Bajo el cielo de Isis (Diosas del Nilo 1) 41
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Nebet

Ra nace y muere varias veces, y la única persona con la que Nebet puede hablar es con su querida Sotis. Ella la escucha pacientemente mientras acaricia su pelo. Tumbada sobre sus piernas, la reina le cuenta todo acerca de su pueblo, su familia y, sobre todo, su medjay .

Él era un poco mayor que ella, hijo de una sirvienta de su padre, y sus miradas ya se habían cruzado alguna que otra vez.

Un día, en su lugar favorito, cerca del río, donde su padre había mandado cultivar flores de loto azul traídas del delta para elaborar con ellas las tan preciadas esencias utilizadas en los templos, varios niños la rodearon y comenzaron a increparla, alegando que sus padres habían muerto por culpa del rey al haber sido enviados a la guerra contra el país de las dos tierras, y, ahora, ellos estaban obligados a trabajar, mientras que ella simplemente recogía flores.

Tras insultarla, le tiraron de las trenzas y le dieron patadas.

Entonces, como salido del Amenti, Amani surgió de entre la alta hierba con una larga caña y comenzó a fustigar a sus agresores.

Desde ese momento, nunca volvió a separarse de su lado; para ella, siempre fue su medjay , su protector, su guardián.

Él, por su parte, se entrenó con los mejores guerreros del reino hasta conseguir ser uno de ellos, el más valeroso. Todo por ella; todo para nada.

Lo que más teme Nebet es que su Ba vague por siempre, esperando poder vivir una vida a su lado.

—Buscaré entre los textos mágicos algo que te pueda ayudar, mi señora.

Hablaré con Hem Necher y solicitaré acceso a los Libros de la salida al día.

Creo que los que se encuentran en este templo son los más antiguos de todos, y no descansaré hasta conseguirlo.

—Le da un beso en la cabeza, se levanta y, estirando su arrugada túnica de lino, se encamina hacia la puerta—.

Volveré pronto. Intenta descansar; lo necesitas.

La joven reina asiente y vuelve a tumbarse en el jergón.

Sejemká entra en el templo en el que creció y echa un vistazo a su alrededor para comprobar que todo sigue como siempre.

Una sonrisa se expande por su rostro al sentirse en casa de nuevo, con la diferencia de que esta vez a su lado camina su mujer, una preciosa nubia de piel de ébano, con un pequeño en brazos que lo llama «papá».

Cuando los demás escribas los ven entrar, acuden a saludarlos y a abrazar a su compañero, que es un hermano para ellos.

Los acompañan, entre preguntas y risas, a presentarse ante el gran escriba del templo.

Cuando este hace su entrada en la gran sala donde lo esperan, un silencio se instala en el lugar, y todos se apartan para dejarlo pasar hasta los recién llegados.

—Querido Sejemká, no sé qué ha podido ocurrir para que te hayas granjeado la enemistad de la primera esposa, pero te conozco como a un hijo. Eres fiel discípulo de Thot, y sé que en tu interior solo albergas bondad.

Todos los presentes asienten para mostrar su acuerdo.

—Gran escriba, maestro, sé que no soy nadie para pedir nada, pero necesito un favor.

—Habla.

—Necesito que mi mujer pueda entrar en el templo bajo de la otra orilla, para ayudar a la segunda esposa.

—¿Por qué querría hacer eso? —pregunta serio, estudiando a la mujer.

Asenet da un paso hacia delante, sin soltar a Heny, y agacha la cabeza para dirigirse a la máxima autoridad del templo de forma respetuosa.

—Se lo debo. Necesito intentar ayudar a mi señora de alguna manera. Si no lo hiciera, jamás podría perdonármelo.

—Es imposible que pueda escapar. Pronto los cuerpos estarán preparados para la otra vida y todo Kemet se encuentra aquí, incluidos los mejores medjays de las dos tierras.

—Lo sé —contesta Asenet, mirando a los ojos al gran escriba.