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Lola
Me quedo ahí, agarrada a la barandilla, después de que Asim se haya marchado. Mis amigas me hablan, pero yo no las escucho. Solo puedo mirar en la dirección en la que se han ido mis sueños, con paso decidido y una de sus manos frotándose la cabeza.
No sé cómo llego a la habitación ni cómo me deshago del ceñido vestido negro de flecos. Solo sé que paso la última noche a bordo durmiendo con mis amigas, cada una a un lado mío.
Muy temprano, Carmen comienza a recoger el equipaje, ya que dejamos el barco en una hora, para tomar un autobús que nos llevará hasta Abu Simbel.
Después de la visita a los templos, cogeremos un vuelo a El Cairo y, dos horas más tarde, otro que nos llevará de vuelta a Valencia, a nuestra vida de siempre.
Tengo muchísimas ganas de abrazar a mi abuela.
Sé que, a esta hora, ella ya intuirá lo que ha pasado, pero no me apetece hablar con nadie.
Ya me refugiaré en su abrazo en cuanto llegue.
Me meto en la ducha y dejo que el agua resbale por mi cuerpo, como si pudiera arrastrar todo lo que siento.
Mis lágrimas se mezclan con las gotas que caen, y mis hombros tiemblan mientras intento reprimir los sollozos.
Quiero creer que, con el ruido del agua, mis amigas no me van a escuchar, aunque no estoy segura de que sea así.
Cuando salgo, ya está el armario vacío y nuestras maletas se encuentran en la puerta, esperando a que el mozo las recoja para llevarlas al autobús.
Echo un último vistazo a la habitación y por mi mente pasan los momentos vividos en ella.
Muchos de ellos perdurarán por siempre en mi memoria.
Desfilan ante mí como si de una película se tratara: los nervios de la primera vez en que vi a Asim; la noche de los disfraces, vendando cual momia a Carmen; Patri probándose mil modelitos…
Todos momentos únicos, que nunca se repetirán.
Echo un último vistazo al Nilo a través del gran ventanal del camarote y cierro las cortinas, como si ese simple hecho pudiera hacerme olvidar todo lo que he vivido durante estos días y regresar a casa siendo la misma que era antes de emprender este viaje.
Dejamos las llaves de la habitación y, tras despedirnos de todo el personal del barco, salimos al exterior, donde nos espera el minibús que nos trasladará el día de hoy.
Tras comprobar que cargan las maletas (y mirar a mi alrededor en busca de Asim), subimos y nos sentamos en la parte de atrás para poder estar las tres juntas.
Esperamos un poco y sube Farid, quien le dice algo en árabe al conductor.
Tras ello, se cierran las puertas y el minibús comienza a moverse.
Me incorporo en el asiento y oteo por las ventanillas a ambos lados, esperando verlo fuera, pero no está por ningún sitio.
—¡Cari! —le grita Patri a Farid—. ¡Espera, que falta Asim!
Él niega con la cabeza.
—Asim se marchó esta mañana muy temprano; dijo que tenía que volver a la excavación de Abidos. Me pidió que lo disculpara ante todo el grupo en su nombre. Seré yo el que os acompañe en vuestro último día.
Tomo conciencia de que todo ha terminado: el viaje, mi sueño, todo.
Al mismo tiempo que el autobús gira para tomar la salida hacia la calle principal, mi interior gira con él y mis esperanzas de volver a ver a Asim desaparecen.
Todo empieza a dar vueltas; mil imágenes se mezclan en mi cabeza: imágenes de los días vividos y de las sensaciones que he experimentado solo estando en este país.
¿Cómo podré vivir sin volver a ver los ojos en los que deseo perderme por siempre, ahora que los he encontrado? , me pregunto sin hallar la respuesta.
Durante todo el trayecto hacia Abu Simbel, me sumo en una especie de duermevela en la que no oigo, no veo, no siento; solamente dejo brotar una cascada de lágrimas en el más puro silencio, para que nadie me oiga, pero en el ambiente se percibe mi desolación.
Montse, que está en la fila de delante, se vuelve para darnos un paquete de pañuelos y una botella de agua.
Lourdes también se acerca y le pregunta a Patri, con fuerte acento portugués:
—¿Ocurre algo?
Patri me mira y menea la cabeza.
—Es por Asim, ¿verdad?
Mi amiga, que es incapaz de mentir, asiente con la cabeza.
—No, es porque le da pena que se acaben las vacaciones —interviene rápidamente Carmen.
—No pasa nada. He visto cómo se miraban todo el viaje; no tienes por qué ocultarlo.
—Pero es que Asim nos pidió que no dijéramos nada porque no quería que vosotros os formarais una mala idea sobre él.
—Si es por eso, tranquilas: el viaje ha sido maravilloso y nuestros seguidores en redes están deseando hacerlo también.
Mientras las escucho hablar de fondo, yo no me muevo, ni respiro. Solo puedo pensar en que cada vez me encuentro más lejos de él.
Al llegar a nuestro destino, bajo sin ganas del minibús. Lo hago por mis amigas: ellas no se merecen perderse esto por querer quedarse conmigo y, con los brazos entrelazados, llegamos al grandioso templo.
—¿Nos hacemos una foto? —pregunta Carmen.
Javier, que está muy cerca de nosotras, y que en todo momento se muestra preocupado por mí, dice:
—Ponerse preciosas, que yo os la hago.
Finjo una sonrisa, aunque en la foto parece más una mueca de dolor que otra cosa.