si ese es su deseo, para el resto de sus días.

Contempla con orgullo el trabajo de los hábiles dedos que han plasmado con precisión todo lo que él les pidió, y mucho más.

La tumba, adornada con detalles exquisitos, es la más hermosa que jamás hayan visto sus ojos.

En sus blancas paredes, la vida de los amantes ha quedado inmortalizada con finos trazos de vivos colores que parecen cobrar vida bajo el parpadeo de la luz de las candelas, las cuales alumbran cada detalle con un resplandor casi mágico.

Sobre sus cabezas han dibujado cientos de estrellas y, en el centro, la majestuosa figura de la diosa Isis, extendiendo sus alas protectoras sobre los sarcófagos, como un símbolo de amor divino y protección.

El sumo sacerdote de Amón, Hem Necher, con su voz solemne y gutural, realiza la apertura de la boca, el último rito sagrado antes de que los sarcófagos sean cerrados por siempre para su descanso eterno.

Asenet se acerca y, con infinita ternura, coloca la piel de Behsi sobre su señora.

—Así podréis estar juntas por siempre —susurra, y de sus penetrantes ojos negros mana un río de lágrimas que fluyen sin consuelo.

Acaricia con cuidado la máscara que cubre el rostro de su señora, una obra maestra creada por un artesano que ha plasmado sus facciones con exactitud, para que su Ba, al volar sobre su cuerpo, la reconozca.

Los ojos de la máscara, decorados con piedras de jaspe negro, parecen mirar fijamente.

Con manos temblorosas, Asenet le coloca al cuello el collar de Isis, sobre los linos que envuelven su cuerpo.

—Que la gran diosa hable por vosotros ante Osiris, y con su poderosa magia os permita reuniros de nuevo para que al fin podáis gozar de una vida juntos.

Sotis, de pie junto al sumo sacerdote, comienza a recitar los antiguos sortilegios que se han grabado en las paredes, para así dotarlos de poder.

Su voz suena más grave de lo habitual, de modo que sus palabras reverberan en cada rincón.

Los presentes sienten que las palabras recorren el interior de sus cuerpos mientras la gran sacerdotisa de Isis, casi en trance y con los párpados cerrados, entona una tras otra todas las fórmulas conocidas, en una interminable letanía.

Por último, abre los ojos, observa las momias con tristeza y, posando sus manos sobre los sarcófagos, continúa:

—Que la gran diosa madre y maga os reúna, tal como hizo con los trozos de Osiris tras su muerte, devolviéndole la vida.

Que sus majestuosas alas, símbolo de amor eterno, os protejan y os envuelvan en su abrazo divino, guiándoos a través de las sombras hasta que volváis a encontraros bajo su cielo estrellado.

Varios sacerdotes se sitúan alrededor y, con movimientos ceremoniosos, colocan las tapas sobre los sarcófagos, sellándolos en un silencio infinito. Asenet, incapaz de contener el llanto, abraza a Sejemká, quien la estrecha para darle consuelo frente al desgarrador adiós.

Sellan la puerta de la cámara mortuoria, tallada con hermosas flores de loto azul, símbolo de renacimiento y eternidad, mientras encienden abundante incienso de la mejor calidad, para purificarlo todo.

Poco a poco, en un triste desfile, los asistentes a la ceremonia regresan al exterior, en el que esa noche brilla una gran luna, testigo silencioso y guardiana eterna de los secretos que esconden los muros sagrados.

Apagan las lámparas de aceite y, cuando todos han salido, bloquean la entrada colocando una voluminosa piedra que los artesanos han tallado con esmero, de manera que resulte indistinguible de la ladera de la montaña.

De ese modo, se aseguran de que nadie interrumpa su descanso.

Además, para proteger el lugar de los profanadores, que ya han actuado tantas veces, un medjay permanecerá siempre vigilante.