Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 49
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Asim

Asim camina sin rumbo, con la única necesidad de pensar. No para de darle vueltas a todo lo que Lola le dijo.

Conoce de memoria cada bajorrelieve, cada inscripción de la tumba.

Lleva mucho tiempo trabajando en ella. De todo el equipo, es el que más horas le ha dedicado, y siempre le ha resultado misterioso el sarcófago de madera vacío, ubicado en una cámara destinada exclusivamente a las ofrendas.

Nada de lo que ella le contó ayer está escrito en esas paredes.

¿Por qué le dijo eso? ¿Para qué se inventó esa historia?

Tras un buen rato caminando bajo un sol de justicia, del cual ni se ha percatado, sumido en sus pensamientos como se encuentra, decide sentarse y descansar un poco en uno de los salientes rocosos de la ladera, donde hay sombra.

Al agacharse, la figurita del dios Horus, que lleva en uno de los bolsillos del chaleco, cae al suelo.

Asim se agacha, la recoge y, con cuidado, le quita la arena que se ha pegado en una de las alas, utilizando el pañuelo que suele llevar al cuello.

Al levantar la vista, ve, como salido de la nada, a un anciano delante de él. Va vestido de la manera tradicional; tiene la piel muy oscura y una larga barba gris.

—Hace mucho que te estaba esperando —le dice en árabe.

Asim se sobresalta al verlo tan cerca, y el halcón vuelve a caer sobre la arena, esta vez más cerca del anciano que de sí mismo.

El hombre sonríe, se agacha y lo recoge con mimo.

Luego lo guarda en uno de sus bolsillos bajo la mirada de Asim, cuya expresión cambia por completo al ver como la figura desaparece dentro de la chilaba del anciano.

—No sé quién eres, pero devuélveme eso ahora mismo. Me pertenece.

—¿Estás seguro?

Asim, que teme que el anciano sea un enviado del Gobierno egipcio, de los muchos que controlan las excavaciones arqueológicas, le responde:

—No es del yacimiento. Me la regaló una amiga.

El anciano sonríe y, esta vez en castellano, le dice:

—Lo sé. Acompáñame; llegó el momento que tanto tiempo hemos estado esperando.

—¿El momento? —Asim frunce el ceño, sin entender nada, pero el anciano se da media vuelta y echa a andar ladera arriba sin detenerse ni siquiera un instante para comprobar si Asim lo sigue.