Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 54
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Asim

La cámara sepulcral es la más bella que jamás haya visto en todos sus años como egiptólogo. Es como si los antiguos artesanos hubieran dejado un pedazo de su alma en cada una de esas paredes. Está convencido de que se trata de uno de los mayores descubrimientos de este siglo.

No sabe cuánto ha permanecido solo en la tumba, pues ahí dentro parece haberse detenido el tiempo.

No puede parar de observarlo todo, maravillado por la perfección de los frescos, los vivos colores que decoran las paredes, los centenares de estrellas blancas pintadas en el techo.

La diosa Isis, con sus alas desplegadas, parece proteger los dos sarcófagos desde lo alto.

Y, cuanto más observa, más resuenan en su mente las palabras de Lola ayer.

En la pared que hay tras ellos, encalada, está representada una pareja que se mira de frente, cogidos de la mano. A su alrededor, hay todo tipo de fórmulas inscritas con esmero. Algunas ya las había visto en otras tumbas del valle; sin embargo, otras le resultan completamente nuevas.

El silencio es profundo, interrumpido únicamente por el eco de sus pasos.

Asim se acerca al sarcófago más pequeño y observa detenidamente los grabados que lo adornan.

En uno de los laterales, un nombre llama su atención.

Extiende la mano y roza la superficie, retirando el polvo acumulado durante siglos.

—Nebet —pronuncia en voz baja.

Una corriente eléctrica recorre su cuerpo, y ante sus ojos comienzan a desfilar cientos de imágenes, una tras otra, como si de diapositivas se tratara. En un acto reflejo, aparta la mano del sarcófago, y las imágenes se desvanecen.

Casi se cae del susto al encontrar frente a él al anciano que le robó la figura de Horus; este lo observa con una sonrisa en su arrugado rostro.

—¿Qué ha sido eso? —le pregunta Asim.

—No sé. ¿A qué te refieres, joven?

—Al tocar el sarcófago, vi un río, y un leopardo que corría hacia mí, pero yo no tenía miedo. Al contrario: me sentía feliz y a salvo. Una locura, ¿verdad? —Se pasa las manos por el pelo, inquieto por lo que acaba de ocurrir.

El anciano sigue sonriendo mientras coloca las palmas sobre el sarcófago y comienza a deslizar la tapa.

—¿Qué está haciendo? Sabe que no puede hacer eso sin la supervisión del Gobierno egipcio, ¿verdad?

El anciano hace oídos sordos. Levanta la lámpara que lleva en su mano y la coloca de tal forma que ilumina el interior del sarcófago.

Cuando Asim mira dentro, la máscara de la momia de una mujer de ojos negros lo observa fijamente.

Sobre ella, una preciosa piel de leopardo, que aún conserva su apariencia suave, cubre casi la totalidad del cuerpo vendado.

Al fijarse con más detenimiento, un objeto atrae su atención.

En el cuello de la momia, un precioso colgante de la diosa Isis, hecho de oro y lapislázuli, refulge bajo la luz de la lámpara y se refleja en los ojos de Asim.

En ese preciso instante, todo vuelve a empezar: las imágenes se apelotonan en su mente, ordenándose una tras otra, como un puzle cuando ha sido colocada la última pieza.

Se ve a sí mismo de pequeño, escondido tras las cañas, observando a la preciosa niña por la que suspira.

Unos chiquillos comienzan a tirarle del pelo y la zarandean, y una furia como nunca había experimentado lo impele a arrancar una larga vara y enfrentarse a todos ellos.

La niña le sonríe y, de pronto, como en una película, se convierte en una preciosa mujer que lo espera en la orilla del río, rodeada de cientos de nenúfares azules.

Su largo cabello negro ondea al viento mientras, a su lado, una magnífica leopardo se frota contra sus piernas.