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Asim
Asim sigue de cerca al anciano colina arriba mientras el sol se oculta en el horizonte.
Al girar tras una enorme roca en la ladera, divisa a dos personas más de pie, las cuales miran en su dirección.
El anciano les hace un gesto con la mano, y ellos se apresuran a mover una gran piedra en la pared.
La sangre de Asim se hiela al acercarse e intuir la entrada a un sepulcro.
—¿Es una tumba? ¿Pueden hacer esto sin permiso? No sé si las autoridades egipcias… —murmura. Su mente bulle de dudas y preocupación.
—Somos los guardianes de esta tumba. Lo hemos sido durante siglos… hasta hoy.
—¿Cómo que hasta hoy? No entiendo nada. No sé quién es usted, ni por qué están excavando en este lado de la montaña sin permiso ni guardas que lo supervisen.
El anciano le sonríe y, con un gesto de la mano, lo invita a entrar el primero en la tumba.
Uno de los hombres enciende una lámpara de camping y se la entrega.
Asim duda un momento, mirando la lámpara como si esta marcara un punto de no retorno.
Una mezcla de temor y respeto lo invade al imaginar lo que podría encontrar dentro.
Finalmente, toma la lámpara entre las manos, respira hondo y da el primer paso hacia el interior.
Nada más cruzar el umbral, percibe un aroma a incienso que impregna el ambiente.
Levanta el brazo por encima de su cabeza e ilumina el largo corredor.
Las paredes, completamente decoradas, aún conservan nítidos los colores.
La mirada de Asim se pierde en los detalles; no sabe en qué fijarse primero.
Con la boca entreabierta, mueve la lámpara de un lado a otro, fascinado.
De pronto, en la pared que queda a su derecha, justo a la altura de sus ojos un bajorrelieve capta de inmediato su atención: se trata del dios Horus, tallado con un realismo sorprendente, lejos de la representación convencional.
Es exactamente igual que la figurita que Lola le regaló en el templo de Edfu.
Asim se gira hacia la entrada, donde hace apenas un momento estaba el anciano de larga barba, pero ya no hay nadie.
Se asoma al exterior, buscando a los dos hombres que apartaron la losa, pero tampoco están ahí.
Lo han dejado solo. El egiptólogo que lleva dentro le dice que está ante un hallazgo muy importante.
Hace mucho tiempo que no se descubre una tumba en semejantes condiciones.
Sigue avanzando con cautela en la oscuridad, alumbrada únicamente por la tenue luz de la lámpara.
Cada vez que Asim da un paso, se siente atraído hacia las paredes, donde la belleza intacta de los relieves y colores lo maravilla, como si estuviera entrando en un mundo detenido en el tiempo.
La historia de los antiguos moradores parece grabada en las paredes.
El corredor se abre a ambos lados, formando pequeñas salas.
En ellas se encuentran altares, en los que aún pueden verse flores secas, bandejas que parecen haber contenido comida y varias ánforas dispuestas en un orden caóticamente armonioso.
Asim continúa descendiendo hacia la cámara sepulcral y, al llegar, se queda sin aliento.
Ante él se alza una enorme puerta decorada con decenas de flores de loto, de un azul que brilla con luz propia.
Las delicadas tallas enmarcan lo que asemeja una fórmula mágica, escrita con una precisión que lo deja fascinado.
El sello está en el suelo, roto, y el resquicio tiene anchura suficiente como para que pueda entrar sin tener que moverla.
La lámpara de camping ilumina el interior de una pequeña sala, y, de repente, todas las palabras de Lola resuenan en su cabeza.