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Nebet
Nebet sonríe mientras observa a su amado correr hacia ella.
Sin embargo, el cielo comienza a tornarse oscuro, casi negro, y la corriente, antes suave, se vuelve cada vez más fuerte.
El nivel del agua empieza a subir rápidamente.
Ya no es solo el bajo de sus ropajes lo que se moja, sino que, en tan solo un instante, esta le llega a la cintura, envolviéndola con una fuerza inusitada.
Un movimiento fugaz en las oscuras aguas capta su atención, y su mirada se fija en la gran bestia que emerge de las profundidades.
Solo puede ver sus prominentes ojos amarillos, que la observan desde la distancia con una intensidad escalofriante.
Presa del pánico, Nebet intenta llegar a la orilla, pero sus pies se enredan en los altos brotes de hierba y no permiten que se mueva de donde está, por más que se esfuerce.
Intenta gritar angustiada, pero de su boca no sale ningún sonido.
Lo intenta de nuevo, con más ímpetu, mientras dirige su mirada hacia el lugar por donde se acerca su medjay , implorando su ayuda.
Sin embargo, ya no logra verlo, ni tampoco a Behsi, por ninguna parte.
Las negras aguas la rodean, agitándose cada vez más enfurecidas.
Un fuerte impacto en las piernas la desequilibra; sus pies resbalan y es arrastrada sin remedio por la corriente imparable.
La bestia se sumerge y nada veloz hacia ella.
Nebet se afana en escapar, pero sus largas ropas se enredan con algo que flota a la deriva y tira de su cuerpo hacia el fondo; su cabeza queda sumergida durante demasiado tiempo.
El agua del río le entra por la boca y por la nariz, impidiéndole respirar, y Nebet siente que ha llegado el fin.
Sin embargo, la corriente la impulsa de nuevo a la superficie, y expulsa el agua que había tragado con una tos violenta que sacude todo su cuerpo.
De repente, la oscuridad es total. Vuelve a toser y, esta vez, su cabeza choca contra algo duro.
Abre los ojos. Para su asombro, ya no hay agua por ninguna parte; por el contrario, un calor seco y sofocante lo envuelve todo.
Le cuesta respirar, y su piel está empapada en sudor.
El sonido de su propia respiración se vuelve asfixiante al rebotar contra las paredes del reducido espacio en el que se halla.
Intenta levantar los brazos, pero casi no puede moverlos: está atrapada en un lugar demasiado estrecho.
Escucha cánticos y voces cercanas e intenta gritar para pedir ayuda, pero de sus labios resecos solo sale una especie de gemido.
El intenso olor a madera de sicomoro, muy próxima a su nariz, comienza a alertarla de dónde se encuentra.
Las imágenes del dios Anubis sujetándole la cabeza y obligándola a beber el veneno aparecen en su mente.
Su corazón se acelera y retumba en sus oídos mientras el pánico empieza a apoderarse de ella.
Intenta incorporarse, pero la tapa se lo impide.
Con los brazos y las rodillas, una y otra vez, trata de mover la pesada losa de madera, desplazarla hacia un lado.
Reúne todas las fuerzas que le quedan, las pocas que aún conserva, para empujar la tapa lo suficiente como para sacar apenas los dedos de las manos.
Con ellos, arrastra poco a poco la madera, avanzando con dificultad.
Necesita detenerse a descansar varias veces, hasta que, al fin, esta cede y cae por uno de los extremos; al tocar el suelo, se parte en dos con un golpe seco.
La oscuridad es absoluta; Nebet no logra distinguir nada, pese a sus esfuerzos.
Tantea a oscuras las paredes buscando desesperadamente una salida.
Tropieza con algo que cae al suelo y se rompe en mil pedazos, pero no se detiene.
Sigue avanzando, en busca de un poco de aire para respirar.
El calor es insoportable y cada vez tiene menos energía para mantenerse en pie.
Ya no escucha los cánticos, sino tan solo el sonido de su respiración.
Apoya la espalda contra la pared y deja que su cuerpo se deslice por ella hasta quedar sentada en el suelo.
Unos fuertes golpes reverberan junto a su cabeza, muy cerca de ella.
Cada vez está más débil, como si las fuerzas la hubieran abandonado.
Pasa una mano por su cuello y nota que lleva colgado el collar.
La sequedad de sus labios le provoca una leve tirantez cuando en ellos brota una leve sonrisa.
Agarra el colgante con ambas manos y se lo lleva a los labios, donde, con un beso suplicante, ruega ayuda a la diosa.
El latido de su corazón en los oídos se va apagando, y su cuerpo, ya exánime, se desploma.
Un golpe, todavía más rotundo que los anteriores, la obliga a abrir nuevamente los ojos, y una luz brillante la ciega. Intenta mover la cabeza, pero, entonces, los ojos de su amado aparecen ante ella.
—Nebet, amor mío, ya estoy aquí —le susurra mientras la toma en brazos y la aprieta contra su pecho.
Al sentirlo tan cerca y percibir su aroma, sonríe. Unas lágrimas emanan de sus ojos, vidriosos de alegría. Ya no tiene miedo, está a salvo. Suelta el collar de Isis, que aún permanecía en una de sus manos, y, simplemente, sigue sonriendo mientras lo mira a los ojos. Y, con esa mirada, se deja ir.
Los verdes campos vuelven a extenderse frente a ella, y el frescor del agua de nuevo acaricia sus pies.
El río está en calma, y una suave brisa con olor a loto hace ondear su largo pelo.
En la distancia puede divisar a su amado, que corre hacia ella con un brazo levantado, saludándola con una sonrisa.
Behsi, igual que la última vez que Nebet la vio, corre y salta, siguiéndolo muy de cerca.
Al llegar frente a ella, su medjay se detiene y la toma entre sus brazos, sacando sus pies del río.
La hace girar y girar mientras los dos ríen felices, con Behsi dando vueltas a su alrededor.
En ese instante, una bandada de ibis reales sobrevuela muy cerca de sus cabezas, y, por fin, Nebet regresa a su hogar.
Amani, con Nebet entre sus brazos, sale de la tumba sin ser visto, camuflado por las sombras que lo envuelven como un manto enviado por los mismísimos dioses. Sejemká vigila la entrada a una tumba próxima, vacía, y cuando el medjay entra en ella con la reina en brazos, cierra la puerta tras él.
En el interior, Sotis y Asenet esperan nerviosas.
Al ver aparecer al medjay , corren hacia él para socorrerlo, pero, con un gesto firme, él les indica que no lo hagan.
Con mucho cuidado, deposita a la reina sobre una mesa de ofrendas que han preparado para ese fin y Sotis se inclina hacia su rostro, buscando sentir su aliento, mientras Asenet recoge el brazo que cae inerte por uno de los lados y le besa tiernamente la mano, observando a su señora con preocupación.
La suma sacerdotisa se aparta un poco, muy seria, y se lleva una mano a la boca para ahogar un gemido.
Niega con la cabeza mirando a la sirvienta, quien, al comprender, rompe a llorar abrazada al cuerpo de su señora.
—¿A qué espera? ¡Haga su magia! —ruge el medjay . Da vueltas como un león atrapado, sin despegar los ojos de su amada.
Sotis besa la frente de Nebet y le acaricia la cara.
—No hay nada más que yo pueda hacer por ella, al menos en esta vida —concluye, con profunda tristeza. Sus ojos se anegan de lágrimas que amenazan con desbordarse.
Cuando las palabras calan en el medjay , este siente como su mundo se desmorona y, presa del desgarro, comienza a gritar con furia.
—¡No! ¡No es posible! El escriba me dijo que usted le había preparado un antídoto para el veneno.
La agarra con fuerza por los hombros y la hace volverse.
Al ver las lágrimas correr por el rostro de la suma sacerdotisa, los suyos se abren de par en par, y un grito primitivo nace de lo más hondo de sí.
Se lanza hacia donde yace su amada y, con una dulzura infinita, la toma en sus brazos, sintiendo el frío de su cuerpo contra el suyo.
Se arrodilla en el suelo y, abrazado a ella, llora amargamente su pérdida.
Los allí presentes lo observan en un respetuoso silencio, compartiendo su dolor.
—¿Qué haré ahora? Su cuerpo no resistirá hasta llegar a nuestro reino, y su alma se perderá para siempre —dice con desesperación. Acuna el rostro de su amada, como si pretendiera grabar cada detalle en su memoria.
El sumo sacerdote de Amón, que guardaba silencio en una de las esquinas, da un paso adelante, emergiendo de las sombras.
—Hay una tumba preparada para mí al otro lado de la ladera. Te la ofrezco para que puedas darle el descanso eterno que merece. No te preocupes por nada, muchacho; nosotros nos encargaremos de todo. —Y hace un gesto con la cabeza al escriba.
Sejemká, que se encuentra a su lado, mira a Hem Necher con suma admiración y asiente categórico antes de disponerse a salir para prepararlo todo cuanto antes.