40
Lola
Sigo buscando el reflejo que me devolvía el agua hace solo un instante: el rostro de la mujer idéntica a mí, aunque de piel más oscura, con los ojos intensamente pintados de kohl y el collar de la diosa Isis que tantas veces he visto en sueños.
Ahora, sin embargo, el agua solo me muestra mi propio reflejo, y la flor roja de plástico, que se desplaza con lentitud, arrastrada por la corriente.
Giro la cabeza hacia Asim, quien me observa con preocupación sin soltarme.
—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Has vuelto a marearte? —me pregunta.
Vuelvo a mirar hacia el agua, buscando de nuevo el reflejo, mientras niego con la cabeza.
—¿Qué buscas?
—Había una mujer en el agua. —Señalo con el dedo. Mi flor está cada vez más lejos.
Asim se asoma para escudriñar el río y en su cara aflora una sonrisa burlona.
—¿Una sirena en el Nilo?
Niego con énfasis y varios rizos me tapan la cara.
—No. Una egipcia de otro tiempo, pero idéntica a mí.
Él continúa sonriendo, tal vez pensando que no es que esté mareada, sino que llevo un pedo bárbaro.
—Claro. Ven conmigo, vamos a sentarnos. ¿Te traigo un poco de agua?
—No essstoy borracha —replico, enfadada, pero me patina un poco la lengua.
—Vale, no estás borracha. Dices que has visto en el agua a una mujer que crees ser tú pero de otra época. ¿Te he entendido bien?
Asiento con más energía de la que resultaría necesaria, y él estira la mano para apartarme los rizos que me cubren la cara. No me está tomando en serio y, por alguna razón, tengo la necesidad de contárselo todo y decirle quién es él para mí.
Le explico con todo lujo de detalles mis sueños en Valencia.
Mi pasión por los grandes felinos, sobre todo los leopardos, y por el Egipto antiguo, aunque eso él ya lo sabía.
Le cuento, sin guardarme nada, todo lo que sentí el día que me quedé encerrada en la tumba de Abidos. La sensación de haber estado ahí antes.
—Intuyo que soy la mujer a la que enterraron viva en esa tumba. —Él, que lleva trabajando ahí mucho tiempo, me observa con ojos incrédulos, como si le estuviera tomando el pelo—. Si quieres, te cuento su historia; por lo menos, lo que sé de a través de mis sueños.
Él, que no desvía la mirada, buscando un resquicio, una señal que le permita descubrir si me lo estoy inventando todo, me reta:
—A ver, sorpréndeme. Cuéntame la historia de la joven misteriosa de la tumba de Abidos. ¿Quién era? —Sonríe cáustico, cruzándose de brazos, a la espera de que yo, borracha, o eso piensa él, le responda.
—Era una princesa nubia y estaba profundamente enamorada de un medjay , pero fue obligada por su padre a casarse con el rey de Egipto.
¿Recuerdas el collar que te mencioné en Abidos, al salir de la tumba?
¿El colgante de Isis? —Él asiente. Ya no hay sonrisa en su cara, ahora su mirada denota curiosidad—.
Sé que ese collar era su tesoro más preciado, ya que se lo entregó su amado antes de que los separaran y la llevaran, en contra de su voluntad, junto al faraón.
También soñé que ella le regaló a él la figurita del dios Horus que yo te di en el templo de Edfu.
Por eso te dije que sabía que te pertenecía.
Debió de ser una princesa que poseía un gran felino, porque en algunos sueños la he visto junto a él; incluso me atrevería a decir que alguna noche lo siento a mi lado.
Fue tremendamente desdichada desde que la enviaron con el faraón, ya que él no la quería.
Y, por alguna razón que desconozco, quiso enterrarla a su lado cuando aún estaba viva.
—¿Y el medjay no hizo nada para evitarlo? —me pregunta, sarcástico.
—No lo sé. Puede que tú conozcas mejor esa respuesta. —Y sonrío un ápice.
Me mira con fijeza, pero en su cara ya no hay ni rastro de sonrisa.
—¿Quieres decir que yo soy el medjay al que ves en tus sueños?
Vuelvo a asentir con la cabeza, de nuevo con excesivo ímpetu.
—¡Lolita! —grita Carmen, que se acerca a nosotros meneando sus caderas al ritmo de la música, provista con dos vasos de sangría—.
Toma, que tienes que estar seca, y me ha salido riquísssima.
—Me pone en la mano uno de los vasos—. Este, pa ti, ojazos.
—Le guiña un ojo a Asim mientras le ofrece el otro.
—No, gracias. Y tu amiga tampoco debería beber más —contesta él, cortante.
—No estoy borracha —afirmo, muy seria.
—¿De verdad pretendes que crea que eres la reencarnación de una reina egipcia y yo, de su medjay ? Si no estás borracha, ¿qué nombre quieres que le ponga a eso?
Visto así, incluso a mí me suena a locura. Yo me quedo seria, mirándolo, pero no contesto a su pregunta. ¿De qué serviría?
—Soy un hombre de ciencia y necesito alguna prueba para creer lo que dices. ¿Cómo sé que no es producto de tu imaginación?
Se masajea el cuello, esperando que le dé esa prueba, que le demuestre que es cierto todo lo que digo.
Sin embargo, ¿cómo podría probarlo? Lo único que tengo son sueños y, desde que llegué aquí, algo parecido a alucinaciones.
Permanece de pie, mirándome con intensidad, pero, al ver que no le contesto, se da la vuelta y se dirige a las habitaciones.
Carmen me mira muy seria mientras él se va. Patri se nos acerca y, al ver nuestras caras, pregunta:
—Hostis, ¿qué ha pasado?
Yo no puedo responder. Solo puedo ver como Asim se aleja y, con él, todos mis sueños.