57
Lola
Después de que mi abuela salga de su casa, dejándome sola para evitar que yo siga preguntando, recojo todas mis cosas y pongo rumbo al bar de Carmen.
Patri me ha llamado ya dos veces y me ha enviado un sinfín de mensajes, recordándome que no olvide que he quedado con ella.
Más tarde me ayudará a deshacerme de toda la información y objetos relacionados con Egipto que inundan mi pequeño apartamento, para así cerrar este capítulo que parece anclarme al pasado y, de ese modo, poder centrarme en el futuro.
En su último mensaje, me advierte que no vaya en chándal porque tiene una sorpresa para mí.
Mi amiga y su preocupación con los estilismos…
Sin embargo, eso dispara todas mis alarmas.
¿Y si es Asim? ¿Y si ha venido a por mí?
Hago caso a mi amiga y me arreglo un poco, aunque solo sea para ir del bar a mi apartamento.
Al entrar, veo a Patri con una sonrisa de oreja a oreja. Habla con Carmen, que está al otro lado de la barra secando vasos con un trapo y la escucha sonriente. En cuanto se dan cuenta de que he llegado, Patri se levanta del taburete y viene hacia mí. Me mira de arriba abajo y dice:
—Menos mal que no has venido en mallas, cuqui. Estás monísima. —Me coloca bien los rizos—. Menos mal.
Esto último lo repite muy bajito, mirando a Carmen, pero yo lo escucho sin dificultad. Carmen también sonríe de oreja a oreja. Entonces, veo salir de la cocina a Javier, con una redecilla en el pelo y un delantal de cocina, sosteniendo entre las manos una enorme tortilla de patata.
—¡Mira, justo a tiempo! Tortilla recién hecha. ¿Te pongo un pinshito , preciosa? —me ofrece, guiñándome un ojo.
Al ver la cara que se me ha quedado, mis amigas rompen a reír a carcajadas. Carmen sale de detrás de la barra y me abraza.
—Te veía tan jodida que no sabía cómo decirte lo feliz que me sentía yo.
—Me alegro tanto por ti —le digo al oído, y añado en un susurro—: Lo sabía. Y mi abuela también.
—¿Y qué es lo que ella no sabe? —me dice, sonriendo, y las dos estallamos en una carcajada.
Javier sale de detrás la barra, se quita la redecilla del pelo y me estrecha con fuerza.
—Seguí tu consejo y, en cuanto llegué a Sevilla, cogí el primer vuelo que salía para Valencia. Y aquí me tienes.
—¿Sabes? Es mejor arriesgarse y fracasar que quedarse con la duda de no haberlo intentado.
Charlamos un rato mientras nos tomamos una caña fresquita y un pincho de tortilla recién hecha.
Javier y Carmen nos explican cómo, poco a poco, el andaluz, mediante pequeñas acciones, ha ido soltando las vendas de las que hablaba mi abuela.
Mientras Patri y yo vamos en su Mini hacia mi apartamento, pienso en lo tonta que he sido por fantasear con que Asim pudiera venir a buscarme.
¿Por qué tendría que hacerlo? Aparto ese pensamiento de mi cabeza y me centro en lo feliz que he visto a mi amiga al lado de Javier y la bonita pareja que forman.
Al llegar al portal, mientras busco las llaves en el fondo de mi mochila, una caja junto al contenedor de basura llama nuestra atención. De su interior parece salir un sonido semejante al llanto de un bebé.
—¡Hostis, cuqui! ¿Hay un niño en esa caja?
Me acerco despacio y levanto suavemente la tapa.
Desde el interior, un pequeño felino nos mira asustado, con sus ojitos verdes muy abiertos, acurrucado en una esquina.
Tiene el pelaje sucio y está tan delgado que sus huesos se marcan bajo la piel.
El cachorro emite un leve maullido, como si buscara consuelo para su diminuto cuerpo tembloroso.
—Es un gatito —le digo a mi amiga mientras lo cojo con mucho cuidado, para no asustarlo.
—Pobrecito, parece hambriento. ¿Qué hacemos con él?
—De momento, subirlo a casa y darle algo de comer. Luego pensaremos qué hacer.
Lo coloco en el hueco de mi brazo, sujetándolo con la mano, y él se aovilla en busca del calor de mi cuerpo. Me mira y, cuando lo hace, sé que no voy a poder separarme de él. De alguna manera que no puedo explicar, siento que entre él y yo existe una conexión especial.
Al abrir la puerta de mi apartamento, la fiebre egipcia que inunda mi apartamento hace que todas las imágenes, del principio al fin de esta locura, vuelvan a mi memoria. Todas las sensaciones vividas en algunos de los templos y tumbas, que transformaron un simple viaje en una experiencia mágica.
Abro la nevera y saco unas lonchas de pavo de un paquete que estaba sin abrir.
Las troceo y las coloco en un tazón de desayuno, mientras lleno otro igual con agua y lo deposito al lado.
El pequeño se lanza a comer con voracidad sobre la barra americana de la minúscula cocina, que está unida al salón, mientras Patri pone música a todo volumen en el altavoz.
La alegría de mi amiga es contagiosa. Cantamos y bailamos mientras empezamos a meter en bolsas de basura todo lo que me pueda recordar a Egipto, algo difícil, ya que he acumulado mucho durante prácticamente toda mi vida.
Pero no siento pena, sino rabia, y una acuciante necesidad de cerrar este capítulo para poder centrarme, buscar un trabajo y continuar con mi vida sin parecer una loca.
Patri recibe una llamada en su móvil y, risueña, me hace señas para indicarme que va a encerrarse en la habitación para responder. Asiento con la cabeza y continúo metiendo en bolsas lo que queda, casi sin mirarlo, para reciclarlo en el contenedor de papel.
Llaman al timbre de la puerta y abro sin preguntar, teniendo cuidado de que el gatito, que juguetea con los cordones de mis zapatos, ya saciado, no se escape.
Cuando levanto la vista, ahí está él. El hombre de mis sueños. En la puerta de mi casa.
Mi corazón se acelera al verlo.
—Hola —me saluda, pero no logro contestar. Un nudo en mi garganta me lo impide.
La bolsa que llevo en las manos, repleta hasta arriba, se me resbala y cae al suelo; parte de su contenido se desparrama.
Los ojos ámbar de Asim me miran fijamente.
Se agacha y comienza a recoger todo y a devolverlo al interior de la bolsa.
El gatito se acerca dando saltos y, cuando Asim lo ve, una tierna sonrisa aparece en su cara.
Lo coge con cuidado en su mano, se pone de pie de nuevo y, tras examinarlo, dictamina:
—Es una hembra. Espero que aún no tenga nombre, porque sé de uno perfecto para ella.
Yo, que estoy ahí, de piedra, como uno de esos monumentos de los que se habla en los libros que ahora mismo yacen en el suelo, no contesto. No puedo. Solo lo observo con fijeza, esperando discernir si lo que veo es real o solo una alucinación más.
—Behsi —dice, mirando a la gatita. Ella emite un maullido suave, como si respondiera.
Al escuchar ese nombre, una oleada de sensaciones me embarga, y por mi mente desfilan imágenes en las que veo a la leopardo de mis sueños, cuando aún era un cachorro; en unas, la alimento con leche de cabra; en otras, ella corre a mi lado mientras yo río feliz.
Mis ojos se cuajan de lágrimas, pero esta vez de felicidad.
Asim cierra la puerta del apartamento sin dejar de mirarme. Se agacha con cuidado para dejar a la gatita en el suelo; yo sigo incapaz de moverme y con miedo a respirar, por temor a que él desaparezca.
—Te debo una disculpa por no haber creído en ti.
Pensé que todo era una fantasía tuya, que me confundías con el hombre que aparece en tus sueños.
Sé que también te dije que no estoy hecho para tener una relación a distancia, pero ahora también sé que tu sitio no está aquí.
Tu sitio está en Egipto, a mi lado, si tú quieres.
Mientras sus palabras resuenan en el aire, siento como mi corazón parece detenerse un instante, solo para latir con más fuerza después.
Mis piernas tiemblan y en mi pecho anida una mezcla de incredulidad, alegría y miedo.
No puedo apartar mis ojos de él, tratando de grabar cada detalle de su rostro, como si necesitara corroborar que no es otra alucinación.
Su voz, suave pero firme, me envuelve, y por un momento siento como si todo en mi vida me hubiera conducido a este instante.
—¿A tu lado, en Egipto? —repito en apenas un murmullo, secándome las lágrimas que surcan mi cara, sin creer lo que escucho.
—He encontrado las pruebas que necesitaba para creerte y, si me lo permites, me gustaría mostrártelas.
Lo miro con incredulidad, sin saber exactamente a qué se refiere, pero una inesperada felicidad comienza a abrirse paso en mi interior. Aunque no entienda del todo sus palabras, algo dentro de mí intuye que, finalmente, todo cobra sentido.
Me mira a los ojos, y el mundo entero se detiene.
Lentamente, me acerca a su pecho y me abraza con fuerza, mientras besa con ternura mi pelo.
El calor de su cuerpo contra el mío, el olor de su piel en mi nariz envuelve todos mis sentidos y creo que voy a desmayarme.
Me separo un poco de él; los latidos de mi corazón resuenan en mis oídos.
Vuelvo a clavar mi mirada en la suya, buscando en sus ojos la confirmación de que todo esto es real.
Su mano acaricia el contorno de mi cara y, entonces, como atraídos por un imán invisible, mis labios buscan con anhelo los suyos, que me esperan para recibirlos, esta vez, en el más maravilloso y profundo de los besos.