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Nebet
Ra ya se oculta por el oeste, y gentes llegadas de todos los rincones del reino se amontonan en las dos orillas del río para acompañar a su dios en el viaje hacia su última morada.
Entre la multitud se encuentran comerciantes de pueblos cercanos, que, aprovechando la concurrencia, han montado tenderetes y forman un pequeño mercado.
El aire se impregna con los aromas del pan recién horneado y el vino dulce, mientras las voces de los mercaderes se entremezclan con el murmullo de la muchedumbre.
El ambiente es festivo, ya que el acontecimiento amerita una celebración así.
La mayoría no recuerda nada igual, dado que el faraón reinaba en esas tierras desde hacía ya mucho, por lo que nadie quiere perderse lo que hoy acontezca.
El sonido agudo de decenas de trompetas obliga a todo el mundo a guardar silencio y susurrar una plegaria al observar lo que sucede en la orilla oeste.
Un conjunto de bailarines hace su aparición desde las puertas del templo bajo, moviéndose con una gracia casi divina.
Sus largas túnicas son tan etéreas que sus esculpidos cuerpos pueden verse a través de ellas.
En sus brazos, largos trozos de lino emulan vaporosas alas.
Portan en sus manos sendos incensarios dorados, de los cuales emana un denso humo blanco que asciende en espirales hacia el cielo.
Las trompetas cesan, dejando tras de sí un silencio cargado de expectación que apenas dura un instante.
Decenas de tambores comienzan a retumbar en una rítmica melodía que se siente más en el pecho que en los oídos.
Los bailarines, con movimientos elegantes y coordinados, parecen relatar una antigua leyenda con cada paso.
Sus gestos narran la eterna danza entre la vida y la muerte, creando un diálogo silencioso con el más allá.
Cada giro y cada gesto parecen abrir una puerta hacia los dominios de los dioses, en un baile casi hipnótico y mágico.
A medida que sus cuerpos se mueven con precisión, el humo sagrado que emana de los incensarios se extiende por toda la orilla del río.
El aire se impregna de un aroma penetrante y litúrgico, que parece borrar los límites entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
La atmósfera se transforma en un escenario sombrío y místico, casi irreal, como si esta parte del Nilo fuera una puerta abierta al Duat, el reino de las sombras.
La música finaliza, y los bailarines se retiran a ambos lados de la rampa, formando un larguísimo pasillo ascendente hacia la morada definitiva del faraón y su familia.
El grave sonido de un ney, profundo y melancólico, convierte el ambiente festivo de instantes atrás en una atmósfera reverencial.
Un sacerdote lector, aquel que conoce el nombre de todas las cosas, aparece envuelto en una larga túnica negra que oculta casi por completo su rapada cabeza.
Sus ojos, muy pintados con kohl, parecen penetrar en el alma de quienes lo observan.
Con una voz cavernosa, como si emergiera del lado más oscuro de esta tierra, declama un sortilegio, invocando a todos los dioses para que estos hagan acto de presencia y den comienzo a la ceremonia.
Desde la imponente puerta del templo, envueltos en un tupido humo de incienso, hacen su aparición el sacerdote puro, con cabeza del dios Anubis, y, a su derecha, otro que porta la máscara del dios Thot, señor de la sabiduría.
Su presencia, imponente y cargada de simbolismo, transforma el espacio en un escenario sagrado bajo la inmensidad del firmamento.
La imagen roba el aliento de los presentes.
No se escucha nada; el silencio es absoluto.
Algunos se arrodillan, como si realmente de las puertas del templo emergieran los dioses venidos del oscuro Amenti.
Tras ellos aparece el hermano del faraón, vestido como el nuevo dios de Kemet, tocado ya como señor de las dos tierras.
Porta en su mano un peseshkef , el instrumento sagrado, con el cual llevará a cabo el ritual de apertura de la boca en la momia de su hermano, antes de que esta sea introducida en la cámara mortuoria.
Seis imponentes bueyes blancos tiran de una plataforma con forma de barca dorada, en cuyo centro descansa la momia del faraón.
Tras él, caminan dos mujeres de belleza etérea, vestidas como las diosas Isis y Neftis.
Llevan ropajes de fino lino blanco entretejido con hilos de oro, y de sus brazos penden unas enormes alas hechas con plumas, que extienden sobre el sarcófago real en un gesto simbólico de protección divina.
Amani y Sejemká llegan a la orilla oeste en una pequeña embarcación repleta de monjes, justo en el momento en que el pequeño sarcófago de Dyer enfila la rampa que lo conducirá hacia su última morada.
Tras él, un desfile interminable de ofrendas avanza en solemne procesión.
Los porteadores trasladan enormes piernas de terneras aún sangrantes, bandejas repletas de frutas y panes, tinajas llenas de aceites y vino, y una gran variedad de dulces, los favoritos del faraón.
Cada ofrenda, cuidadosamente seleccionada, está destinada a honrar y abastecer a toda la familia real.
El medjay ni siquiera espera a que la embarcación alcance la orilla.
Sin dudarlo, comienza a saltar de barca en barca, ignorando las protestas y los gritos de la gente, decidido a llegar cuanto antes a tierra firme.
En el momento en que sus pies tocan la orilla oeste, intenta abrirse camino entre la muchedumbre con desesperación, empujando a unos y apartando a otros, sin prestar atención a los insultos y las quejas que se esgrimen a su paso.
Consigue aproximarse a la entrada al templo bajo justo cuando, desde la puerta principal, emerge la plataforma tirada por bueyes, que en esta ocasión transporta un imponente cocodrilo envuelto en vendas de lino.
La bestia, sacrificada también como ofrenda al dios, acompañará al faraón en su viaje al más allá.
Los murmullos de la multitud se alzan al paso de la criatura, cuyo tamaño descomunal nunca había sido visto.
El medjay se queda paralizado un instante al contemplar como, tras la enorme bestia, otra plataforma sale del templo, portando un humilde sarcófago de madera.
En el preciso instante en que lo ve, sabe perfectamente quién descansa en su interior.
Un grito primitivo de dolor irrefrenable brota de lo más profundo de su ser.
Una furia desconocida lo empuja hacia el modesto sarcófago de madera donde yace su amor, decidido a alcanzarlo a cualquier precio.
Los guardias, al verlo, se apresuran a apresarlo antes de que llegue hasta la comitiva, abalanzándose sobre él desde todas direcciones.
Amani lucha ferozmente contra los medjays del faraón.
Aunque logra derrotar a varios, a los que deja inertes sobre el suelo, cada vez aparecen más, intentando detenerlo a toda costa.
Como arquero hábil que es, siente el impulso de sacar su arco y flechas, pero los guardias se lo arrebatan y, con un movimiento brusco, parten el arco en dos.
Amani siente como si hubiese perdido lo último que le quedaba, una parte de sí mismo.
Entonces, un contundente golpe en la cabeza, propinado por la espalda, lo tumba, paralizándolo.
Dos guardias lo sujetan por los brazos y lo arrastran hacia un lado, lejos de la multitud.
Cuando recupera la consciencia, se encuentra tumbado en el suelo, con un dolor de cabeza tan intenso que apenas puede abrir los ojos.
Le cuesta moverse, y una punzada en el pecho lo hace estremecer cada vez que intenta tomar aire.
Desde su posición, puede ver a un monje de cabeza rapada y larga barba gris, que habla con tono autoritario a los guardias que lo custodian.
El anciano se gira y, al ver a Amani consciente, se acerca a él.
—¿Estás bien, muchacho? —pregunta Hem Necher, tendiéndole una mano.
Al incorporarse, los ojos del medjay reparan en el arco roto, que languidece en el suelo. Siente un nudo en la garganta, pero se apoya en el anciano, que lo ayuda a levantarse. Se lleva una mano al costado, de donde mana un reguero de sangre.
—Se queda a mi cargo. Yo me hago responsable de él —les dice con tono autoritario, sin margen para la réplica.
El sumo sacerdote tira de su brazo, obligándolo a caminar rápido. Amani, al verse libre de los guardias, y con solo un anciano para detenerlo, consigue zafarse de su agarre con un ademán hosco y corre tras el sarcófago.
—No lograrás llegar a ella de ese modo; volverán a atraparte antes de que puedas acercarte. Permíteme que te ayude. Mi nombre es Hem Necher, sumo sacerdote de Amón, y estoy de vuestro lado, del de ambos. Ahora debes acompañarme. Tenemos que darnos prisa; nos esperan.
Por un momento, el medjay se queda inmóvil.
El sarcófago de madera donde yace su amada desaparece por la puerta excavada en la montaña.
Siente una necesidad desesperada de correr tras él, sacarla de esa caja de madera y estrecharla entre sus brazos, pero la voz apremiante del sumo sacerdote lo saca de sus pensamientos:
—Vamos, muchacho. Si realmente quieres salvarla, acompáñame.