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Nebet
En el interior de la tumba, encalada de arriba abajo, los artistas trabajan sin descanso bajo la atenta supervisión de Sejemká.
Con cinceles de cobre y pinceles de caña, se esmeran en grabar y pintar las paredes con los textos sagrados, escritos previamente en papiros por los escribas.
En el silencio, interrumpido solo por los murmullos de una oración ocasional, parece que la tumba respira con ellos, como si las paredes mismas cobraran vida bajo sus manos.
Cada golpe de cincel sobre la piedra resuena en la penumbra, como un eco divino que se mezcla con el suave aroma de los pigmentos minerales y el humo de las lámparas de aceite, cuya luz parpadeante crea sombras que parecen danzar en las paredes.
En un rincón cercano, los carpinteros tallan con paciencia las flores de loto azul que adornarán la puerta de la cámara funeraria, símbolo de fuerza y renacimiento.
Los pétalos parecen capturar el mismo color del gran río bajo el cielo estrellado, mientras que los detalles dorados de los estambres evocan el sol al amanecer.
Cada pincelada es un acto de devoción, como si en cada trazo entregaran una parte de su alma para asegurar la eternidad de su reina.
Entretanto, en un per nefer , la «casa de la belleza», el cuerpo de Nebet es ungido con los aceites más exquisitos y envuelto en los linos más delicados del reino.
El lugar, reservado para los rituales de embalsamamiento, se impregna del aroma del incienso y el murmullo de los cánticos ceremoniales.
Los movimientos de los monjes puros, encargados de preparar a la reina, son precisos, casi coreografiados, mientras recitan himnos dedicados a los dioses, especialmente a Anubis, protector de los difuntos.
Su semblante sereno refleja la responsabilidad de su misión: asegurar que la reina esté en condiciones de enfrentar el juicio de Osiris y alcanzar la eternidad.
—Tratadla como se merece. No olvidéis que es nuestra reina —les dice el sumo sacerdote, revestido de autoridad—. Y recordad: nadie puede saber esto. Por ello, seréis sumamente recompensados, tanto en esta vida como en vuestro juicio ante Osiris.
Mientras tanto, Amani permanece inmóvil, casi como si el tiempo se hubiese detenido a su alrededor.
Se podría decir que lo único que hace es respirar.
No duerme, no come, no habla; simplemente está ahí, con la mirada perdida en un vacío insondable, atrapado en un abismo de pensamientos que parecen consumirlo poco a poco.
Cada aliento es un recordatorio silencioso de que sigue existiendo, aunque la vida parece haberse evaporado de su interior.
De vez en cuando, el pequeño Heny consigue arrancarle una sonrisa, aunque triste y fugaz, como un destello que se apaga demasiado rápido.
En cuanto sus ojos se posan en el halcón, del que el pequeño no se separa, la sonrisa desaparece y, aunque no quiere que el niño lo vea triste, su mirada se nubla, traicionada por la pena que habita en su corazón.
Por mucho que lo intenta, no puede apartar la vista de esa pequeña figura, cargada de amor y promesas que nunca llegaron a cumplirse.
—Tienes que comer algo —le dice Asenet, acercándole un cuenco con un trozo de pan recién horneado, aromatizado con un toque de miel y dátiles, y una jarra de cerveza espesa.
El medjay la mira con pesar y niega con la cabeza.
—¿Comer? ¿Para qué? —susurra, su voz quebrada como un eco vacío.
La puerta se abre con un leve chirrido, y Sotis entra con paso firme. Su presencia llena el espacio como si el aire mismo la reverenciara. Amani, al verla, se lanza hacia ella; cae de rodillas y se agarra con desesperación al bajo de su túnica.
—¡Oh, gran sacerdotisa! —suplica, con la voz rota por la angustia—. Tiene que ayudarme; necesito ir con ella. No puedo permanecer aquí por más tiempo. No soporto este dolor.
Sus palabras se ahogan en un sollozo mientras se golpea el pecho con fuerza, como si quisiera arrancar de su interior el sufrimiento que lo consume.
La anciana, al ver al robusto joven postrado a sus pies, lo insta a levantarse.
—¿Estás seguro de lo que quieres hacer, muchacho?
—¿Me pregunta si estoy seguro de querer vivir una vida sin mi amada?
Siempre he deseado estar junto a ella. Desde niño la observaba escondido tras las cañas, sin que ella supiera que cada día, a la misma hora, esperaba impaciente su llegada.
La veía aparecer con su cesta de juncos, para recoger las flores de loto azul del estanque, y yo me creía indigno de siquiera acercarme a ella.
Hasta que un día, sin saber cómo, ella me correspondió, y yo creí estar de alguna forma bendecido por los dioses.
Pero ellos tenían otros planes para nosotros.
Esta vida está maldita sin ella a mi lado.
Deseo que mi amada no tenga que esperar más por mí.
La anciana permanece en silencio unos instantes.
Finalmente, asiente despacio y desvía la mirada hacia Asenet, que los observa con lágrimas en los ojos.
Con movimientos cuidadosos, saca de entre sus ropas un pequeño frasco de alabastro, cuya tapa, tallada en forma de chacal, preserva apenas unas cuantas gotas de un líquido amarillo muy denso.
—Asenet me contó lo que deseabas hacer. Solo te pido que lo pienses una vez más.
El medjay , sosteniendo el pequeño frasco, le dice:
—Necesito otro favor. Sé que no lo merezco, pero desearía ser enterrado a su lado. Solo soy un pobre medjay , pero…
Sotis no le permite continuar. Lo agarra con fuerza por ambos brazos y levanta mucho la cabeza para poder mirar a los ojos del joven.
—Vuestra historia se está escribiendo en estos momentos en las paredes de vuestra casa para la eternidad. Los nombres de los dos serán recordados por siempre, y todos los días que me queden en esta tierra les pediré a los dioses otra oportunidad para ambos.
Amani se acerca a ella y la envuelve entre sus brazos, con cuidado para no dañar a la anciana.
—Gracias —le dice tras apartarse un poco, ya más tranquilo al saber que todo está siendo preparado para que pueda descansar junto a su amada por siempre.
Asenet da un paso hacia ellos y lo estrecha con fuerza.
—Mi familia cuidará por siempre de vuestra morada para la vida eterna. Nunca faltarán ofrendas ni flores frescas en vuestro nombre en los altares del templo. La protegeremos hasta que los dos volváis a encontraros. Solo entonces terminará mi cometido, y también el de los míos.
Él, devolviéndole el abrazo, dice:
—De todas sus sirvientas, tú eras en quien más confiaba desde niña. Te consideraba una hermana mayor, y ahora entiendo el porqué. Que los dioses te bendigan a ti y a toda tu familia por siempre.
»Hazle llegar las noticias a nuestro rey. Creo que no le hará muy feliz recibirlas.
La sirvienta asiente con el rostro surcado por las lágrimas mientras el medjay se acerca al jergón donde duerme el pequeño, con la figurita en su mano. Le da un tierno beso en la cabeza y, acariciando su trenza, le susurra al oído:
—Cuida de mi halcón. Volveremos a buscarlo.
Al volver a ponerse en pie, su mirada ha cambiado. Ya no hay tristeza. Decidido, se acerca a la suma sacerdotisa.
—Estoy preparado. Lléveme hasta ella. No quiero hacerla esperar.
Sotis asiente, se gira y sale delante de Amani. Cuando este se vuelve ligeramente para cerrar la puerta, Asenet cree vislumbrar una sonrisa en su rostro.