Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 55
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Lola

Abro los ojos y me despierto en la habitación que durante años fue mi refugio.

Me giro hacia el lado donde dormía mi abuela, y el hueco en la almohada me dice que ella ya hace rato que se ha levantado.

Oigo ruido en la cocina y, al abrir la puerta del dormitorio, el aroma a café recién hecho llega desde el fondo del pasillo.

Cuando entro, la veo sentada a la mesa camilla, con una sonrisa serena en el rostro.

Tiene su baraja extendida sobre el mantel, y sus dedos recorren las cartas una y otra vez.

La luz que se cuela por la ventana ilumina su cabello plateado, dándole un aire casi místico.

Al escucharme, se apresura a recoger la baraja, como si temiera que yo pudiese leer lo que acaba de ver en ellas. Sin mirarme, me dice:

—Justo a tiempo para el café. Siéntate, que te lo sirvo ahora mismo.

Ocupo el mismo sitio de siempre, ese rincón que casi parece tener mi forma, tras tantos años. Ella se acerca con dos tazas de café humeante entre las manos.

—¿Pasa algo? ¿Puedo saber a qué viene esa sonrisa? —le pregunto mientras cojo mi taza.

—¿Qué tiene que pasar? —responde, todavía con una sonrisa en su rostro. Remueve el café con calma, como si la respuesta se escondiera en cada vuelta de la cuchara.

La observo atenta, intentando adivinar lo que pasa por su mente. Siento que esconde algo que no me quiere revelar.

—¿Hay algo que quieras contarme? —insisto, inclinándome ligeramente hacia ella.

—¿Quién? ¿Yo? No sé por qué lo dices —responde, con fingida inocencia. Su sonrisa, ahora más traviesa, me desconcierta aún más.

—¿Por qué no me lo cuentas ya y así nos ahorramos el que yo te lo tenga que preguntar varias veces hasta que me contestes?

—¿Sabes, querida? Esta vez, me voy a morder la lengua, aunque me envenene al hacerlo —responde. Deja la cucharilla en el plato con un suave tintineo—. Pero pronto, muy pronto, lo sabrás.

Se levanta, deja su taza en el fregadero y, al pasar junto a mí, me da un beso en la cabeza. Sin decir nada más, se marcha, dejándome ahí sentada. Su sonrisa, que no ha desaparecido en ningún momento, se queda conmigo, llenando el aire de un misterio que no consigo descifrar.