45
Lola
En algunos momentos del día, me da la sensación de que voy a verlo en cualquier esquina del templo de Abu Simbel, pero, por más que lo busco con la mirada, no lo encuentro.
Farid no es tan buen guía como Asim, pero hace lo que puede con las explicaciones que se ha aprendido de memoria de oírlas una y otra vez.
Salimos del primer templo, el de Ramsés, y nos dirigimos al de Nefertari.
Mis amigas no se separan de mí, como animándome a seguir caminando en los momentos en que mi cabeza se abstrae recordando a Asim.
El brillo de sus ojos mientras me hacía el amor.
El olor de su cuerpo cerca del mío, invadiendo mis sentidos.
Preferiría no haber venido, no haberlo conocido, porque ahora me pregunto: ¿cómo puedo seguir viviendo si lo único que deseo es tenerlo cerca?
Subimos de nuevo al bus, que nos lleva al aeropuerto más cercano para volar hasta El Cairo, donde se dará por terminada nuestra aventura en este maravilloso país.
Siento que aquí se queda una parte de mí y no quiero regresar a casa, pero una cosa es lo que quiero y otra muy distinta, lo que debo hacer. Y aquí ya no hay nada más para mí.
Siempre me preguntaré: ¿quién era la chica idéntica a mí que vi en el agua?
¿Por qué he tenido esa especie de visiones?
Por más vueltas que le doy, no encuentro respuesta.
Y, pensándolo bien, comprendo perfectamente a Asim.
¿Por qué debería creer lo que le digo? Hace tan solo unos pocos días, ni nos conocíamos.
Soy una perfecta extraña contándole una película sin ningún sentido.
En el aeropuerto de Abu Simbel, nos despedimos de Farid, quien promete visitarnos en Valencia.
—Cuqui, no olvides llamarme, ¿vale?
—Claro. Tengo buenos amigos en Valencia e iré muy pronto. —Y le guiña un ojo a Patri, que sonríe pícara.
Después de que mi amiga le dé su dirección e intercambien los teléfonos, le damos un fuerte abrazo y, cada una con su maleta, nos dirigimos hacia los mostradores, para embarcar con el resto del grupo. No dejo de mirar hacia las puertas, esperando inútilmente verlo entrar por ellas, pero no aparece.
Cuando llegamos al aeropuerto de El Cairo, todos los miembros del grupo nos sentamos en la cafetería, a la espera de nuestros respectivos vuelos, e intercambiamos los números de teléfono.
Los primeros que se marchan son la pareja de portugueses.
Montse y su marido, Joan, volarán en el mismo avión que Javier, y las últimas seremos nosotras.
Montse, a la que he cogido mucho cariño durante el viaje, ya que me recuerda a mi abuela, se me acerca y me abraza con una sincera sonrisa.
—Espero de corazón que todos tus sueños se cumplan.
Javi se acerca con una sonrisa triste.
—Un plaser conoceros. —Y nos da un fuerte abrazo a cada una. Sin embargo, cuando llega ante Carmen, se detiene y le sujeta ambas manos entre las suyas—. Tienes mi móvil. Espero tu llamá . —Casi suena a ruego.
Carmen asiente y se lanza hacia él. Abraza su cuello y le da un sentido beso, que todos vitoreamos y aplaudimos.
—Tranquilo, Farruquito; te llamaré. —Lo despeina con una mano, aprovechando que, desde hace ya dos o tres días, no utiliza su habitual gomina fijadora extrafuerte para hacerse la raya al lado.
Javi queda como en shock tras el beso y, con una sonrisa tonta en la boca, le dice:
—Niña, ya me has terminao de conquistar. Entre tu beso y tu tortilla, ¿cómo vuelvo yo ahora a Sevilla?
El grupo ríe, y Carmen, sonriendo, lo empuja para que camine en dirección a su puerta de embarque.
—Si ya decía yo que eras un poeta… Pues, en avión, ¿cómo vas a volver si no? Y date prisa, Machado, que al final lo pierdes.