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Nebet
Sejemká, sentado en uno de los escalones del templo, en la orilla este de Abidos, el lado de los vivos, observa con una sonrisa a Heny, que juega con la figurita del halcón.
El pequeño corretea de un lado a otro, haciendo como si el pájaro volara realmente.
El escriba, lleno de gozo, con los brazos cruzados sobre su prominente barriga, lo mira con orgullo: le han rapado el pelo, como se acostumbra a hacer a los infantes, dejando una trenza lateral en su cabecita.
Al levantar la vista hacia la entrada principal del templo, divisa una figura conocida: es el joven medjay , que se acerca a él con paso decidido. El escriba se levanta y acude a su encuentro.
—Por los dioses, ¿qué haces aquí?
—Necesito llegar hasta ella. Tengo que sacarla de ahí como sea —le dice con voz desesperada.
—Sé lo que sientes. —Pone una mano en su hombro para intentar tranquilizarlo—. Pero no podemos hacer nada. Asenet está ahora mismo cuidando de ella, pero nadie puede entrar en el templo bajo. Los mejores medjays de las dos tierras se encuentran en la otra orilla.
Amani da vueltas, desesperado, de un lado al otro del patio del templo, cual hijo de Sekhmet. Se lleva las manos al pecho, se detiene ante el escriba y saca de entre sus ropajes un trozo de lino.
—¿Dices que Asenet se encuentra con ella? ¿Podrías hacerle llegar algo?
El escriba asiente, serio.
—Lo intentaré. ¿De qué se trata?
Desdobla el pliegue de lino y le muestra el medallón de Isis. Se lo entrega al escriba, quien lo recoge y lo guarda con premura.
—Hazle saber que estoy aquí, y que hallaré la manera de que volvamos a estar juntos, aunque me vaya la vida en ello.
La puerta de la estancia se abre y Asenet entra rápidamente con una sonrisa.
—Mi señora, tengo algo que, creo, la hará feliz volver a tener.
Saca un trozo de lino y lo desenvuelve con cuidado ante la joven reina, que se encuentra tumbada en el jergón, deseando que todo acabe de una vez.
Esta interminable espera para el final la está dejando sin fuerzas.
Como puede, se incorpora para ver lo que trae Asenet.
Al descubrir el color azul y dorado del collar, su más preciado tesoro, una amplia sonrisa ilumina su rostro, y de sus hundidos ojos brotan lágrimas, aunque esta vez de felicidad.
—¿Cómo…? —logra articular en un susurro—. Me contaste que se lo habías entregado a…
—Amani se encuentra en la otra orilla, junto a Sejemká, y estoy segura de que va a sacarla de aquí muy pronto, mi señora.
Nebet sonríe, aunque las lágrimas no dejan de rodar por su rostro. Saber que su amado está en la otra orilla, tan cerca de ella, la colma de una dicha inmensa. Solo la esperanza de volver a verlo le infunde fuerzas para seguir luchando.
Observa el collar, que aún permanece en manos de Asenet.
Con un gesto tembloroso, se seca las lágrimas y, no sin esfuerzo, consigue incorporarse en el lecho.
Toma la joya con delicadeza y se la coloca alrededor del cuello.
Asenet aparta sus rizos y ajusta el broche con cuidado.
Nebet pone sus manos sobre él y cierra los ojos, transportándose al instante en que él lo dejó en el mismo lugar.
Lleva los dedos al punto donde su amado depositó aquel beso, y cree sentir el calor de sus labios sobre la piel.
—¿Lo ve, mi señora? Amani está cerca. Tiene que beber. La suma sacerdotisa insistió en que debía hacerlo en abundancia, pero apenas ha tomado unas pocas gotas.
Asenet le acerca el recipiente con agua, que permanece siempre lleno, a su lado, y ella toma varios tragos.
Sin embargo, su cuerpo, después de tanto tiempo sin recibir nada, reacciona de inmediato.
Se dobla por la mitad, y el líquido que acaba de ingerir sale violentamente por su boca, esta vez de un tono amarillento y terroso, acompañado de un olor agrio.
—Lo siento —le dice con voz débil a Asenet, que se apresura a secar los ropajes mojados de la joven reina.
—No pasa nada, mi señora. Debe hacerlo poco a poco.
Nebet asiente de forma leve, pero es incapaz de volver a intentarlo. Quizás más tarde. De repente, la puerta se abre de golpe, con un estrépito que las sobresalta a ambas. Sotis entra corriendo, con un gesto que parece de puro terror.
—Ya vienen, pequeña. —Le tiembla la voz al hablar.
—¡Nooo! —grita Asenet.
Se sienta en el borde del jergón con ayuda de Sotis, aferrando con fuerza el collar.
Cierra los ojos y, en un murmullo silencioso, le suplica a la diosa que este no sea su final.
Cuando los vuelve a abrir, lo que ve la deja sin aliento: ante ella, una legión de sacerdotes se despliega en la entrada, con el imponente hombre de la túnica negra con cabeza de Anubis presidiendo la escena.
El silencio que los rodea es tan profundo que el aire se condensa. Nebet casi no puede respirar.
Uno de los sacerdotes comienza a recitar una oración, a la que el resto de los presentes se une, una especie de letanía salida de lo más profundo de las tierras oscuras.
El sacerdote con cabeza de chacal se aproxima al jergón con pasos ceremoniosos.
De debajo de la túnica saca un pequeño recipiente de alabastro cuidadosamente tallado, cuya tapa está coronada por una figura del dios Anubis, al que él representa.
Con movimientos pausados, lo abre, y en el aire flota un silencio tan denso que parece poder cortarse.
Todos los sacerdotes clavan sus ojos en ella, expectantes, aguardando el momento en que beba.
Nebet fija la mirada en los oscuros ojos de la máscara, que la observa imperturbable desde arriba mientras el recipiente se acerca cada vez más a sus labios.
Intenta desviar el rostro, pero la mano del sacerdote le sujeta firmemente la cabeza, obligándola a beber hasta el final.
El líquido, amargo y espeso, desciende por su garganta, dejando tras de sí un regusto extraño y una sensación de pesadez que invade todo su ser.
Asenet, que se encuentra cerca, se lanza con fiereza sobre el brazo del sacerdote, para detenerlo. Sin embargo, uno de los guardias que acompaña a este la detiene y, con un violento empujón, la lanza al suelo, de espaldas. El golpe es tan fuerte que la deja inmóvil, incapaz de reaccionar.
Sotis llora en silencio mientras Nebet lucha por mantener los ojos abiertos.
Ante su mirada desfila su vida entera. Se ve a sí misma con los pies sumergidos en las aguas del río, sintiendo la corriente acariciar su piel y llevarse su vestido.
Alza la vista y observa en derredor: un cielo azul resplandece mientras una bandada de garzas vuela a ras del suelo, tan cerca que casi puede tocarlas.
La brisa juega con su largo cabello, que ondea al ritmo del viento, envolviéndola en una sensación de paz que casi parece real.
Nebet cree escuchar la voz de su medjay , que la llama a lo lejos.
Al girarse, lo ve correr hacia ella con una sonrisa deslumbrante; agita un brazo en alto para saludarla.
Detrás de él, Behsi, que vuelve a ser un cachorro, salta y corre feliz entre la verde hierba, jugando a dar caza a Amani.
Una sonrisa se dibuja en el rostro de Nebet y, en ese instante, siente que ha regresado a casa.