Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 51
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Lola

Cuando llegamos a Valencia, ya es de noche, y el padre de Carmen nos espera en el aeropuerto para recogernos.

He preferido ir a casa de mi abuela en lugar de volver a mi apartamento, que sigue invadido por la fiebre egipcia que me ha acompañado toda la vida.

Sé que, de ahora en adelante, cada vez que vea algo sobre ese país, me recordará todo lo que he vivido con él.

Pero, por ahora, lo único que necesito es descansar.

En casa de mi abuela, todo sigue igual, como si me hubiera ido ayer.

En cuanto entro, la abrazo y entierro mi nariz en su cuello, respirando hondo ese aroma tan suyo, que me transmite paz y seguridad.

Después de besuquearme la cara entera, me acompaña a la cocina, donde tiene preparada una cena especial con todos mis platos favoritos.

—Vamos, siéntate y cena, que mira la cara que traes. Seguro que no has comido nada —me dice mientras va echando ingentes cantidades de comida sobre mi plato.

Después de cenar y de charlar con ella, me meto en la cama y enciendo el móvil, que tengo apagado desde antes del despegue en El Cairo.

Una duda me asalta mientras se inicia. ¿Y si Asim me ha llamado?

¿Y si se ha dado cuenta de que siente por mí lo mismo que yo por él?

Me enderezo en la cama, aguardando impaciente a que se conecte.

Cuando finalmente lo hace, aparecen notificaciones de todas las aplicaciones: WhatsApp, Facebook, correos electrónicos…

, pero ninguna llamada. Me vuelvo a tumbar con la desilusión en el cuerpo.

¿Cómo he sido tan tonta de esperar que crea lo que le conté sin pensar que soy una chiflada?

Una notificación de Instagram me indica que Carmen me ha etiquetado en una publicación.

Abro la app y ante mí aparecen las fotos del viaje.

Una sonrisa tironea de mis comisuras al ver, en la primera, a Patri durmiendo en el avión, con la boca abierta y el antifaz puesto.

Deslizo el dedo: en la siguiente foto se nos ve a las tres en el taxi de El Cairo.

Carmen, con cara de miedo, se aferra al asidero del coche con las dos manos, mientras Patri y yo reímos, sujetándonos como podemos.

Al pasar a la tercera imagen, una carcajada escapa de mi boca al ver la foto de los dromedarios, con Patri al fondo tras su accidentada carrera.

Su coleta despeinada y cara de enfado contrasta con nosotras, que salimos llorando de la risa.

La siguiente foto es en el jardín del hotel, con un precioso atardecer y la mágica meseta de fondo.

Las tres pirámides se alzan tras nosotras mientras brindamos sonrientes por nuestro viaje.

El móvil comienza a vibrar: el chat que compartimos las tres echa humo.

Por lo que leo rápidamente, Patri le exige a Carmen que elimine la foto en la que aparece dormida, pero esta se niega, y Patri, indignada, amenaza con vengarse.

Continúo mirando las fotos y me detengo en una que no había visto antes.

Soy yo en la tienda de antigüedades, mientras compraba la figurita del dios Horus que le regalé a Asim.

En la imagen se ve al anciano de larga barba gris entregándome el talismán de madera.

Su mirada se cruza con la mía; pareciera que ese instante ha quedado suspendido en el tiempo.

Deslizo el dedo: la siguiente imagen está tomada en la pasarela que daba acceso a la dahabiya en la que viajamos a lo largo del Nilo.

Al verla, vuelven a mi memoria los recuerdos de la primera vez que vi a Asim.

Fue en el restaurante, cuando se giró y sus ojos se clavaron en los míos, dejándome sin aliento.

La sensación de haberlo encontrado al fin.

La certeza absoluta de saber que era él quien se colaba en mis sueños cada noche, como una figura que siempre había estado ahí, esperando ese momento.

Al volver a deslizar el dedo, un gemido escapa de mis labios y mis ojos se empañan.

En la foto se nos ve sobre el Valle de los Reyes, rodeados de decenas de globos de diferentes colores.

Estoy abrazada a Asim, que sonríe a la cámara mientras me envuelve con su brazo; yo solo tengo ojos para él.

Paso mi dedo con suavidad por la pantalla, acariciando su rostro mientras las lágrimas resbalan por el mío, incapaz de contenerlas.

El móvil sigue vibrando sin parar. Me seco las lágrimas con la manga del pijama y echo un vistazo al grupo de WhatsApp, donde mis amigas continúan discutiendo.

Cuando vuelvo a mirar Instagram, la foto en el globo ha desaparecido.

Me desplazo adelante y atrás por el carrete, pero ya no está. La ha borrado.

Me llega otra notificación, esta vez de una publicación en el perfil de Patri. Al abrirla, una carcajada escapa de mi boca, tan fuerte que mi abuela, al escucharme, entra a toda prisa en la habitación.

—¿Qué pasa? ¿De qué te ríes? —pregunta con curiosidad mientras se acerca a la cama.

Giro la pantalla para mostrarle la fotografía, donde aparece Carmen disfrazada de momia, sentada con las piernas estiradísimas en una silla del comedor del barco. Mi abuela, entre risas, exclama:

—¡La madre que la parió! —Acabamos las dos tumbadas en mi cama, a carcajada limpia, mientras vemos las demás fotos juntas.

De pequeña, me encantaba cuando mi abuela dormía conmigo tras la muerte de mi madre. Sentirla cerca me daba paz, y aún hoy esa sensación de tenerla a mi lado sigue serenándome.

—Abu, ¿dormirías hoy conmigo? —pregunto mientras la abrazo y entierro mi nariz en su cuello.

—Claro, no hay cosa que me guste más en el mundo —me dice, sonriendo, y acaricia mi pelo. Me acurruco aún más contra ella y, en el calor de su abrazo, consigo al fin dormir.