Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 44
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Nebet

Ra se oculta ya por el oeste cuando la puerta se abre de nuevo.

Nebet no levanta la cabeza del jergón. No tiene fuerzas.

El pelo rizado cubre su cara y un olor agrio llena la pequeña estancia.

Desde que llegó a esa orilla, no ha comido, no ha dormido, no se ha aseado y tampoco han cambiado sus ropajes ni los linos del jergón del que casi no puede despegarse.

El calor resulta asfixiante. En esta época del año, Ra brilla con toda su fuerza en el firmamento, y el techo de caña parece no aislar lo suficiente, por lo que el sudor empapa su cuerpo.

—¡Mi señora! —Le parece escuchar una voz familiar.

Abre los ojos con dificultad y, entre su negro cabello, distingue la cara de Asenet, que, arrodillada junto a ella, se lo aparta de la cara. La alegría por verla a su lado es inmensa. En sus labios secos aflora una débil sonrisa mientras ella le susurra:

—Ya estoy aquí, mi señora. Para cuidarla, como siempre.

Sotis entra en la estancia, seguida de varias sirvientas del templo que portan recipientes con agua y ropajes limpios. Les indica que los dejen a un lado y, en cuanto todas salen, cierra la puerta.

—He traído todo lo que me pediste… y, además, he preparado esto.

—Extrae de entre sus ropajes un saquito y lo coloca en la mano de Asenet.

Esta lo esconde rápidamente en un pliegue de su falda—.

Les rogaré a todos los dioses que baste con esto.

Recuerda poner un poco en el agua cada vez que beba; tienes que procurar que lo haga en cantidad, ya que disponemos de poco tiempo.

Entre las dos, logran ponerla en pie, quitarle la ropa mojada y lavarle con agua perfumada el cuerpo entero. Igual que cuando Nebet era pequeña y estaba en casa, la doncella desenreda su cabello y lo trenza. Hace tanto tiempo de eso que se le antoja casi un sueño lejano.

Colocan en el jergón sábanas limpias de lino, y Nebet vuelve a tumbarse en él, agotada por el esfuerzo. Sotis manda dejar las puertas abiertas para que entre el aire fresco de la tarde, bajo la atenta mirada de los guardias apostados frente a la puerta, y que jamás descansan.

Se escucha cada vez más gente en el exterior del templo. Nebet no puede verla, pero sí oírla: hay cánticos y risas. Todos vienen a acompañar al dios en la tierra en su último viaje en esta vida, lo que para ellos es motivo de celebración.

Muy cerca de donde ella se encuentra, están terminando de preparar el cuerpo del faraón, junto al de Benerib y el pequeño Dyer.

Cada vez que Nebet cierra los ojos, la imagen de la mano del niño intentando aferrar la suya con desesperación vuelve a su mente.

Los ojos llenos de lágrimas, el gesto de terror dibujado en su rostro, que no puede apartar de sus pensamientos ni siquiera por un momento.

Todos aguardan la señal del sumo sacerdote embalsamador, que les indique que han terminado de prepararlos, para dar inicio a las ceremonias antes de trasladarlos al templo bajo, donde, tras la apertura de la boca del faraón, todo acabará para ella en esta vida.